galiciaunica Un recorrido semanal por Galicia, España.

Mi querido Padre Silva

Yo llegué al Instituto ourensano que hoy llaman “Otero Pedrayo” con una amplia experiencia religiosa, inculcada por la santa de mi madre y por don Felisindo, párroco de Cudeiro, del que fui no solo monaguillo sino también y con gran vergüenza por los desafines, cantor de misas solemnes, a las que hube de añadir las de cuatro cursos de bachillerato “salesiano”.

Con tanta misa a cuestas, no me resultó difícil simpatizar con aquel cura bajito,  de amplia sonrisa y voz afónica que detentaba el difícil cargo de director espiritual de un centro, en el que más de un profesor andaba salido y los alumnos todos acelerados,  porque pasábamos a diario por la rúa del Villar, donde se concentraban los bares y pisos de lenocinio que abastecían de prostitutas a la ciudad y comarca.

El Padre Jesús Silva incluso llegó a confesarme. Recuerdo que lo hizo paseando por aquel solar multideportivo que llamábamos campo de deportes, cuando le conté lo de mis “malos pensamientos” matinales, camino de clase de Literatura con Ogando Vázquez.

Estaba a punto de terminar la década de los años cincuenta y decía mi abuela que Franco ya no iba a dictar más sentencias de muerte. Mi abuela, que había perdido a cuatro de sus hijos en aquella guerra que no olvidaba.

Aquel día, sin embargo, me quedé de piedra cuando, muy temprano, vi salir del bar de putas a mi director espiritual, acompañado de un niño muy pequeño al que llevaba de la mano…

— ¡Será cabrón!  -le dije a mis adentros…

Pero aquel cura, lejos de intimidarse, me llamó por mi nombre de pila, me presentó a aquella mujer de gran escote y poca falda, y se fue calle abajo hacia la vieja cárcel, acompañado por el niño…

Pocos días después, en “La Región”,  leí un artículo de Ángel Huete, en el que se atrevía a criticar al obispo Blanco Nájera, inquisidor de la época, por haber apartado al Padre Silva de sus funciones sacerdotales. Mi maestro destacaba, por el contrario, la gran labor que desarrollaba el “cura de las putas”, que acababa de fundar la “Ciudad de los Muchachos”, para formar a niños como aquel que yo había visto, de la mano del que era o había sido ya mi director espiritual.

Al día siguiente no fui a clases, al Instituto…

Baje la cuesta de la calle donde vivían mis tíos y entré en un local, junto a la antigua cárcel, que tenía un rudimentario cartel sobre la puerta: “Ciudad de los Muchachos”.

No hubo un solo día de mi bachillerato en que no pasara por allí, a jugar con aquellos niños y egoístamente,  a recibir las enseñanzas de aquel cura bueno al que tomé un gran afecto. Porque me enseñó a respetar a las personas, aunque fueran prostitutas…

Jesús Silva Méndez hace poco que nos dejó,  tras 78 años de vida dedicada a los demás.

Lo más puto de su vida fue el derrame cerebral que le postró en una cama hospitalaria. A él, que fue siempre un hiperactivo creador.

A aquella primera escuela de la Ciudad de los Muchachos, fundada en el año 1956, le puso el sobrenombre de “Benposta” y fue el embrión, no solo del Circo de la Ciudad de los Muchachos, sino de las muchas “Benpostas” que hoy desarrollan en todo el mundo una extraordinaria labor entre los menos favorecidos.

Que recuerde, hay “Benpostas” en Bogotá, Villavicencio, Montería y La Guajira (Colombia), La Guaira y Maracaibo (Venezuela), Managua (Nicaragua), Manaus (Santo Domingo), Mozambique y Bruselas.

Las “Benpostas”  del Padre Silva fueron auténticas ciudades independientes que celebraban elecciones en la época de Franco y tenían moneda propia, aunque no existía la propiedad privada.

Pero su camino siempre tuvo más espinas que rosas,  porque en este país no se comprende muy bien al altruista.

Últimamente,  su lucha política le llevó a enfrentarse con el gobierno de Galicia y con el de su propia nación, la “Benposta”, tras cumplir la edad de oro trabajando; trabajando encomiablemente… Por eso los “benposteños”, sus hijos adoptivos,  y un buen puñado de amigos, le lloramos rezando como nos enseñó, es decir, de aquella manera…

Yo siento mucho no haber hecho con él aquel programa de circo que me propuso cuando a la Televisión de Galicia le preocupaba esta tierra y no la “Champion League”. Pero…

¡Seguro que tú y yo nos reencontramos en el espacio, mi cura amigo!