galiciaunica Un recorrido semanal por la comunidad autónoma de Galicia, España.

OTOÑO DE ORO EN LA VIEJA AURIA

En Ourense, cuando en el ambiente ceden los veranos de fuego, llama a la puerta con suavidad el otoño. Lo hace dulcemente, al madurar el fruto de los erizos en los soutos próximos. En Vilar das Tres o en Cudeiro, que tiene un Souto de Rei. En Velle o en Rivela, que son las ribeiras del Miño. En Seixalvo, empedrado y rural. En Castadón, donde nació el libertador vigués Cachamuiña.  O en Mariñamansa, camino ya de Celanova, donde Blancoamor inició su Esmorga. Aquí, los árboles le cantan su bienvenida al otoño incluso en los parques urbanos; pero los castiñeiros de los soutos próximos son los únicos que tienen geometría otoñal propia.

Es antes del San Martiño cuando da el erizo su salto definitivo desde el castiñeiro. Entonces ve la luz la castaña, el fruto de oro de todos los otoños. Y otra vez el fuego recompone la rigidez de las esotéricas formas mágicas de la Tierra. Vuelve a oler a brasa de magosto en los montes que circundan la ciudad. Y en el Parque de San Lázaro, a carro de castañero urbano. Comer castañas es el rito repetido de cada otoño ourensano y forma parte de la cultura más tradicional de la ciudad y de la provincia.

FRUTO

En lo alto abandonaste el erizado erizo que, entreabrió sus espinas en la luz del castaño…Por esa partidura viste el mundo: pájaros llenos de sílabas, rocío con estrellas… ¡Te decidiste, castaña, y saltaste a la tierra… ¡Porque eres solo una semilla!”

(PABLO NERUDA)

La castaña fue el principal alimento para la supervivencia de tiempos felizmente olvidados, a la que le arrebataron el protagonismo de la cocina gallega, precisamente, el maíz y la patata, llegados hace siglos de las Américas a las que emigrábamos. Hoy es postre de otoño y guarnición de platos elaborados con imaginativas y nuevas formas, especialmente los que tienen como protagonistas a la caza. Cuando llega el otoño vuelve a ocupar el lugar que le corresponde en la mesa y en la fiesta del magosto. Pero durante todo el año, la castaña es de oro en París, donde llega a venderse, transformada en marrón glacé, a 200 euros el kilo. Y en otros muchos lugares del mundo, a donde la exportan empresas ourensanas.

El pionero del marrón glacé en Ourense fue mi inolvidable amigo Pepe Posada, que se fue al espacio antes de tiempo, pero su pequeña empresa aún está viva. La castaña parece que quiere recuperar su condición de elemento vital en la economía rural de Ourense. Por eso se creó la Ruta Europea de la Castaña, que mantiene su vocación industrializadora, pero que también crece como vía turística entre los montes de A Gudiña y O Invernadoiro. Desde algunas zonas de la provincia se reclama con insistencia a la Unión Europea la declaración de Indicación Geográfica Protegida Castaña de Galicia.

FIESTA

El otoño también es tiempo de fiesta en esta Galicia que incluso rinde un especial culto a la muerte. Por ejemplo, en la montaña ourensana se sigue un viejo rito que nos obliga a comer castañas la noche de difuntos: por cada una que comamos liberaremos un alma de las llamas del purgatorio o quién sabe si del infierno. Las fiestas de otoño son tradicionales, inspiradas en las costumbres más antiguas y mucho menos verbeneras. Es decir, de mejor comer y rezar, que bailar. Por eso hay ferias-fiesta y noviembre es el “mes de santos”. Los santos en Galicia son los difuntos y la de Difuntos fue días atrás la celebración generalizada en todo el País que antecede al Magosto, la fiesta otoñal por excelencia, en la que el fuego purifica las castañas que alimentan el alma. Y tiene ciertos componentes esotéricos.

Sin duda el magosto es lo más popular del otoño ourensano. Se celebra con carácter oficial en la vieja alameda, pero también en las parroquias que circundan la ciudad, todas ellas poseedoras de magníficos castiñeiros. En sus plazas se asan castañas y chorizos, se bebe el vino nuevo hecho en casa y se salta la hoguera al estilo del San Xoan.

REPOSO

Bellas lápidas de Calpurnia Abana y Boelio Rufo sitúan a las ninfas romanas en la “fuente del agua que quema” y son el origen de la vieja Auriensis, la “ciudad de oro” del antiguo Imperio. As Burgas son fuentes de leyenda que habla de un volcán en Montealegre y de aguas termales que llegan desde el subsuelo de la Catedral, porque nacen bajo la capilla del Santísimo Cristo del milagro de la sangre que mana su pecho y de la barba que aún le crece. Aunque la diabólica gente prefiere culpar de los hervores del agua a la proximidad del Infierno, por aquello de que, algún día, esta pudo haber sido “capital de pecado”.

Pero por lo que sea y por lo que sigue… el fenómeno termal se repite con abundancia en sus límites, para disfrute de quienes aquí habitan, especialmente allá donde la urbe se mira en los espejos del Miño.  El gran río y sus dos afluentes, Loña y Barbaña, son los senderos de agua que embellecen la vibrante geografía periférica ourensana. Sobre la hermosura de las sendas fluviales recomponen el paisaje puentes antiguos y puentes modernos, para que escuchemos desde ellos la sinfonía que entonan las danzarinas aguas.

TIERRA

Esta Tierra no pone límites a la euforia, porque es posible. En ella diseñamos el refugio ideal para escapar de la lluvia otoñal y prepararnos para el invierno de frío, junto a esa lareira que convierte la estancia en el salón de baile de las serpientes del fuego. Así pasa, hasta que la luz cálida cae por la ventana y nos asomamos al jardín para oler el mediodía y escuchar músicas de seda. Entonces vertemos nuestra pasión en el árbol de los mil años. Nos sale al paso porque ha sido procreado en nuestro más real entorno: la aldea.