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LOS FAVORITOS DE MIDAS

Under the present social environment, which of us shall survive? We believe we are the fittest. You believe you are the fittest. We leave the eventuality to time and law”. (The minions of Midas. Jack London)

Por Pedro Acuña

“Las palabras y las cosas” es el nombre de un libro de Michel Foucault, quien lo describe como una arqueología del saber. Una indagación de cómo se ha pensado en diferentes períodos de la historia de la humanidad. Las palabras encorsetan nuestro pensamiento: lo hacen inteligible y al mismo tiempo lo limitan en función del contenido con que son comprendidas.

Con el correr del tiempo muda el significado de muchas. Más allá del “control” que las Academias de Letras pretenden ejercer, las lenguas cambian. A veces en forma natural, otras direccionadas desde el poder.

Algunos ejemplos. El significado de “bizarro” solía ser valiente: “Los bizarros soldados de San Martin”. Ahora, como en la lengua francesa, es sinónimo de “raro”. Estos fenómenos suelen estar desprovistos de toda connotación política aparente. En otros casos no es así. Tomemos por caso la palabra “libertario”, con múltiples interpretaciones desde tiempos lejanos. Su versión francesa de “libertaire” fue la usada casi en sentido único en nuestro medio aludiendo al anarquista tradicional. En estos tiempos se ha comenzado a popularizar la variante inglesa de “libertarian” usada para describir a anarcocapitalistas como los que en nuestro medio representan personajes como Javier Milei o José Luis Espert.

El lenguaje da vueltas curiosas: Las palabras cambian de significado, en casos hasta oponerse a su sentido original. Otro tanto ocurre con las tramas de obras literarias diversas.  

“Los favoritos de Midas”, la serie de Netflix, está basada en una historia de Jack London: “The minions of Midas”, aunque contiene un desarrollo más complejo. El cuento, de apenas doce páginas; la miniserie en cambio de seis capítulos de aproximadamente una hora cada uno. Se modifica el sentido del argumento original. ¿Traición al creador? ¿Tal vez una relectura válida que representa mejor la sensibilidad del presente?

London vivió sólo cuarenta años, entre 1876 y 1916. Escribió el relato en 1901, a comienzos de siglo, antes de la primera guerra mundial y de la revolución rusa. Años en que el anarquismo era una realidad tangible.

Un sucinto resumen nos dice que el narrador, John, recibe una carta de su amigo Wade Atsheler. En la misiva se resume la historia que compone el corazón de la trama.

Wade detalla que trabajó junto a un multimillonario del transporte Eben Hale y de cómo este último comenzó a recibir cartas amenazantes de una sociedad secreta denominada “Los sicarios de Midas”. Le urgen a pagar veinte millones de dólares o irán eliminando personas al azar. Hale tomó a la broma la extorsión, pero a medida en que los sicarios van cumpliendo su cometido, cayó en la cuenta de que el tema era serio. Su preocupación fue en aumento en la medida en que todo lo que hacía para defenderse o prevenir los crímenes, como contratar seguridad privada o acudir a la policía del Estado era inútil para detenerlos.

Curioso resulta que los sicarios de Midas siempre se dirigían a Hale con fina amabilidad, más allá de lo criminal de sus propuestas. Ominoso también que los crímenes dejan de ser azarosos y sutilmente se fueron aproximando al círculo del multimillonario.

Hale nombró heredero a Atsheler y cuando comprendió que no podría vencer a los seguidores de Midas, decidió suicidarse.

Al momento en que John, el narrador, recibe la carta de su amigo Wade Atsheler, este último también se ha suicidado poco tiempo atrás.

El grupo criminal se autodefine de la siguiente forma en una de las cartas que dirigen a Eben Hale:

“Nosotros, los Sicarios de Midas, no nos resignamos a ser esclavos a sueldo. Los grandes trusts y combinaciones de negocios (entre los que sobresale el que usted dirige) nos impiden levantarnos al lugar que nuestra inteligencia reclama. ¿Por qué? Porque no tenemos capital. Pertenecemos al bajo pueblo, pero con esta diferencia: nuestras mentes están entre las mejores, Y no nos traban escrúpulos éticos o sociales. Como esclavos a sueldo, trabajando de sol a sol, con vida sobria y avara no podríamos ahorrar en sesenta años -ni en veinte veces sesenta años- una suma de dinero capaz de competir con las grandes masas de capital existentes ahora.”

Sobre el final, los sicarios de Midas remarcan que se sienten los mejor preparados para vencer en la lucha, en muestra clara de darwinismo social.

Dato de color. Borges tradujo el cuento como “Las muertes concéntricas”.

En la serie de Netflix – versión escrita y dirigida por Mateo Gil – el argumento se extrapola en una España presente, con aditamentos nuevos como gobiernos autoritarios en Siria, emporio periodístico y no ya de transportes, luchas sociales y la violencia ciudadana de quienes quedaron fuera del sistema. Hay incendios y luchas callejeras reprimidas por la policía. El tema crucial es que en esta nueva versión la víctima (el papel que cumple el multimillonario del transporte Wade Atsheler en la versión del autor de “La llamada de lo salvaje” pasa a ser el del multimillonario periodístico Víctor Genovés) cambia su destino y su vinculo con la sociedad secreta. Mantengo la incógnita sobre cómo se resuelve la historia televisiva para acicatear la curiosidad.

Cambian también los favoritos de Midas. De los anarquistas devenidos delincuentes darwinianos, la serie sugiere sobre el final que se trata de una minoría de plutócratas que controlan los resortes del poder.

Dato de color. El actor argentino Miguel Ángel Solá cumple un papel secundario. El principal es el gallego Luís Tosar.

No deja de sorprenderme que, así como en la ficción del escritor norteamericano un grupo de descastados amenazaban el orden constituido, los plutócratas del presente sean quienes desempeñen dicho rol en la ficción de la miniserie.

A principios del siglo XX los sicarios del cuento confiaban en ser los más capaces de adueñarse de todos los mecanismos del dinero y el poder; 120 años después la realidad es muy diferente. Aquellos grupos que solían asustar a los poderosos -los verdaderos anarquistas y los delincuentes del autor de “Colmillo Blanco”– no existen más. Los que quedaron fuera del sistema o aún en él perciben ingresos que los van sumergiendo en la miseria no logran hoy unificarse en acciones comunes ni en proyectos políticos. Agotan su frustración y resentimiento en acciones espasmódicas de violencia reclamando no terminar al margen de la sociedad de consumo.

¿Cuál será la evolución del poder en los años venideros? ¿Con qué palabras nombraremos lo justo y lo injusto? ¿Qué contenido tendrán esos conceptos en nuestras mentes? Más allá del azar, nuestras decisiones conscientes son la única apuesta racional para intentar un futuro que no sea horroroso como el que describe Mateo Gil y que se encarna en la figura de Víctor Genovés.

PEDRO ACUÑA