galiciaunica Un recorrido semanal por Galicia, España.

MONTEVIDEO, LA MUY FIEL Y RECONQUISTADORA

¿Quién lee diez siglos en la Historia y no la cierra al ver las mismas cosas siempre con distinta fecha?

(León Felipe)

Por J. J. García Pena

En los años 1806-1807 aún no existía la fotografía (1826) ni la figura del “corresponsal de guerra” (1853), ni los acorazados de acero (1840), ni los uniformes de camuflaje (1848) ni los drones aéreos (1917). Una pena, porque podrían haberse documentado en imágenes por tierra, mar y aire, los cruentos pero efímeros intentos británicos de apropiarse y establecerse, mediante la “ley del más fuerte”, en las virreinales provincias españolas del Río de la Plata. Ya había intentado el pirata sir Drake tomar A Coruña en 1589, con 180 naves de guerra y 23.000 soldados contra una reducida guarnición más 1500 hombres y una mujer bajo las órdenes de su gobernador Juan Pacheco. ¡Así le fue al saqueador Francisco! En solo dos semanas dejó el sitio.

Desde entonces han cambiado -y mucho- los instrumentos técnicos del pillaje, pero ni un ápice los ancestrales móviles de nuestra jodida especie.

No, no había, aún, corresponsales de guerra, pero, por suerte para nosotros, ya existían los memorialistas y cronistas que nos dejaron, por escrito, -a veces hasta en apuradas imágenes al carboncillo o en formato verso o en panegírico florido- testimonios de lo acontecido frente a sus ojos y oídos.

Montevideo también tuvo sus cronistas. Y muy cultos, por cierto. Isidoro de María y el presbítero José Manuel Pérez Castellano, entre otros testigos lúcidos, no me mintieron, no. Porque años más tarde, liberados a los investigadores los archivados partes militares del bando enemigo, quedó confirmada la épica participación y resistencia de las tropas y milicias de Montevideo en las invasiones inglesas. Fracasó la primera, (1806) en la cual se les escurrió de las manos a los invasores el crecido tesoro en metálico que el virrey Sobremonte puso a buen resguardo en Córdoba, trasladándose a ella y convirtiéndola en provisional capital de virreinato, mientras el capitán de navío Santiago de Liniers, cubría el cargo acéfalo.

Ante la insuficiencia de tropas regulares para contener al invasorLiniers había convocado y arengado a todos los ciudadanos de ambas orillas capaces de sostener un arma o un estandarte real en alto:

Vengan, pues, los invencibles cántabros, los intrépidos catalanes, los valientes asturianos y gallegos, los temibles castellanos, andaluces y aragoneses; en una palabra, todos los que llamándose españoles se han hecho dignos de tan glorioso nombre. Vengan, y unidos al esforzado, fiel e inmortal americano, y a los demás habitadores de este suelo, desafiaremos a esas aguerridas huestes enemigas que, no contentas con causar la desolación de las ciudades y los campos del mundo antiguo, amenazan envidiosas con invadir las tranquilas y apacibles costas de nuestra feliz América”

Y la Reconquista de la codiciada Buenos Aires tuvo lugar.

Ahora, enero de 1807, los de “la pérfida Albión”, volvían a la carga, pero habían duplicado sus fuerzas de asalto y modificado la estrategia de ataque. Esta vez golpearían a estas alejadas provincias españolas por mar y tierra simultáneamente. Montevideo posee la mejor bahía natural del Río de la Plata y los buques cañoneros cada vez más pesados, poderosos y de mayor calado, podían anclar en ella o arrimarse a la costa sin temor a varar en los traicioneros bancos areno-fangosos cercanos a Buenos Aires.

Aún les escocía la sosa cáustica, el aceite y la grasa hirviendo que meses antes los porteños invadidos vertieron desde las azoteas sobre sus tan llamativos como incómodos uniformes e inútiles tricornios de paño.

Los escarmentados “gringos” tenían claro que antes de lanzarse a un nuevo intento de adueñarse de Buenos Aires y su tesoro virreinal, debían neutralizar a San Carlos de Maldonado (que tan fieramente se les había resistido en 1806), someter a la pequeña guarnición de San Fernando de Maldonado (virtual Punta del Este), defendida por las baterías de la isla de Gorriti y sobre todo doblegar a la amurallada Montevideo a como diera lugar.

Sí, aquella primera derrota los había marcado dolorosamente, pero aprendían rápido de sus errores. Por lo pronto, no volverían a infravalorar a las milicias populares. Recordarían, sin duda, cómo los bravíos orientales, cuyas escasas huestes formales e improvisadas milicias montevideanas, sumadas a las fuerzas de Colonia del Sacramento, cruzaron el estuario al mando de Santiago de Liniers, y se enfrentaron al invasor con insospechada bizarría en las calles bonaerenses, transformándose su corajuda entrega en uno de los factores decisivos en la expulsión británica de la capital del virreinato, luego de un mes y medio de ocupación ilegítima.

Entre aquellos esforzados reconquistadores de Buenos Aires de 1806 se encontraba, como voluntario, el avezado capitán de Blandengues José Artigas, quien se batió, con singular denuedo, en el llamado Combate de Miserere y en el Retiro.

Sí, el mismo Artigas que ahora, en enero de 1807, vuelve a comandar, en la urgencia del momento, un contingente de fuerzas irregulares de milicianos (tenderos, esclavos, estibadores, escribientes, gauchos sueltos y peones rurales).

Y como Ayudante Mayor, una pequeña dotación de 28 Blandengues en defensa de la agredida Montevideo. Primero en la ensenada del Buceo y horas más tarde en el Combate del Cardal.

No sé por qué en formarse los disgraciaos áhura se entretienen… ¡Gritan como descosidos! ¿Quién los entiende? ¡J’ué pucha con los ingleses, ¡una gran siete! ¡Navegar tantos mares pa’venirse al cuete!”

Ahora, los albionenses volvían a la carga, pero con la dolorosa experiencia de saber que hasta un “pequeño y apacible erizo” puede ser un formidable enemigo si el encono hirsuta sus púas.

Multiplicados los artillados navíos comerciales prestos a inundar con mercancías industrializadas las tierras a subyugar, se parapetaban tras los enormes, tronadores y reforzados barcos de guerra ingleses, venidos (muchos de ellos victoriosos) desde el Cabo de Buena Esperanza para asegurar el asalto final. Los intrépidos orientales, numéricamente en desventaja y siendo la mayoría milicianos sin instrucción bélica (incluso mozalbetes menores de edad), oteaban, preocupados y desde una legua de distancia, como una creciente infantería de “casacas rojas”, dejando atrás los arenales y riscales costeros del Buceo, avanzaba trepando la pendiente a modo de organizada y siniestra oleada de hormigas coloradas.

— ¡Velái! (Vedlos ahí

Miles cubrían ya la ladera sur de la Cuchilla Grande. En menos de un par de horas, si nada los detenía, llegarían al maizal de los hermanos Fernández, los gallegos dueños del pétreo cruceiro traído por ellos mismos desde Galicia. (El “Cristo del Cardal”, hoy en una hornacina del frente de la iglesia del Cordón).

— ¡Ahijúna gran…! (¡Ah!, hijos de una gran p…!

¡Ahijúna!, por el repecho vienen llegando ya los ingleses. Toditos duros, parejos, mirando al frente, dan gritos en un idioma que náide entiende. ¡Qué los parió a los gringos, que se nos vienen!”

Una tan heterogénea como insuficiente columna de improvisados defensores (uno por cada tres ingleses bien pertrechados) les salió al encuentro. El previsible encontronazo y el recuento (“triste contar”) de cadáveres fue a los pies del Cristo gallego.

Muchos de los nuestros, evitando caer prisioneros, se replegaron hacia intramuros, otros hacia el pueblo de Las Piedras y a la villa de Nuestra Señora de Guadalupe. La muralla, por tierra, estaba a tiro corto de cañón. El enemigo ya no encontraría oposición ni en el Cordón, ni en el Campo de Marte, ni en su Ejido. Los infantes británicos también dejaron sus muertos al pie del Cristo y se sumaron a los sitiadores navales que, surtos en la zona del actual dique Mauá, bombardeaban día y noche, sin cesar, el ancho muro de nueve metros de altura, hasta abrirle una horrenda brecha entre el Cubo del Sur y la Puerta de San Juan.

Como yo no había estado ahí ese verano aciago de 1807, al pasar en auto por la calle Brecha les rogué a los cinco o seis testigos que aceptaron acompañarme a la Ciudad Vieja – apilados y sin cinturón de seguridad en el asiento del acompañante- que me fueran relatando, de primera mano, los hechos.

Reprimí el llanto al saber cómo, en la sofocante mañana de ese tres de febrero, una bola de cañón inglés se llevó las tripas de un heroico gallego cubierto de sudor que, desde la madrugada y sumado a otros defensores de la plaza, acarreaba sobre su espalda pesados fardos de cuero para tapar la enorme herida abierta en la muralla y suplir, con ellos, la cantería pulverizada por el intenso cañoneo naval británico. Los cañones de la Ciudadela – ominoso silencio- habían cesado de bramar…, ¿Por falta de municiones o muerte de servidores?

Se me estranguló el garguero cuando otro culto narrador me contó lo que, de seguro, no pudo haber presenciado, pero, tal vez, había sido testigo y contador su joven abuelo:

El corsario vio, a la incierta luz del alba, a un adolescente que hacía fuego con su mosquete desde una carroñada desmontada y le llamó con voz bronca:

— ¡Ea, muchacho!

— A la orden, mi coronel.

— Anda y di al señor gobernador que necesitamos refuerzos.

El niño partió veloz, mientras la lucha proseguía sin cuartel. Nuevos contingentes de asaltantes acababan de llegar al foso. Mordell y sus compañeros seguían matando ingleses en la barricada. Los ojos del corsario se volvían a menudo hacia el interior de la plaza, buscando en la calle todavía en sombra los refuerzos pedidos. Pero los refuerzos no llegaban. Los ingleses dominaban ya la brecha y se descolgaban de los parapetos vecinos. El corsario, desesperado, se volvió para amenazar con el puño a la Ciudadela, cuando vio aparecer, en la media tinta de la madrugada, la silueta del niño.

— ¿Y los refuerzos?

El niño avanzó en silencio; en la mano derecha empuñaba una lanza. Llegó hasta donde estaba Mordell, subió a lo más alto de la barricada y gritó:

— No hay más soldados, pero aquí están los refuerzos. ¡Viva el rey!, y desplegó al viento de la mañana la bandera roja y gualda que flameó como una llamarada, tocada por el primer rayo del sol que aparecía en el naciente.

— ¡Viva el rey!, — gritaron enardecidos milicianos y soldados.

— ¡Bravo, muchacho! — exclamó Mordell, y cayó sobre la humeante barricada, abierto el pecho por un bayonetazo, mientras su sable dejaba exánime sobre los escombros al mayor Dalrympe, jefe del 40 de infantería ligera, cuyo último gesto fue para animar a sus soldados. Un sargento del 40 hundió también su bayoneta en el pecho del niño. Dobló éste las rodillas y, sosteniendo con ambas manos la bandera, se desplomó lentamente, envuelto en el lienzo. La franja gualda se tiñó con el bermellón de la sangre del héroe.” 

(Fragmento de Los refuerzos de la brecha, de Raúl Montero Bustamante)

Ahora que sabés el por qué, el cuándo y el cómo se lo ganó en buena lid, solo me resta contarte que fue “Nuestro Señor, el Rey Carlos IV”, quién le otorgó el merecido título de Muy Fiel y Reconquistadora Ciudad de San Felipe y Santiago de Montevideo al último baluarte fundado en todo el enorme imperio español. Y autorizó a sMuy Leal Cabildo que añadiera a su escudo de armas, -orlado su emblemático cerro con el lema Castilla es mi corona-, cuatrobanderas inglesas abatidas.

España, rica y compleja encrucijada y amasijo fértil de etnias fundacionales, pasó por los estadios inherentes a todo gran imperio y no lo hizo mal, a pesar de verse, desde el comienzo de su gesta transatlántica y al correr de los siglos, envidiada, acosada, asediada, traicionada, atacada, injuriada y por último calumniada y difamada por quienes supieron ser, alternativamente, sus aliados por conveniencia mutua, sus enconados rivales, sus velados traidores, sus sibilinos envidiosos o sus oportunos adláteres.

Un día de hace dos siglos, un emperador tornadizo y soberbio invadió arteramente a la debilitada pero aún rica España, (1808) secuestró a su monarca, se lo llevó esposado al destierro y lo encerró, poniendo en el trono usurpado a un polichinela vicioso y mediocre que obedecía a sus caprichos de megalómano invasor e inmoral que soñaba con alcanzar, aunque fuese sobre pilas de cadáveres, un inexistente trono mundial. El mismo orate que se auto ungió como monarca absoluto en Notre Dame, arrebatando la corona de las manos del papa en el mismo momento en que el romano pontífice se disponía a coronarlo como rey de Francia. Ningún poder terrenal -ni celestial- podía estar por encima de su locura narcisista. Ya ves que megalómanos narcisistas, que juegan al ajedrez con naciones, reyes, torres, peones y alfiles humanos, los hubo siempre, no solo hoy.

Epílogo

Antes de devolver, tragando saliva, las plazas fuertes de Montevideo y Buenos Aires a su envidiado y disminuido enemigo, el Reino Unido pirateó el tesoro virreinal, acrecentado en los últimos años por no poder ser enviado en periódicas remesas a España, dado el bloqueo naval napoleónico. El rico botín terminó paseado con gran alborozo como trofeo de guerra por las calles londinenses, antes de engordar las arcas de la banca inglesa.

Pero “la desleal Albión” aprendió su más útil lección en 1807. Entonces, se salió con la suya: retiró sus huestes porque lo que no pudo lograr con las armas lo conseguiría con su flemática astucia y con la manipulación del alma humana. “Los hermanos sean unidos…”, pero también “Divide y reinarás” son igualmente ciertos y válidos. Dejó sembrado el colosal y ultramarino territorio español de pequeños Caballos de Troya, de espías encubiertos de diplomacia. Sus navíos mercantes descargaron y vendieron a muy buen precio, ocultos entre sus mercancías domésticas, armas contrabandeadas para la insurrección que les convenía. A partir de 1808 esos agentes multiplicaron y fomentaron su política de discordia entre los españoles criollos y los españoles peninsulares, hasta conseguir fraccionar el reino envidiado. Dos siglos más tarde, lo que bien pudo constituirse en los riquísimos Estados Federados de Hispanoamérica si hubiesen seguido el ideario de Artigas, es el débil y endeudado patio trasero de potencias extractoras de materias primas.

Santiago de Liniers, exaltado como héroe en 1806 y 1807, fue muerto a arcabuzazos en 1810 por la Primera Junta de Buenos Aires.

José Artigas, puesto precio a su cabeza por el Directorio de Buenos Aires, debió pedir asilo en Paraguay (1820). Allí murió exactamente treinta años después.