galiciaunica Un recorrido semanal por Galicia, España.

LAS PLAYAS ÚNICAS

Los científicos se han puesto de acuerdo en un dato: la temperatura media de Galicia subirá un grado y medio a mediados de siglo. Aunque a mí la fecha ya me pillará orbitando me alegro, porque mis nietos van a comprobar que el cambio climático tendrá consecuencias negativas… pero también dejará algo positivo: este país será uno de los destinos turísticos playeros más apreciados del mundo.

Claro que ellos, los nietos, saben de playas más que yo. Prefieren las aguas frías a las templadas. Saben muy bien que cuando el sol aprieta y necesitas sacudirte de encima el calor del verano no hay nada mejor que nadar en el océano o en el mar de este país, Atlántico por una costa y Cantábrico por la otra.

El Atlántico deposita suavemente su azul sobre los verdes de la gran playa del surf en Carnota mientras al Cantábrico le crecen agujas cuando interrumpe la playa bonita en la costa de Ortigueira. El océano manda repetidas olas para besar, con ternura, la arena blanca de A Lanzada; y el mar repite cantos, que también son de ola, sobre la arena que llega al pie de los Castros.

Océano y mar confluyen en medio del espléndido paisaje, bajo la misma bóveda celeste, allí donde los marineros de la estirpe marinera de Cariño, O Barqueiro y O Vicedo, buscan el mejor pescado… Que solo a ellos, les está permitido alcanzar el éxtasis de la aventura de navegar tuteando a los Farallóns, allá donde se funden nuestros dos mares.

Por el norte, la calma de la Ría de Arousa busca refugio en la ensenada de O Grove. Por el sur, el Atlántico abierto al horizonte azul y verde, envía sus olas a la gran playa. Y en el istmo, un espacio natural que pueblan especies únicas sobre las que vuela un bello paseo que nos permite admirarlas y disfrutar de un paisaje único.

A Lanzada, ría-mar-playa, es uno de los mayores alicientes de esta costa luminosa que persiguen surfistas, bañistas y todos los amantes de la naturaleza más viva… para perderse en la cresta de una rumorosa ola, para sumergirse en aguas de intensos verdes y azules, o para simplemente respirar el viento nordés, nuestro viento de verano.

Y además, presidiéndolo todo, Nosa Señora, la que salva náufragos y cura meigallos desde su ermita, obra que debemos al Obispo Sisnando en el año 952.

Desde ella, todo este mar y toda esta playa tiene la magia de la leyenda y de las creencias, aún vivas, que se manifiestan cada último domingo de agosto. Es, entonces, romería tradicional en el más bello entorno. Tarde-noche de fiesta hasta el amanecer: la hora “meiga” para que la mujer madura tome el baño de las nueve olas, el baño de la fecundidad…

Fé y leyendas mil se reflejan en el espejo del mar, abierto hasta el horizonte, que navegan los curtidos marinos de Noalla, mientras el escéptico viajero pasa las horas mágicas contemplando atardeceres de fuego que tiñen todo este espacio de misterio.

El mismo mar baña el trayecto comprendido entre dos montes míticos con muchos mitos nadando sobre sus olas. Esta es la costa de Carnota, la playa abierta de todos los veranos a la que llega el océano, tras esculpir estatuas de piedra salada en los acantilados, para enviarle su música de olas. Es interminable y abierta a los buscadores de paz de cada verano.

El monte Louro es de geológico interés por su origen en el pleistoceno, hace dos millones de años. El monte Pindo es el olimpo celta de la leyenda que nos conduce por entre guerreros pétreos hasta imaginarias fortalezas que vigilan el fin del mundo.

Desde uno y otro se contemplan, por un lado las montañas de espuma que saltan sobre la roca y por el otro las olas que se deshacen en la serenidad de la playa, buscando la fúlgida luz del mediodía de julio.

Entre el Louro y el Pindo está la laguna de los nenúfares donde se bañan las ninfas. La playa abierta donde la villa de la calma cosecha su belleza. El puerto de la vida de la estirpe marinera. Y el horizonte más azul.

Sobre él escribe el sol su crepúsculo al final de la tarde.

Luego está el paisaje de ría y mar que me asombrará siempre. Por las marismas y su valor ecológico y por lo cambiante de la perspectiva cada vez que abres la ventana para contemplar cómo se funden el Atlántico y el Cantábrico. El horizonte marino me recuerda que este es el primer territorio galaico que pisaron los celtas y tal vez por ello suene la gaita con fuerza cada verano.

La estación del sol es aquí de playa y fiesta que compartir con el mar que esculpe estatuas de salitre en Loiba, un lugar mágico en donde la blanca espuma marinera contrasta con los ocres de la arena, por eso siempre ondea una bandera azul.

Este es el bello norte más norte de Galicia y también de la península Ibérica y si vas de Ortigueira a la Estaca de Bares vivirás momentos casi salvajes, siempre irrepetibles.

Mi consejo es que tomes el paseo marítimo de 3 kilómetros que te lleva hasta la playa de Cabalar o Morouzos, porque te permite contemplar el mar más abierto, el horizonte azul donde se pierden los espíritus y el perfil de los barcos de nueva arboladura en el horizonte de Bares. Además, las dunas de Morouzos son las más extensas y las mejor conservadas de todo el litoral cantábrico. Y para los amantes del sol yodado, su playa también es de bandera azul.

Bien saben de la belleza del lugar las aves que se concentran aquí cada invierno. Alrededor de 68 especies diferentes en número de cinco mil. Este es el espacio preferido de las limícolas y las anátidas.

En definitiva, este es el paisaje espléndido donde se besan nuestros dos mares.

A los gallegos y asturianos también nos hermana el Cantábrico, creador de las esculturas de piedra que solo bailan con las olas y de la playa donde las nereidas buscan los placeres del sol y del agua para entonar sus cantos ya sabidos. Creo que debes ir alguna vez si es que aún no lo has hecho, porque aquí es donde el mar te demuestra su poder erosivo, pero también su arte.

Me refiero al lugar que conocemos como As Catedrais, playa y monumento natural desde el 2005. Es una sucesión de acantilados en los que la intensa erosión marina esculpió islotes, cuevas, “furnas”, “buracos do inferno” y arcos que se alzan como arbotantes de una catedral. Cuando baja la marea, queda al descubierto un espectacular laberinto natural… y un arenal único.

Esta es la más visitada muestra de la “rasa cantábrica”, la plataforma de erosión que se extiende a lo largo de 200 kilómetros, desde Burela hasta Asturias, un tramo de costa admirable con acantilados verticales de entre diez y veinte metros de altura y cien playas para disfrutar de un verano cálido.

Los celtas aquí llegados desde Irlanda o la Bretaña, construyeron varios castros en este litoral magnífico. Si te asomas a ellos verás como también este mar nos sorprende con leyendas inimaginables que bien podrían ser ciertas.

Xerardo Rodríguez