galiciaunica Un recorrido semanal por Galicia, España.

ROSEBUD

Por J. J. García Pena

Cuando el gallego José, “mediocre electrotécnico por obligación, que no vocación”, cumplió sesenta y cinco años de inmigrante, cincuenta de aportes al Banco de Previsión Social, diez de jubilado y setenta y cinco de edad, creyó “conveniente no dejarles cargas tan sagradas como inútiles a sus herederos”.

Llegado el día”, sus dos hijos sabrían qué hacer con el poco dinero sobrante que, quizás, su esposa y él “no hayan tenido tiempo de bien gastarlo en todo lo que se les antojase”, según le aconsejara, una vida atrás, un viejo recitador andaluz: “¡No viá dejá ni la crehta de un poyo en Andalusía! (Ahora me toca a mí)

Pero era poco probable que los amados deudos quisieran conservar algunos “bienes invaluables en su intransferible espiritualidad.” Aún repercutía en su mente aquel bello retrato de un niño humillado aguantando la tapa abierta de un contenedor urbano de basura.

— No; no le pasará lo mismo a mis sagradas reliquias.

Había vivido “lo suficiente, más que lo esperado. Además de superviviente, era un privilegiado”- se dijo evocando a tanto hermano que no traspasó la adolescencia y sobre todo a Sinda , que ni cumplió treinta y dos.

Además, había arribado a viejo “feliz y con mucho más que lo necesario”.

Solo tengo dos piernas para llenar siete pares de pantalones y ocho pares de zapatos, já, já,já! -solía filosofar, mofándose de sí mismo. (Nunca se había tomado en serio).

Cincuenta años continuos de trabajo fecundo, (los últimos veinte como jefe de planta y de personal) le permitieron retirarse a los 65 en plenitud física y mental.

Ahora, satisfecho de su prolongada vida activa, “comenzaría a saborear el último fruto de sus constantes esfuerzos”.

Pero sus empleadores, habituados a su ejemplar autodisciplina y probada honradez, intentaron retenerlo en plantilla ofreciéndole un cómodo y alto cargo en sus florecientes, aunque un tanto descuidadas empresas en ambas orillas del Río de la Plata.

José, agradecido y por no desairarlos, se ocupó de reorganizar los alojamientos del personal de las empresas encomendadas. El orden y la justa firmeza -en todos los aspectos de su vida- eran su fuerte. “Como el pez en el agua”, se le antojaba su nuevo y delicado cargo como nexo patrono-sindicato.

Empero su alma, tan abierta a soportar fatigas y responsabilidades durante medio siglo, no estaba hecha para la ausencia de su hogar algunos días por semana. La Reina del Plata nunca lo atrajo. El viejo “galaicuruguayo” se había formado en la sencillez oriental.

— ¡Demasiado caro pagué aquella ausencia temprana e involuntaria de mi hogar gallego al trasladarme a Andalucía cuando niño y ensayar en ella, la posterior e incurable morriña de su Galicia natal en el extranjero!

Cavilaba cómodamente repantigado en el Papa Francisco, el veloz y enorme ferry que, en dos horas, une capitales hermanas.

“¡Galicia…! Tierra amada a la que no pude volver cuando quise y ya no quise volver cuando pude. ¿Para qué? ¿Para volver a sufrir? Ya pagué todos los peajes del dolor- , se preguntaba y respondía mientras, solitario, contemplaba el leonado Mar de Solís.

Como cada regreso al Montevideo querido, compraba, en el free-shop de a bordo, la más pequeñita caja de bombones que hubiese, a veces también fragancias y siempre, ya en tierra, un par de rosas para Ana. El buen dinero ganado no compensaba ni una sola hora perdida lejos de ella.

Por eso, cuando diez meses más tarde cumplió con el último encargo de sus buenos patrones, les anunció su retiro definitivo.

Sopesando su buen estado físico general, calculó que bien podía vivir diez años más sin grandes quebrantos de salud. 

El retiro debes empezar a disfrutarlo… Cuando estés bien de salud, no cuando escuches, asustado, las herraduras y el rodar de la carroza que te viene a buscar, gilastrún!”, razonaba.

Por primera vez en su vida haraganeó sin pudor ni culpa de no madrugar para afrontar jornadas de quince horas mínimas.

Descubrió, asombrado, que…

Ahora que me queda menos tengo más tiempo para mí mismo…!

Dueño absoluto de su tiempo, dio rienda suelta a su vocación de seguir aprendiendo y de escribir sobre lo aprendido. 

¡Hay tanto por aprender…!

Hizo suyo el pensamiento de Los Olimareños: “El día que yo me vaya camino del cementerio aunque vaya envuelto en oro no tendré para el regreso”.

Para su esposa y él tenían más que suficiente. Sus hijos, largamente independientes, solo les daban satisfacciones. Calculó que, a partir de sus 65 años de edad, bien podía vivir diez años más sin grandes quebrantos de salud.

Cierto que…

— Si continuase en actividad quizás juntase mucha plata, pero, ¿para qué más? Y, sobre todo, ¿A qué costo?

Jamás se arrepintió de su decisión. Al contrario: al despertarse él y su esposa con el canto de los pájaros nativos y las gaviotas, se felicitaban de haber realizado su sueño de juventud, cuando ambos descubrieron Piriápolis, sin duda, su último sueño.

Piriápolis es una preciosa ciudad, metáfora de la trilogía perfecta: único punto de la breve república en que confluyen mar y serranía besándose en la orilla de su playa.

Ahora José (a veces me lo cruzo y charlamos) solo aspira a salir del teatro tan “ligero de equipaje” como cuando, sin consultarlo, “me empujaron a subir al escenario y a protagonizar, -hilos en las muñecas y en los tobillos- una obra de guión jodido y carente de ensayo previo”.

Pues, al final, no lo he hecho tan mal, ¡joder!”.

Se autoconvence, mientras se ríe con ganas de su antiguo papel de polichinela sin vocación, ni opción.

(Se ríe, dice, porque se acuerda del entusiasta manco de Los destiladores de naranjas, de Horacio Quiroga: “¿Qué me falta? -solía decir con alegría, agitando su único brazo-”).

Sí, José me cuenta que “alguien querido se quedará con algunos de mis muebles, mi vajilla y mi ropa de cama, incluso con las colecciones casi sin uso de buenos libros que conservé cuando doné más de quinientos a la biblioteca local”.

Ya que…

Los niños casi no leen; y han de leer cada vez menos en papel. Pero ¿por qué poner a los míos en el dilema moral de tirar o no a la basura relicarios llenos de vida pasada que solo para mí tienen valor y significado?

Se los habían traído de su pueblo como amoroso obsequio hacía más de cinco décadas.

El puñado de tierra amada, tras un beso, lo enterró bajo el umbrío tronco de la higuera de la casa que habita. El puñado de arena de su infancia trunca, tras una lágrima seca, lo aventó sobre el cercano y fino arenal. Quizás un día (¿o una eternidad?) uno a uno sus minúsculos granos, rodando bajo el Atlántico, volverán a juntarse en la ría de Sada.

Solo restaban las dos raquetas de badminton que “prensadas hasta la asfixia en el negro baúl vapuleado por el siglo y el mundo”, habían cruzado el mar con José, sus hermanos y su madre. Las descolgó de la pared, las contempló por última vez pronunciando en voz alta su nombre “Standard”, las quebró por el mástil, las cruzo entre sí y, como un nuevo Rosebud, el fuego las convirtió en cenizas.

José, siempre de buen humor con retranca, este final me lo contó en su mal gallego:

— ¿Oíches? ¡Sentín que liberéi a meus fillos da tolería do seu pai e, de paso, tamén eu libereime!