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PAJARITOS Y PAJARRACOS

Por Carlos Penelas

Esta tarde, amigos, he recordado a Pier Paolo Pasolini. Más concreto: aquella lejana película  Uccellacci e uccellini (1966) que escandalizó a media humanidad.​ El argumento es sencillo. Totò, agricultor de profesión, y su hijo Ninetto se ponen en camino, en los alrededores de Roma, para pedir una moratoria e intentar solventar una deuda sobre su finca. Durante el camino, los dos hablan de la vida y de la muerte con un insólito personaje: un cuervo que habla. Éste dice ser intelectual y marxista de la vieja guardia. Sustenta la teoría de que la humanidad se divide en dos parcelas: la que habitan los pajarracos y la que alberga a los pajaritos.

Debemos tener presente que el film fue una “fábula narrada en prosa”, tal y como la describe su director. La película trata el ocaso de las ideologías, y reflexiona principalmente sobre el declive del marxismo, ideario que profesa Pasolini. El cineasta italiano realiza un ensayo en el cual cuestiona el destino de la humanidad. Vemos un compromiso político, que no esconde ni maquilla su airada y pesimista visión del mundo, al que condimenta con dosis de ironía.

En el territorio en el cual habito no es difícil hablar de buitres u otras aves similares. Sepa que lo cotidiano es la falsedad, la patota, actos mesiánicos, actos bochornosos, arengas, secuaces al salto del tamboril y la birra, gestos ofensivos y vergonzosos, droga de todo tipo… ¿Soy claro?

A partir de estas palabras intentaremos confundirlo. Mi intención es confundirlo a usted. Y descubrir a pajarracos y pajaritos en nuestra sociedad. Para ello le dejo el problema: analizar ciertos hechos de la naturaleza; de la humana y de la otra. Allá vamos. Empecemos por un cuentito conocido por todos. Un águila, lanzándose desde una cima, capturó con sus garras a un corderito. El acto fue visto por un cuervo que, imitando al águila, se lanzó sobre un carnero, pero con tan mal conocimiento en el arte de cazar que sus garras se enredaron en la lana, quedando atrapado. El pastor, al percatarse de lo sucedido, apresó al cuervo y le cortó las puntas de las alas. Luego, se lo llevó a sus hijos de regalo.

El águila es una representación habitual de las monedas y es signo de la divinidad o del imperio. Es una figura heráldica empleada desde las cruzadas. Resultante del águila romana, restituida por Carlomagno, deviene el símbolo del imperio y gana una segunda cabeza al momento de la fusión entre el Imperio de Oriente y el Imperio de Occidente.

Abramos un poco más los libros. Desde los años de Avicena y mucho antes las cosas cambiaban para que no cambien del todo. El cuervo –por estos lados abundan- aparece en la parte derecha del escudo de armas de la Isla de Man, antigua colonia vikinga. Como los cuervos son carroñeros a menudo se han asociado a la muerte y a las almas perdidas.

En algunas culturas occidentales, los cuervos se consideraron como pájaros de mal agüero, en parte debido al simbolismo negativo de su plumaje negro.  En Suecia, los cuervos representan a los fantasmas de las personas asesinadas, en Alemania representan las almas de los condenados.

Ahora les toca a los tordos, otro tipo de caballeros de nuestra sociedad. Se los conoce como una especie de garrapateros; no construyen nidos, de hecho, depositan sus huevos en los de otras especies. Sus huevos son de dos tipos: blanquecinos y sin manchas, o azul pálido. Como son populistas destruyen los huevos de sus anfitriones de nido, lo hacen precisamente después de haber colocado los propios. Una suerte de holgazanes e ignorantes, empleados del Estado.  Entonces cuando nacen los pichones de tordo, son criados por las aves que hicieron el nido creyendo que son sus crías. Un poco tontos, sin duda; o ingenuos. Los otros, no los tordos.

Siempre es interesante analizar cómo nacen las leyendas; las religiosas y las otras. (Recomiendo ver el documental Como se convirtieron en tiranos, de Peter Dinklage). Los incas creían que el cóndor era inmortal. Según el mito, cuando el animal siente que comienza a envejecer y que sus fuerzas se le acaban, se posa en el pico más alto y saliente de las montañas, repliega las alas, recoge las patas y se deja caer a pique contra el fondo de las quebradas, donde termina su reinado.

Esta muerte es simbólica, ya que con este acto el cóndor vuelve al nido, a las montañas, desde donde renace hacia un nuevo ciclo, una nueva vida. El cóndor simbolizaba la fuerza, la inteligencia y el enaltecimiento o exaltación. Era el responsable de que el sol saliera cada mañana, pues con su energía era capaz de tomar el astro y elevarlo sobre las montañas iniciando el ciclo vital. Un líder tercermundista, qué duda cabe. O un nuevo político de la derecha europea, que también tiene lo suyo. Halcones, palomas, caranchos o gavilanes los dejo para otro momento. En nuestro parlamente hay de todo. Supongo que el suyo no es una excepción. Nosotros cinco pasos adelante, no se olvide.

Como creo que advierte, caro lector, la película de Pier Paolo es una fábula delirante, ácida, con claras connotaciones políticas. Y en esto estamos, sobreviviendo en un territorio donde se crean historias, leyendas y relatos enajenados, frenéticos. Grandes epopeyas manipuladas, apócrifas; acólitos, caciques, superficialidad y palabras quejumbrosas. La corrupción, la hipocresía es bella y emancipadora. También advertimos – nosotros siempre cinco o seis pasos adelante – la decadencia de diversas sociedades. Cercanas y lejanas. Usted ya sabe. (No deje de leer Memorias de un amnésico de Erik Satie),

Joseph Torrell escribió sobre el film de Pasolini:

Los rasgos cómicos son antológicos: desde la fina ironía de la canción de los títulos de crédito hasta el sacrificio del cuervo, pasando por la frase de Mao, el aspirador para el pelo, los carteles y las señalizaciones en carretera, las expresiones del cuervo, los comentarios de los halcones sobre dios, la secuencia de sora Gramigna, sora Migragna y sora Grifagna, la imitación del Cristo ante los mercaderes o el congreso de los dentistas dantescos”.