galiciaunica Un recorrido semanal por Galicia, España.

LOS NEGOCIOS DE LA POLÍTICA

Por Xosé A. Perozo

Hacer negocios con la política y política con los negocios son trenes de ida y vuelta circulando en paralelo. El poder y la gestión económica son, a su vez, las vías por las que ruedan los vagones de esos ferrocarriles. He ahí los enunciados de la tentación y del problema que, desde que conocemos las organizaciones públicas, la sociedad ha aceptado o condenado según el signo de los tiempos. Desde el pasado nos acostumbraron a la existencia de poderosos beneficiarios del dinero oficial. De pillos y de oportunistas arrimados a las administraciones para llenar sus bolsas. De nobles inmunes frente a las leyes y la moral…

Conocemos nombres gloriosos del saqueo como los Borbones, el Duque de Lerma, Godoy, el Conde-duque de Olivares… El caso Estraperlo durante el gobierno de Lerroux, los casos Matesa o Reace durante el franquismo… Toda una enciclopedia que creímos poder desterrar con la democracia. Pero no, murieron los antiguos regímenes y sobreviven las viejas costumbres. En estas décadas de libertades y la comunicación junto a la política de partidos han triunfado personajes como Juan Guerra, Luis Roldán, Rosendo Naseiro, Rodrigo Rato, Jaume Matas, Eduardo Zaplana, la familia Pujol, Luis Bárcenas, Pablo Crespo, Francisco Correa, Aldama, Ávalos, Koldo… No me extraña que nuestra vida pública ofrezca un reflejo desolador y desaliente a la ciudadanía en general. Pero al mismo tiempo aguanta un paradójico conformismo, quizás necesario para quienes vivimos honradamente.

Lo peor es que acompañando a esta fanfarria escuchamos los instrumentos históricos y presentes de los poderes judiciales porque también los vagones de los administradores de la justicia caen en tentaciones y prácticas inadecuadas. No necesitamos resaltar los ejemplos ni los casos, muchos están escritos en los anales, ya sea con letras de oro o con grafías deleznables. Históricamente los españoles hemos temido a los tribunales por sus prácticas de manifiesta o sospechosa injusticia. A la vista de recientes acontecimientos sonoros, el poder judicial democrático tampoco nos reconforta frente a los sucesos políticos y económicos torticeros. Sí, es más lo que se hace bien en todos los terrenos, pero es el mal lo que transciende.

En el ámbito de este panorama desolador la imputación de José Luis Rodríguez Zapatero me ha dolido, enojado y puesto en guardia. Incluso me permito dudar de la culpabilidad a la que el auto del juez lo arroja. ¿Debe un político sin cargos abstenerse de negociar e incrementar su patrimonio familiar? En caso de no delinquir sería injusto. ¿Cómo debe de ser la vida después del poder? ¿Deberá desvincularse de su experiencia política y amistades públicas? Sería absurdo por mucho que se le pueda acusar de tráfico de influencias si las causas son justas y justificadas. ¿Tiene razón de ser la existencia legal de lobbies frente a la presunta ilegalidad de las relaciones amistosas? El lobby no deja de ser una triquiñuela que fomenta el negocio político por muy bien que se regule y justifique. ¿Es delito cobrar comisiones por gestionar o negociar asuntos? Si son legales y declaradas al fisco no infringen ninguna ley. ¿Es lícito investigar a un político sin cargos públicos ante sospechas de infracciones? Por supuesto que sí, toda duda debe ser investigada, legal y no ideológicamente, sin descartar la presunción de inocencia.

El auto contra Zapatero está poblado de indicios sin aportar pruebas contundentes. Y es ante el concepto de “indicio”, cuando tiemblo después de la condena al Fiscal General en base a indicios sin elementos probatorios rotundos. Pero también, si las pruebas condenan a Zapatero, apaga y vámonos.