galiciaunica Un recorrido semanal por Galicia, España.

“NON NOS QUEDA NADA”

“Non me queda nada. Nin casa, nin animais, nin roupa, nin cartos no banco… Son viudo, non teño fillos, non teño irmaus, non teño parentes… O mellor houbera sido non facerlle caso a aquil guardia civil e quedarme para tentar apagar o lume… E se non podía pois… ¡Alá me iba!… Agora non sei que facer… Esta era a terra e a casa dos meus abós, a que me deixaron meus pais. Dime… ¿Agora que fago da miña vida…? ¡Xa me queda pouca¡ ¡Mellor morrer que seguir vivindo…!”

“UNHA CASA NON SÓ SON AS PEDRAS, É A MEMORIA”

Este es el relato desesperado de Constantino cuya historia se escribió durante ochenta y seis años en este mismo pueblo, San Vicente de Leira. Se lo tragó aquel viernes negro el incendio de Larouco. Si vas hoy… solo encontrarás ruinas. Las llamas prendieron en sesenta y siete viviendas, quince de ellas residencia habitual de los 20 vecinos que tenía el lugar durante todo el año. Algunos piensan en reconstruir aquí el pasado, otros podrían buscar su futuro en las villas próximas; en Vilamartín, por ejemplo, que es la capital del municipio. La mayoría de esta mi gente única, acostumbrada a pasar los días sacrificándose por conservar la herencia de sus ancestros, está aún en shock y solo se plantea la espera…

A ver si xuntos somos capaces de recompoñer esto.

Pero cuando le preguntas a Constantino por su futuro, te dice, emocionado, con una lágrima cayéndole por la mejilla…

— O futuro, polo menos o meu, tamén ardéu dentro da casa. 

En algunas aldeas ourensanas de Valdeorras las llamas no respetaron las iglesias y pasaron por encima de los cementerios. Durante diecisiete días…

— ¡Todo Valdeorras era un inferno!

Tampoco confían ahora en las ayudas anunciadas porque…

— Si chegan, chegarán tarde, cando a mitade da xente morra, que aquí somoslle moi vellos.

Ni siquiera creen ahora en la palabra de los políticos. No creyeron nunca porque ellos sí que conocen bien la España Abandonada.

— ¡Aquí nin viñeron nin se atreverán a vir! ¡Deixaron que se queimara a nosa vida! Por aquí naide veu apagar o lume.

Otro paisano estaba mirando entre los escombros. Me dijo que no buscaba ni dinero ni joyas, solo una lata donde guardaba las fotografías de sus padres y de su abuelo, que había emigrado a Argentina y solo les había escrito una carta; la conservaban celosamente en una mesilla de noche, también pasto de las llamas. Las paredes de lo que había sido su hogar están ennegrecidas y la mayor parte se vinieron abajo. Entre los escombros, Francisco solo halló cenizas.

San Vicente de Leira era un pueblo muy hermoso hasta hace diez días, cuando el más virulento de los incendios destruyó o inutilizó las sesenta y siete casas de piedra y madera, levantadas a mano por aquella mi gente… cuya descendencia también emprendió el éxodo a una América a la que contribuyeron a engrandecer. En Valdeorras, comarca hoy pujante hermanada con el Bierzo leonés, los niños nacían con una maleta durante el franquismo. Por eso, de todas las casas de San Vicente de Lera que rompían la monotonía verde del paisaje, solo 15 estaban habitadas. Otras habían sido abandonadas y algunas eran el refugio de fin de semana de un grupo de emigrantes retornados que se negó a perder sus orígenes. Pero hoy la aldea sigue oliendo a chamusquina, aunque no quede nada por quemar y entre los ennegrecidos restos de esas piedras que hace unos días eran pared solo quedan historias quemadas…

—- Pola incompetencia dos señores ises que viven en Santiago e nunca pisaron esto porque está moi lonxe da capital…

María, hija y nieta de otras dos Marías, señala culpables, aunque todos reparten culpas entre todos los que dejaron que sus hogares alimentaran aquellas llamas generadoras de un infierno que arrasó con todo.

 Ya no hay leña que alimente el fuego en sesenta hectáreas a la redonda y unos militares se afanan en liberar de escombros las calles y en derribar las débiles paredes negras que quedan en pie, no vaya a ser que después de la catástrofe se produzca la tragedia. Porque mientras, la gente, nuestra gente, sigue rebuscando entre los escombros alguna prueba de sus raíces.

Pasmados ante la perspectiva están unos cuantos vecinos, de los valientes, de los que sí, intentaron salvar su aldea hasta el último momento…

—- Nos quedamos tres días y dos noches amenazados por el incendio… ¡Queríamos salvar nuestro pueblo! Pero hubo un momento en que no pudimos más y cargados de impotencia vimos como las llamas se lo comían todo…

Les invade la tristeza y la rabia porque…

—- Ahora mandaron al Ejército, pero los necesitábamos antes. Si estuvieran con nosotros los soldados hubiéramos salvado las casas. En todo Valdeorras, los vecinos fueron los que lucharon contra el fuego. Solos, sin ayuda de nadie.  

 Clemente -cuya casa fue de las que se salvó milagrosamente- no quiere hablar con nadie y repite para sí mismo…

—- ¿Cómo no iba arder la aldea? ¡Estamos rodeados de maleza porque nadie la limpia! ¡Y de árboles! Ahora ni la maleza queda, está todo quemado.

Los vecinos de San Vicente llevaban años reclamando una carretera y el asfaltado de las pistas. Solo a una de ellas le echó gravilla el ayuntamiento…

—- Está mal, xa o ves, pero foi a que nos salvóu a vida. Se non chega ser por esa pista non temos escapatoria, morremos todos aquí.

A Clemente no le cae ni una lágrima por el rostro… pero la rabia le sale del alma y se la transmitió a un brigadista, la máxima autoridad que llegó a San Vicente el día después del incendio.

En Vilamartín de Valdeorras creen que esto no se acabó aún. Temen que las lluvias próximas, si son torrenciales, causen mas daños. Lo dice el alcalde ante un grupo de periodistas llegados desde todas partes de la península:

—- Ahora mismo nos preocupa muchísimo la posibilidad de que empiece a llover fuerte. Si viene una tormenta sería terrible. Tenemos la montaña encima, todo arrasado. El agua arrastraría piedras, barro, ceniza… y se nos vendría encima lo poco que queda en pie.

Le preguntan por los animales y responde…

—- Todavía sufrimos toda esta catástrofe, pero no hay tiempo de digerirlo. Ahora toca poner remedio. Aquí no ha quedado monte, no ha quedado fauna, no ha quedado nada. Es un desastre ecológico y ambiental.

Tiene razón el alcalde porque las huellas de la muerte están en los caminos: un zorro carbonizado, las ardillas asustadas, los castaños centenarios con traje de luto; dice Enrique Álvarez Barreiro que es posible que lo único que se haya salvado son los peces de los ríos, las truchas, pero…

—- Ahora toda esta ceniza bajará y también morirán. Es un desastre mucho más grande de lo que se ve.

A pesar de las promesas de las administraciones que les ofrecieron el realojo, la mayoría están de acuerdo en resistir. Clemente el primero:

—- Aquí nacín e aquí quero morrer. Eu non vou a ningunha parte.

Los demás hablan de “mi casa” también, como si aún estuviera en pie. Porque…

—- Unha casa non só son as pedras. Son as lembranzas de toda a miña vida.  

Xerardo Rodríguez