galiciaunica Un recorrido semanal por la comunidad autónoma de Galicia, España.

PALABRAS PARA UN LECTOR POCO ATENTO

Ellos mandan hoy… porque tú obedeces. (Albert Camus)

Por Carlos Penelas

Idiota es un vocablo derivado del griego. Se lo utilizó para calificar al ciudadano egoísta que no se ocupaba de los asuntos públicos. En latín significaba “persona sin educación” y también ignorante. Algo más. En la baja Edad Media era la forma de designar a los monjes incapaces de leer las Sagradas Escrituras. Por supuesto, la idiotez es un retardo mental agudo.

Este territorio está desflecado. Sin reflexión seria, vivimos en un contubernio.  Poco a poco se fue deshilachando, como si nada. La gente sonreía, se iba de vacaciones, se casaba, se enamoraba, tomaba la comunión, concurría a los bailes de carnaval, al fútbol, al cine. Existían los prostíbulos, la marihuana y los pedófilos. Pero se jugaba al don Pirulero. Cada día de manera más grosera, más tediosa, más lumpen. La sociedad se empobrecía en todos los aspectos. Y los gobiernos alentaban -desde vericuetos- demagogia e improvisación, una forma de ser. Cada acto fue más elemental, más absurdo, más enfermo. El virus ideológico y el populismo tuvieron un campo maravilloso. Una burguesía caduca y egoísta fomentaba una pequeña burguesía acomodaticia cuando no nacionalista y fascista. Los golpes militares y los cívico- militares fueron cada vez más sangrientos y crueles. Ellos fueron parte fundamental para instalar definitivamente la decadencia. El horror tiene sus reglas y sus secuencias. Los tiempos primitivos balconearon la historia.

Aparecieron durante décadas milagros y embaucadores: San Perón, Santa Evita, San Hugo Wast, San Gatica, San Maradona, Santa Fanny, San Marrone, San Cayetano, San Guevara. El Gauchito Gil y la Difunta Correa conformaban el santuario. Batuta y orquesta: llegan los aplaudidores, llega la comparsa. Gregarios. El pueblo llora, se enternece, se abraza. Desembarcan sectas y el pensamiento autocrático. Y los argentinos continuaban casándose, comulgando, sonriendo; bostezando; se recibían de pedicuros o de empleados públicos, votaban, jugaban a las cartas, a la lotería. De pronto poseían ademanes folklóricos, picardía criolla y Martín Fierro. La ideotización fue ganando espacio. Un pueblo –o una gran mayoría– se acomodó a nuevos tiempos. Felices; nadie quiso pasarla mal. La estupidez se fue presentado como una norma, la falta de ideas creció en lo subcultural. El desguace se generalizó, se hizo cotidiano. Me persigno, me hago un tatuaje, compro dólares.

El populismo no descansa, toca el bombo y gesticula. Instaló, entre otras minucias, la pobreza estructural. Ha mancillado los derechos humanos, las luchas sociales, la dignidad de nombres relevantes, los ideales puros e ingenuos de la juventud. Ha tergiversado huelgas, homenajes, símbolos, leyendas. Enfangó sin pudor en nombre de una supuesta revolución. Junto a ellos los distraídos, los burócratas. Y aquí estamos, aquí estamos.

Las asimetrías sociales crecieron hasta la indignación. De unos pocos, sin apelaciones a la Inquisición. Pobreza, miseria, penuria, sordidez, desocupación, malversación de bienes y de memoria. Muchos eligieron zafar, pasarla bien, sin responsabilidad. Lo pasivo reemplazó actitudes nobles, compromisos fundamentales. Sin lógica el futuro es fácil de discernir. La impudicia, el desparpajo, la inmoralidad cubrieron aulas, hospitales, letrinas, calles, orfelinatos, empresas, fábricas, estadios, jardines de infantes. Ni hablar de sindicatos, partidos políticos, sagrados oficios desventurados o universidades. Para completar: un Santo Padre argentino y peronista. Como usted puede observar no nos falta nada.

La degradación es económica y cultural. Los valores –para una gran parte del país– se volatizaron. Desaparece la civilidad, desaparece la república. Villas miserias, crímenes, decrepitud, orfandades, certidumbres patológicas, falta de educación, descortesía, camarillas, ineptitud, patanería, ordinariez ocuparon las clases sociales. De una manera o de otra. La urbanidad en pequeños rincones, casi a puertas cerradas. El desaliento fue trabajando lo suyo. Nuevos trucos ante un tejido social desgarrado, fuerzas caudillistas, fichas imprescindibles para dádivas, estrategias decrépitas, impotencias, subsidios, bonos, ollas populares, zonas dinamitadas, entronizaciones y aplausos. Adictos y cacareos. Y aquí estamos.

No escribo para solazarlo, caro lector. Soy admirador de Camus. El desguace de los bienes, las fachadas, las mutaciones hacen un repertorio que no postulan la comunión de los santos. Sucede que estoy harto de iconografías, de compulsiones autoritarias, de séquitos, de militantes, de jugarretas mediáticas. A esta altura me producen indigestión. Además, hasta las palabras o los principios han perdido su esencia. Y no me agrada fingir. Nos rodean parodias, sinvergüenzas, ladrones, escenografías, relatos apócrifos, sacristanes, farándulas, caballeros orondos. En este contexto se reparte pobreza, se iguala hacia abajo. Allí están los marginados, sólo debe dar una vuelta a la manzana. Tautología, dialéctica, circularidad. Todo asordinado. Nos estamos viendo.