galiciaunica Un recorrido semanal por la comunidad autónoma de Galicia, España.

MARCELINO PÉREZ DE CASTRO

MERLÍN EN EL BOSQUE ENCANTADO

 

          Durante las cuatro estaciones y todos los días del año, Marcelino Pérez de Castro visitaba aquel souto suyo, enclavado en la media ladera del bosque de Soutoderrei, entre el Regueiro y el camino de Vilar das Tres. Yo lo veía a menudo allí cuando de pequeño me atrevía a penetrar en aquel bosque encantado, para jugar con las ardillas y descubrir esos árboles de extrañas formas a los que se suben las hadas.

         Marcelino mimaba aquel souto como si fuera el único capital heredado de su padre, que hacía varios años tomara el barco en Vigo rumbo a La Guayra. Privaba a cada castaño de las ramas secas y le echaba en el “sangrado” una especie de barro que el mismo hacía. Amontonaba los erizos y las hojas secas para quemarlas luego; y dejaba aquel suelo de monte con hierba silvestre, de esa que echa flor en primavera.

         Marcelino Pérez de Castro tenía más o menos mi edad y era alumno de mi madre que, según decía, le enseñó muchas cosas,  pero especialmente a amar la Naturaleza…

         —- Como a mín, Lino, como a mín…

         —- ¿Ves esta vara? Está feita co amieiro. A miña aboa dicíame que era a vara das bruxas…

        —- ¿Por…?

         —- Porque frotan as suas partes con ela e sinten grandes placeres semellantes o de voar nunha escoba.

        Lino era fantasioso y sabía mil historias de meigas y meigallos; entre otras cosas, porque su madre tenía abierta consulta como adivina, a la que concurría gente de todas las parroquias de aquel Ourense periférico…

         —- ¿Non tirarías as castañas que che dín o ano pasado?

         —- Non Lino, están repartidas por todas partes, como me dixeches que fixera.

        —- Iste ano hainas que cambear por outras novas…

        Marcelino Pérez de Castro tenía la teoría de que la castaña era un amuleto y que había que llevarla siempre con uno o mantenerla oculta en un cajón de cada estancia o lugar en el que hiciésemos vida.

        Tómalo a guasa, pero desde los diez años he guardado una castaña en todas las estancias en las que estoy a diario. También en el coche y en mi cartera de trabajo. Hasta la fecha, sí, me han protegido de la enfermedad y de los meigallos, aunque tú ya sabes que contra esos tengo meiga propia.

        Pero volvamos al souto de Lino, que se ha puesto amarillo de otoño y los frutos de sus castaños están a punto de saltar, eso sí,  dentro de ese erizo que les protege del golpe.

        “Abandonaste el erizado erizo que entreabrió sus espinas. Por esa partidura viste el mundo: pájaros llenos de sílabas, rocío de estrellas…”

        —- ¡Qué bonito! ¿E un poema teu?

        —- Non Lino, é unha famosa oda a tua castaña escrita por Pablo Neruda.

        —- Ti só escribes poemas as rapazas, lacazán… O domingo que ven prepárate, que imos anticipar o Magosto.

        La castaña huele a Noviembre. Ese olor nunca se olvida por muy lejos que te vayas. Sí, el olor a brasa de magosto mezclado con el perfume de las amigas de siempre, mis bellezas inolvidables…

        —- Toma Berta, quenta as maus coas castañas…

        Y aquel roce de manos sabía también al fruto asado que mataba el hambre de nuestros estómagos golosos.

        Allí estábamos, toda la pandilla, alrededor del fuego, expectantes, porque seguro que Marcelino Pérez de Castro iba a poner su punto mágico antes de que se acabaran las castañas.

        —-  Vós non o sabedes, pero por cada castaña que tomemos hoxe liberaremos  a unha alma en pena do lume do Purgatorio. Así que cada quen que pense en aqueles familiares ou amigos mortos que poidesen atoparse en tal lugar… ¡E que coma na sua honra!

        Yo miraba absorto las llamas y detrás de ellas a Berta, a la que iluminaban. El fuego del magosto me parecía a mí uno de los signos de la universalidad porque justifica las esotéricas formas de la magia.

        Cuando leí a Cunqueiro,  siendo aún asquerosamente joven, un joven de Instituto, supe que Marcelino Pérez de Castro era Merlín. Porque había desaparecido de mi vida como un mago aventurero. Verás.

        Lino cumplió los dieciséis y se dijo a sí mismo…

        —- Eu non quero estudiar e para traballar a terra por catro patacos, marcho…

        Y marchó. Embarcó en Vigo de polizón para que su madre, la adivina, no adivinara nada. Llegó a la Guayra y en autostop a Caracas. Allí le llevaron a la Embajada Española en donde localizaron a su padre, que trabajaba de camarero en un hotel de Isla Margarita

        Pasaron los años, muchos años y mi primo Álvaro me llevó de visita a aquella isla. No recuerdo el nombre del hotel pero sí lo que me dijo aquel camarero canario…

        —- ¿Ustedes son gallegos?

        —- Sí, somos de Ourense.

        —- Vaya, pues este hotel es de un gallego de Ourense. Creo que de una aldea que se llama Cudeiro…

       —-  ¿Cómo dice que se llama el señor?

        —-  Marcelino Pérez de Castro… ¡Siempre anda con una castaña en el bolsillo! ¡Ahorita está en Panamá comprando un Hilton!

        Decididamente Lino era Merlín, otro personaje único de este país que aún vive a caballo de Venezuela, Panamá y Ecuador… En cada uno de sus hoteles hay una castaña escondida y el lleva copia en el bolsillo.

        En este otoño amarillo, en el que no hay más que asomarse a la ventana para admirarlo, he querido que lo conocieras…