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RITUALES ACTUALES DE LA REALEZA

La acaparación del espacio mediático por parte de la monarquía inglesa es de gran relevancia para la imagen de esta forma de gobierno.

Por Manuel Menor

Los rituales funerarios de estos días provocan muy distintas reacciones, todas de gran interés sociocultural. El mundo de las monarquías es pródigo en emitir mensajes, no todos desinteresados ni coherentes. En la sutilidad de la información mediática se juegan aciertos y desaciertos que pueden dar al traste con esta institución o, al contrario, darle mayor consistencia y relevancia.

ISABEL II (DE INGLATERRA)

El fallecimiento de Isabel II de Inglaterra ha sacado a la luz, con gran prolijidad de medios que la BBC ha alimentado en primera línea, una vida aparentemente transparente de servicio cabal a su país. Vista desde su longevidad en el trono desde los años cincuenta, el acontecimiento y el rígido protocolo con que está siendo acompañada la despedida, se están centrando en el lado amable de la presencia de la monarquía inglesa representando al país en todos los hechos relevantes, y al lado de todas las personalidades que han tenido algo que decir, en el transcurso de todos estos años. Entreverar dossieres de fotografías de la vida familiar –también la más cordial- de la reina ha sido parte principal de este relato, que se ha esmerado en mostrar un personaje sólido, responsable y coherente, siempre fiel a su papel institucional dentro de la tradición inglesa de monarquía constitucional. El mensaje a transmitir ha sido claro: Isabel Windsor ha cumplido ampliamente con el papel sutil de estar sin interferir, aconsejar sin imponer, acompañar y no atosigar a las instituciones democráticas desde la cúspide unitaria del Reino Unido e Irlanda del Norte.

Parece ser que el buen recuerdo es sólido para un 80% de los ingleses, pero no puede decirse que sea igual en territorios como Escocia, donde estos días han podido verse gestos no precisamente devocionales. Tras esa parafernalia espléndida, se combinan tradiciones del pasado y urgencias del momento en un momento tan crítico como el que viven los votantes del Brexit; esta última contribución de la reina al interés general de su país transpira agradecimiento. Aparte de que cualquiera pueda resucitar imágenes de historias menos encantadoras, que propicien relatos menos complacientes, su hijo Carlos III no lo tendrá fácil: empezar a ejercer el papel de su madre a los 73 años, después de asuntos antipáticos en que la prensa le ha mezclado tanto, no es un buen currículum para muchos ingleses que, en el tiempo que vaya a desempeñar el papel monárquico, le verán de modo más crítico y exigente; del análisis que han hecho de sus gestos de estos días, no se deduce que vayan a ser  condescendientes.

EL LUTO MADRILEÑO

La otra cara de este acontecimiento -mediático e histórico-, ha sido la vivencia del mismo en España. Las principales reacciones que ha suscitado pueden sintetizarse en torno a tres asuntos complementarios que documentan una imagen de la monarquía no necesariamente igual. En plan de prevenir comparaciones, o simplemente por gesticular de modo independiente al establecido para la alta relación diplomática entre Gobiernos, en la Comunidad de Madrid –y en la de Andalucía en menor grado- han tenido a bien declarar tres días de luto acompañados de otras parafernalias en que dejar claro el duelo especial que la muerte de Isabel II –de Inglaterra- despierta en estas partes de España. Este gesto ha suscitado reacciones de todos los colores, con primacía de cuantos lo han calificado como disparate solemne. En el espectro de comunicación de esta institución del Estado español –con alto nivel de renta-, da la impresión de tratarse de ese tipo de modales propios de nuevos ricos, ajenos a la existencia de otras personas en el mundo. En su afán demostrativo no les importan las meteduras de pata, aunque demuestres gran ignorancia e insolidaridad. Sus estrategias de propaganda van por libre y no se cortan ante nada, aunque no concuerde con la imprescindible unidad básica de todo Estado moderno.

Y LA ZARZUELA

En los mismos días, la plataforma HBO ha difundido una pequeña serie de gran interés documental: Salvar al rey. Destaca en ella la conjura de muchos medios, instituciones y personas, por preservar al actual rey emérito de que su imagen constitucional se deteriorara en exceso dada la propensión temprana que mostró a desvariar respecto al papel que se le había asignado en la cúspide de la Jefatura del Estado Español. En los capítulos se van sucediendo en orden cronológico, desde antes de la muerte de Franco, los momentos principales de desajustes de la persona con el personaje que debía ser. La abundante documentación gráfica y escrita, con las voces y comentarios de un amplio espectro de periodistas y personas que fueron testigos más o menos directos de lo que se relata, da gran fiabilidad al conjunto y, en particular, a dos momentos principales en 1981 y 2012. Su papel en la primera de esas dos fechas con motivo del 23-F rechinó mucho cuando el 13 de abril de la segunda datación, los españoles conocieron que Juan Carlos I –en una etapa de gran recesión económica- volaba de emergencia desde Botswana. Aquella cacería extemporánea, junto a su amiga íntima Corinna Larsen, fue el momento en que la acumulación informativa de los medios desbordó el complot de silencio protector y, al lado de grandes incoherencias con el cargo que detentaba, empezaron a aparecer otros gestos últimos, de los que solo pretextos interpretativos de “inmunidad” o sobreseimientos por prescripción le han salvado de explicarse ante un Tribunal judicial.

El remate de esta otra secuencia lo está poniendo otro protocolo, el de la asistencia de la Casa Real española al funeral londinense de la reina inglesa. Se ha comunicado que, aparte de la representación del Gobierno, por parte de la Zarzuela asistirán Felipe VI y su esposa, pero que también irá –por haber sido Jefe de Estado-, acompañado de su todavía esposa oficial- el rey emérito, desvinculado formalmente de la imagen que deba proyectar su hijo.  Será complicado lograr que no la contamine y no sobrevenga entre los españoles más detrimento de la figura monárquica, especialmente entre cuantos en los ochenta olvidaron la fórmula de gobierno republicano. No vivimos en el Antiguo Régimen, anterior a 1789, pero por encima de lo que debe ser una imagen monárquica imparcial, atenta al interés general, puede estarse sobreponiendo ya en el imaginario colectivo la de una voluntad impredecible y adolescente, que no deja de emitir rancios mensajes de desigualdad, también ante la ley.