galiciaunica Un recorrido semanal por Galicia, España.

NADIE ES RACISTA AL NACER

La sandez no es arte, es esperpento neurótico. (JJGP).

El hambre de los otros es siempre motivo de risa para quienes ya han comido”  (E. Santos Discépolo, autor del tango Cambalache)

Por J. J. García Pena

 —- Te sobra razón, Enrique. En La quimera del oro el hambre extrema de los protagonistas arrancaba convulsas carcajadas al público de la sala a oscuras, ¿Te acordás? 

—- Decíme de qué te reís, ché, y te diré cómo sos-“, me desafía, criollazo, el siglo XXI. Y yo, con tu permiso, Enrique, le respondo:

— La piel negra es siempre motivo de burla para los que , sin mérito ni esfuerzo alguno en ello, hemos nacido blancos.

—- De “algún lado” y “por algo” le viene a nuestra sociedad esta maligna estupidez de menospreciar y zaherir al prójimo por su color -, me dije un día. Y salí a buscar la punta de la razón de esta sinrazón.  Es que, viejo ya, busco seguir aprendiendo a conocerme a mí mismo para, así, conocer al mundo, tarea tan interminable como necesaria y placentera resulta para todo librepensador. 

Las canciones populares, de toda época y sociedad, ofician de irrebatibles documentos testimoniales al alcance de quien se proponga analizarlos. Digamos que son una especie de “radiografías espirituales” de cualquier comunidad en un momento dado.  Investigando de dónde pudieran provenir algunos temas “reideros” a costa del prójimo, di con una vieja canción -a la par que vibrante danza andaluza-, cuyo origen desconocía, pero por sus enérgicos movimientos haría referencia al patológico temblor conocido como Mal de San Vito. Escuchemos atentamente:

Con el vito, vito, vito, con el vito vito va…

Yo no quiero que me mires

que me pongo colorá,

yo no quiero que me mires

que me vas a enamorar.

Una malagueña fue

a Sevilla a ver los toros

y en la mitad del camino

la cautivaron los moros.

Recordé que “los moros” fueron “católicamente” vencidos y expulsados de España en 1492, luego de ocho siglos de convivencia con judíos y cristianos. Puedo imaginar, sin mucho esfuerzo, lo que, posiblemente, aquellos “morenos” sarracenos, desterrados a la brava, hayan sentido al perder súbitamente su patria:

-¡Ay de mi Alhama!!Ay!, se lamentaban los moros infelices.

—- Es que ochocientos años de patria no son moco de pavo en ninguna esquina del mundo -, reflexioné.                         

Cinco siglos más tarde, no pocos de quienes deambulan y pernoctan tapados con cartones en las calles de nuestras grandes urbes blancas, tienen origen norteafricano… 

 Como aquellos moros expulsados de su patria andalusí..., me digo.  ¿Estarán volviendo a la tierra de sus mayores estos okupas “afrodescendientes” que atemorizan? El hambre y el maltrato, se sabe, convierten a los animales y a los humanos acosados, en parias violentos…

Prosigue el alegre Vito: 

Las solteras son de oro,

las casadas son de plata

las viuditas son de cobre

y las viejas de hojalata.

Dejan al desnudo el racismo y el atávico patriarcado ibérico en que fueron (fuimos) “educados” los blancos individuos de generaciones enteras. Racismo y discriminación de género que, trasladados a América, se aclimataron con tal lozanía a los nuevos aires, que pronto adquirieron carta de ciudadanía local, a juzgar por los versos de la “jocosa” Milonga en negro, de Edmundo Rivero, el “feo que canta lindo”, pero que era blanco “eurodescendiente“:

 —- Y a eso de la medianoche cosas de negros hicieron: ¡la negra durmió en la cama y el negro durmió en el suelo!

(Risas y aplausos)

Nadie se molesta en escribir ni en cantar si su mensaje (infamante o no) no cuenta previamente con destinatarios receptivos que, ablandado su corazón o aflojada su tensa quijada por el recado bufo, abren generosamente el puño y la boca. Toda oración escrita, cantada o susurrada, tiene por motivo una intención y un destinatario. No hace falta ser un Spinoza para arribar a esta simple conclusión. Debieron ser muchos los que, a lo largo de los siglos, rieron y festejaron las sandeces racistas de algunos juglares trashumantes. De otra forma no se explica su perdurabilidad.  Sin demanda, cae la oferta. La sandez (de cualquier signo) no es arte, es esperpento neurótico. Es doloroso comprobar que celebrados artistas, muchos de ellos  provenientes de sufrientes clases humildes (ejem.,  los chilenos Parra)  o de maltratadas históricamente (Basilia Mamani), pero  con indudable sentir democrático (como sin duda  lo fue la suicida Violeta Parra),  hayan creado , a la par de  poemas tan sublimes como Gracias a la vida Volver a los diecisiete, libelos humillantes para con algunas colectividades étnicas, buscando un fácil y rentable provecho basado en  complacer a las mayorías imperantes en menoscabo de sufridas minorías raciales . 

 Soportémosle, por esta vez, a Violeta Parra un breve fragmento de Casamiento de negros

                                            …y el cura que los casó era de los mismos negros.

                                          Cuando empezaron la fiesta pusieron un mantel negro, 

                                                  luego llegaron al postre, se sirvieron higos secos 

                                                 y se fueron a acostar debajo de un cielo negro. 

Enorme parecido (¿coincidencia?) con la ya presentada y conocida Milonga en negro, de Rivero. Ambas corren en la misma línea de divertirse “sanamente”… A expensas, claro está, de colectivos históricamente marginados.

Toca, ahora, presentar a una trilliza, fruto amargo de sugerente consanguinidad con   El Vito.

 La cantaron y grabaron a dúo los excelentes y centenarios vocalistas argentinos Agustín Magaldi y Pedro Noda a fines de los años 20.

A eso de la medianoche

Las solteras son de oro, las casadas son de plata,

las viuditas son de cobre y las viejas de hojalata.

Una rubia se casó con un negro colorín

y los chiquitos salieron del color del aserrín.

La mujer que quiere a un negro, negro tiene el corazón,

porque el amor de los negros, negro es como el carbón.

Va, de yapa, una cuarta y “reidera” pieza intitulada “Suegra”, con el agravante de que la letra cantada, además de absurda, repugnante y machista, es obra (quizás “recopilación”) de una mujer de clara ascendencia indígena: la boliviana Basilia Mamani. También ella – tal vez sin saberlo- se recrea y regocija con las “graciosas” y tradicionales cuartetas de El Vito:

                                 Las solteras son de oro, las casadas son de plata;

                                 las viudas de aluminio y las suegras pura lata.

                       Cuando se muera mi suegra que la entierren boca abajo,

                                si es que escarbara para salir se metiera más abajo.

                            A la pobre de mi suegra le mordió una culebra,

                                y del veneno se murió la pobrecita culebra

                          Si alguno quiere mandar juguete para el infierno, 

                                aprovecha la ocasión: mi suegra se está muriendo.

Hoy, avanzado el siglo XXI, nos parece increíble que se hayan podido crear, prosperar y sobrevivir, de puerto en puerto, de continente en continente y de escenario en escenario, durante siglos y hasta hoy, estas sandeces humillantes para con algunos (muchos) de nuestros semejantes.

Lo comprendamos o no -lo aceptemos o no- lo cierto es que el color de nuestra piel y nuestra identidad sexual no nos hacen superiores a los demás individuos de la especie humana. Solo nuestras virtudes personales, quizás (y si las tuviésemos), nos distinguen del resto. Y el racismo y la soberbia no figuran entre las virtudes, por cierto. Por tanto, sepamos que cuando humillamos a un semejante nos humillamos tanto o más que a él.

Ya descubrimos -testimonios cantables mediante- una de las fuentes de dónde vienen algunos de nuestros irracionales prejuicios racistas. Ya nos ocuparemos de saber los detalles de por qué y cómo nacieron y – lo más preocupante – por qué siguen vivos. Alhacerlo, seguramente no nos gustará lo que descubriremos de nosotros mismos. Toda discriminación y todo fanatismo son absurdos, pero jamás inocentes. No obstante, se aprenden y se enseñan en plena niñez, como si fuesen un juego más.

Se nos manipula y manipulamos. Aceptarlo con madurez será un primer paso hacia el verdadero altruismo, no un retroceso hacia una insoportable e innatural tolerancia, sino hacia la sincera y definitiva aceptación de “los otros”.   Nadie es racista al nacer: aprendimos (y enseñamos) a serlo por insistente influencia grupal, tal como aprendimos, sin cuestionarnos hasta mayorcitos, el Mambrú se fue a la guerra, el Arroz con leche y el Padrenuestro. Quizás no nos resulte grata esta pedestre conclusión.                   

Tampoco nos agradó la amargura de aquel antitusígeno recetado, sin embargo, fue el que curó o alivió nuestra dolencia respiratoria.