galiciaunica Un recorrido semanal por la comunidad autónoma de Galicia, España.

MANUEL FRAGA

Por Alberto Barciela

“Con la misma grandeza con la que se hizo la Plaza del Obradorio, queremos y haremos una Galicia de todos y para todos, los que fueron, los que somos, los que vendrán”. Era mediodía en Compostela del 5 de febrero del año 1990. Manuel Fraga, del se cumplen 10 años de su fallecimiento, proclamaba sus primeras intenciones ante los ciudadanos que le habían otorgado la confianza para ejercer como Patrón da Terra Nai e Señora, que cantara Ramón Cabanillas. El viejo Finis Terrae reclamaba convertirse en un país para vivir e invertir, poniendo en valor todas sus potencialidades, activar el futuro de una Comunidad Autónoma histórica, y para eso reclamaba un presidente respetado en España, en Europa y en Latinoamérica, que aplicase con efectividad políticas de bienestar, planes concretos de infraestructuras, reactivación económica e inversiones, y la defensa de su irrenunciable cultura propia.

Fraga consiguió ya en sus primeros 100 días estabilidad institucional, vínculos efectivos con el Gobierno socialista de Felipe González, ser recibido al máximo nivel en Portugal -Eurorregión, Eixe Atlántico, etc.- e Iberoamérica, activar los organismos de representación en Bruselas – Fondos FEDER, Pesca, Agricultura, etc… Era atendido por las más altas instituciones y al máximo nivel de representación, capaz de mantener un diálogo abierto, fluido y eficaz con todos los Gobiernos y organismos, fuese cual fuese su color. Como había prometido, era “una Galicia que ya no se encogía sobre sí misma, sino con ambición de grandeza y universalidad.” Su prestigio más allá de nuestras fronteras resultó decisivo para ello.

A escala interna, abogó por la “autoidentificación” que, según su pensamiento, quiere decir “plenitud de reconocimiento de la personalidad histórica, geográfica y cultural: la máxima autonomía solidaria dentro de España y de Europa. Estaba plenamente convencido de que “para que una autonomía funcione bien, tiene que funcionar todo el sistema de autonomías”. No consiguió que el Senado actuase como una verdadera Cámara de representación territorial, pero sí que su propuesta de Administración Única sirviese al menos de guion hacia el que caminar en las diferentes administraciones.

Fraga había dicho, emulando a su admirado Winston Churchill, que tenía la sensación de que “toda su toda su vida había sido una larga preparación para ese momento”, el de gobernar Galicia. Atrás quedaban la frustración por de no alcanzar la Presidencia de España. A cambio, el Finisterre europeo comenzaba a sonar en la prensa internacional.

En Galicia, en su modernización, Fraga encontró el destino definitivo de una vida entregada al servicio público, no exenta de polémicas. Su trabajo le enternecía humanamente, le llenaba políticamente y le hacía feliz. Era el de siempre, extremo en el requerimiento de eficacia y puntualidad, bronco no pocas veces en las formas, austero, pero trabajador incansable, de una exigencia y una eficacia arrolladoras. En Galicia se mostraba más dialogante, más distendido, más humorístico.

Con el León de Villalba, el Noroeste peninsular aceleró su modernización: transferencias -Insalud, Policía Autonómica, etc.-; infraestructuras -finalización de la AP-9, autovías de conexión con la Meseta-, Hospitales, centros de salud, escuelas, institutos, residencias para mayores, instalaciones polideportivas, etc.; planes de electrificación, telefonía y gasificación; economía -turismo -XACOBEO, casas de turismo rural, Escuela Superior de Hostelería, etc.-; parques empresariales; plan de lucha contra los incendios forestales, eficaz tras un 1989 arrollador; Plan de Empleo Juvenil; nuevas facultades en las tres Universidades y siete campus; reforma administrativa; GALICIA CALIDADE; Centro Gallego de Arte Contemporánea; Cidade da Cultura -tan controvertida en sus inicios y, ahora, visitada ya por más de 1.200.000 personas cada año, a pesar de haberse alterado el proyecto y no haber acertado plenamente con la gestión-; industria cultural, especialmente la audiovisual; vínculo con las nuevas generaciones de gallegos en exterior; etc.

Galicia, la rural y urbana, la de interior y costa, convergió en una disposición de avance hacia el progreso, sin exclusiones territoriales. Se convirtió en una tierra cada día más respetada, capaz de ser vanguardia en muchos órdenes y que, pese a las nieblas y a las discrepancias, se muestra capaz de entender que juntos seremos mejores. Manuel Fraga, aun con sus excesos, cortó la cinta inaugural de un futuro mejor para todos. El Estado le cabía en la cabeza, Galicia en el corazón. Era como era y punto.