galiciaunica Un recorrido semanal por Galicia, España.

PIRIANA

(A pedido de Valentina)

Por J. J. García Pena

Hoy la vi. Sola, rechoncha y sedosa. Ya mutado su color de piel, se asoleaba en La Rinconada.

También la había visto ayer, como anteayer y cada día desde que su enorme madre la parió, brillante y azabache, sobre la orilla del vasto arenal, a comienzos de octubre. La Naturaleza, si no la agredimos, no necesita de nuestra ayuda, sino de nuestro respeto. Desgraciadamente – por ignorancia o por simple estulticia – muchos de nosotros la agredimos y le faltamos al respeto. Por eso fue necesario precintar la húmeda escena del posparto con improvisadas vallas de redes para evitar que algunos desaprensivos y barullentos humanos nos volviésemos a acercar demasiado (como hicimos la mañana del primer día) perturbando la intimidad del escenario y de sus dos protagonistas con el inevitable escándalo sonoro de las multitudes y de nuestras evitables mascotas.

Por favor, alejen sus perros y pónganles bozal : la elefanta puede ser muy agresiva si percibe que peligra su cría.

— ¡En dos años mi perrita nunca mordió a nadie! ¡Es muy obediente y la cuido como a una hija! ¡Fíjese la capita de lana que yo misma le tejí!

La elefanta no sabe lo buena que es su perrita siberiana, señora. Y por favor no grite tan cerca de ella, que está amamantando y los ruidos desconocidos pueden afectarle. Seamos pacientes. Si entre todos conseguimos que este período de lactancia transcurra sin alterar el orden natural, en menos de un mes se habrá completado el ciclo. Mientras tanto, podrán seguir la evolución de la madre y su cría desde la altura y amplitud de la rambla. Retrocedan, por favor, debemos extender el precintado y colocar la valla.

¡No ha pasado ni una semana y mirá cómo ha crecido!

— Dicen que aumenta cinco kilos por día…

— ¿Y sólo de leche de la mamá?

— Por lo visto sí. De ahí no se mueve.

— ¡Pobrecita cría, papá! ¿Y si le traemos pescado?

— ¡Pobrecita madre!, dirás. Tampoco ella se mueve de su lado.

— ¡Entonces traemos pescado para las dos y tá!

Van veintiún días. Y la cría es una hembrita

¡Qué delgada se ve mamá elefanta!

— No te preocupés: pronto se irá.

— Se irán, querrás decir…

— No. Se irá ella sola. Debe salir a alimentarse o morirá por inanición.

— Pero… ¿Abandonará a su hija, así no más?

— Es que no es “así no más”. La cría -lo creas o no – ya está preparada para valerse por sí misma. Como todas las demás especies animales tiene instinto de supervivencia. Y si no consigue alimentarse, morirá.

— Pero es una crueldad… ¡Pobrecita!

— La crueldad -como la bondad- es una construcción humana. El matar o morir nos resulta trágico. Eso, por cierto, nos distingue de las fieras.

No juzgues el comportamiento de las demás especies comparándolas con la nuestra, porque el resultado será siempre engañoso. Lo que conceptuamos como “pacífico e idílico” puede dejar de serlo cuando comprendemos las motivaciones de todas ellas, incluida la nuestra.

— ¿Ves, allí, sobre las rocas, la belleza de aquellas elegantes garzas blancas que picotean no sé qué, en los charcos salobres? ¿Ves, un poco más allá, las elásticas zambullidas de los patos maragullones? Instinto puro, sin poesía edulcorada ni acidulada. Objetividad pura y simple.

Ambas especies aladas buscan alimento. Equivale a decir que matan para sobrevivir, pero no por acumular bienes innecesarios. Eso sólo lo hacemos quienes nos tenemos por seres tan inteligentes que hasta inventamos convenientes reglas morales que, si podemos evitarlas, no practicamos, pero que imponemos su puntual acatamiento a nuestro prójimo y demás dependientes… ¡Incluso les fabricamos innecesaria ropa de abrigo a nuestras peludas mascotas árticas! Como nuestro lampiño cuerpo africano siente frío, pues, ¡Hala!, ellas también deben sentirlo.

— Sí, la madre se fue y dejó sola a Piriana, pero no es un abandono a nuestro estilo, sino un sabio mandato natural: irse “sin más”. Otro tanto hará, en breve, Piriana. Porque tiene como primera y mejor herramienta y acicate, el instinto. El hambre la lanzará al agua y hallará alimento, perdé cuidado.

Hace tres días que su madre cumplió el rol que, sin perjuicio alguno, Natura le asignó: “Alimenta a tu hijo hasta su autovalía, pero no lo sobreprotejas, porque el mundo no lo hará”.

 Sí, hoy en el paseo la vi sola, rechoncha, sedosa y ya mutado su color de piel, pero no “abandonada”, sino dueña de su innata voluntad de sobrevivir en un planeta donde todos somos sobrevivientes. Probablemente mañana o pasado ya no la veré.

Y me alegraré de no verla, porque es muy probable que, pasado un tiempo, Piriana retorne a su cuna de Piriápolis, como hizo una noche primaveral su mamá para repetir, por enésima vez, el maravilloso ciclo de la vida en la misma costa que, año tras año, ha servido y seguirá sirviendo de cuna anfibia a tantas y tantísimas generaciones de “pirianas”. 

Si no se lo impedimos nosotros, claro.