galiciaunica Un recorrido semanal por la comunidad autónoma de Galicia, España.

ROGOPAG

La verdad triunfa por sí misma, la mentira necesita siempre complicidad”

(Epicteto)

Por Carlos Penelas

Hace años me pregunto qué sentido tiene escribir en una sociedad cada vez más caótica, decadente, corrupta. En verdad todos los tiempos tuvieron sus infiernos, sus horrores. Soy testarudo y digo: debemos escribir, debemos amar, debemos soñar.  Contra viento y marea. El mundo está en movimiento, siempre, con sus juegos de fuerza, sus estructuras viciadas, sus sistemas huecos y guerras, como siempre. Lo sabemos. Hay otras miradas: estéticas, simbólicas, históricas, ideológicas. Discusiones profundas y crisis estructural. Miseria, hambre, injusticia social, egoísmo, realidades de poder y de codicia. Banalidad y confusión y privilegios. Pero sucede, caro lector, que aquí la demencia, lo estrafalario, lo cubre todo.

Se les puede definir como sinvergüenzas, desvergonzados,  descarados. Sucede que también son arribistas, aprovechados, oportunistas. Sin duda: ladrones, saqueadores, timadores. Suelen ser populacheros. Y además tienen versiones. Son indecorosos, cínicos, ubicuos, lábiles. Suelen ser incondicionales hasta que dejan de serlo. Se buscan, se repelen, se abrazan y se insultan. Dicen cháchara, dicen cipayo, dicen mercado. Se idealizan a sí mismos, discuten la fatalidad, el psicoanálisis, la lealtad, las escaleras, los palcos y las intendencias. Dicen pueblo y cantan una cumbia villera. Cuando son delicados acentúan las consonantes. Se disfrazan de cultos. Acta est fabula.  

Según la ocasión son opositores, parte de una obra de Ionesco.  Siempre volubles, siempre enfrentados, siempre en la otra vereda. O en la misma. Están aquí y están allá. Son fascistas de derecha, a veces. Son fascistas de izquierda, casi siempre. También son híbridos, provisionales, tumultuosos, triunfadores en el barro. Huelen el poder, la comparsa, los bombos. A veces son light, otras intentan ser elegantes con afectación. Cantan marchas, levantan banderas, dicen birra, dicen general, dicen revolución, dicen retruco, dicen merengue. Inexorablemente odian al otro. Inexorablemente hablan de patria, de pueblo, de mutaciones. Lúmpenes. C´est fini.

Resentidos, huecos, groseros. Tienen un repertorio complejo, con voces aliadas y voces cómplices. Son belicosos, furibundos herederos de la barbarie. Y luego son todo lo contrario: precisan sobrevivir. Entonces el desguace de los bienes nacionales. Y otra vez el sistema, los sindicalistas conversos, los empresarios conversos, la legión de excluidos.  Anuncian planes quinquenales, planes por décadas, proyectos al infinito. Prometen vacunas, prometen planes, prometen ser mejores. 

Reniegan de lo ético, de la historia, de lo criterioso. Viven en una circularidad repetitiva. Abundan en coreografías, en figuras retóricas, en beneméritos compatriotas. Corroboran pactos zurcidos, alzan los hombros, miran de soslayo. De allí el guiso criollo, la caldeirada de la cual hablaba mi madre. Se sostienen por emblemas, por traiciones, por herencias, epitafios, falsificaciones, monaguillos y miserias. Tienen destrezas circenses, olvidos institucionales, carcajadas gastronómicas. Mastican entre codazos cómplices, tienen el guiño del barrabrava. Olímpicos ganan siete a cero, treinta a cero. A veces son tribales, a veces quieren ser caballeros. Ellas son rubias teñidas, coloreadas, con el culo fuera. Perfumadas sin barbijos. Son del conurbano, miran desde un shopping. Aplauden, siempre aplauden. Siempre aplaudieron y sonrieron. Son funcionarios, diputados, ministros, alcahuetes. Y se vacunan en secreto. Entonces vuelven a ser obstinados, burócratas, serios. Desplazamientos, tuco en las corbatas, folclore autóctono, chovinismo de cantina. Orbi et urbi.

Son anacrónicos, variantes de escaramuzas, variantes de montoneras con levitas, variantes de estatuas y bendiciones peronistas. Ya no hay terciopelo y el pavo real se pasea con varas sin plumas. La escena está cerca de los dioses. Francamente deleznable. ¿Ineludible? Sea. A esto quería llegar. El grotesco criollo de los años veinte, el teatro de Armando Discépolo, «la voz de una enfermedad enmudecida.«