galiciaunica Un recorrido semanal por Galicia, España.

LOS LIBROS NO SON PARA EL VERANO

Por Xosé A. Perozo

Tengo la mala costumbre de acumular libros pendientes de leer durante todo el año. La columna empieza tímida con los regalos de Navidad y va creciendo semana a semana con las compras, captación de novedades, obsequios de autores y autoras con cuyas amistades me honro e, incluso, con recuperaciones para releer. En el pensamiento llevo instalada la idea de que el verano acabará desmantelando semejante torre de Pisa. En más de una ocasión he pensado colocar una etiqueta con la frase conocida por todos los lectores: ‘Libros para el verano’. Pero no, basta con la intención y así que alcanzamos la canícula selecciono aquellos ejemplares que agraven lo menos posible el peso de la maleta y los llevo conmigo una vez bien calibrado el equilibrio entre el tiempo disponible y el número de páginas propicias para una buena digestión. El resto de la columna se queda en la lista de espera para el otoño con sus amables tardes de lluvia tras los cristales. No, todos los libros no son para el verano.

Este año me fui a Llerena acompañado de volúmenes de poco volumen. No porque esa sea mi preferencia sino porque es la tónica de lo que se está publicando en demasía, especialmente en gallego. Pasar de las cuatrocientas páginas parece un disparate para estos tiempos en los que lo ligero o liviano se aprecia en todos los ámbitos de la existencia y el universo de los libros no deja de ser un input de esa realidad. Fueron conmigo diez ejemplares de narrativa que suman poco más de mil doscientas páginas, otro de historia que supera las doscientas y un ensayo que pasa algo de las trescientas páginas. Tenía la certeza de que siete u ocho de las novelas no me atraparían más allá de la mitad de la trama. ¿Por qué las iba empezar? Por dos razones: por compromisos de amistad o similar y por querer estar profesionalmente al tanto de las corrientes literarias de mi tiempo. El ensayo y la historia han sido mis lecturas gozosas de este estío. De siete de las novelas no guardo ni los títulos.

Con lo dicho no trato de desprestigiar la novelística actual ni los mecanismos del mundo editorial, ni mucho menos. Gozo y he gozado siempre con narraciones de corta extensión y con los libros de cuentos. Yo mismo me he empleado en ellos con frecuencia. Ahí están en los anaqueles de las bibliotecas. Es más, el próximo año espero ver en los escaparates dos nuevos títulos míos. Una novela en gallego y otra en castellano, que andarán por las doscientas cincuenta páginas cada una, pensadas y trabajadas para que a la gente que lee no se duerma antes de llegar al final. A mi modo de entender el problema no es sólo que las historias sean cortas es que la mayoría de los contenidos no pasan de anécdotas personales, por lo general traumáticas o reivindicativas de lugares comunes basados en inquietudes generalistas, en muchos casos faltas de calidad literaria cuando no escasas de estilo o similar. Por ello vengo diciendo que la abundancia de títulos cotidianos suele ser más carne de sicólogos o siquiatras que de críticos literarios.

Al mismo tiempo, resulta desesperanzador comprobar la nimia supervivencia de la mayoría de las obras, incluso exitosas gracias al marketing, que desaparecen de los anaqueles o de las mesas de las librerías en un par de semanas. La rotación de títulos es comparable a los departamentos de frutas de los supermercados, con la diferencia de que al papel impreso ni siquiera se le deja madurar o podrecer por caridad. Sin alcanzar la gloria del jacobino Robespierre, nacen para acabar guillotinados en el más triste de los silencios. Por eso hay que pillarlos con presteza. Luego, cuando se caigan de las manos, yo aconsejo abandonarlos en los transportes públicos, en las paradas de bus, en los parques… ejecutando un gesto contracultural divertido. Es mi costumbre y me satisface ver como gente que no lee se empapa de falsa literatura. Para todo hay espacio en la viña del Señor.