galiciaunica Un recorrido semanal por Galicia, España.

RUBÉN “EL NEGRO” RADA

“…Por unos negros que mueran, ¿A quién le puede importar?”

MORIRME DE PLENA

Por J.J. García Pena

—– “Me apellido Rada, como el mecánico de Ramón Franco-“, dijo, entre divertido e incrédulo, el instintivo músico uruguayo Ruben “El Negro” Rada.

¡A saber cómo debiera ser su genuino apellido, si sus antepasados no hubieran sido cazados como animales en su tierra natal!

El comprador final era quién les imponía su señal de propiedad. Los hubo, sí, pero pocos usaban el hierro al rojo: la mayoría de los esclavistas solo los identificaba mediante su propio apellido. Y en tiempos de guerra, los usaban para sus aventuras por el poder. A veces nos cuesta encontrar al esclavo solapado tras el héroe.  Los historiadores honestos dan fe de ello.

Del comercio más infame, la compra-venta de humanos, se ocupaban los más civilizados imperios de entonces. 

Portugal, auto declarado dueño exclusivo de África, los compraba a los cazadores de humanos. Los acumulaba, aherrojados, a orillas del Atlántico a la espera del próximo embarque en los odiosos barcos negreros británicos, que los distribuían -a pedido de su amplia clientela- al otro lado del mar. 

Solo se capturaban hombres jóvenes, mujeres en edad reproductiva y niños; los viejos carecían de valor comercial. Eran necesarios cuerpos jóvenes y fuertes para el destino que les aguardaba a los que llegasen vivos a las Américas. Rara vez llegaban tres cuartos del embarque de carne en pie. El dejarse morir de hambre o el lanzarse inesperadamente por la borda, mermaba seriamente la rentabilidad del negocio. Por eso los eslabones de hierro solo se cortaban en destino y a los más obstinados se les forzaba el alimento con un embudo de lata.

En la Roma vaticana, que ya había dividido al mundo en dos, se había determinado que los negros, al igual que los bueyes, caballos y perros, “carecían de alma”. Carta blanca al crimen perfecto y sin castigo legal.

Nieta de esclavo e hija de liberto, un día del siglo pasado la joven mamá de Rubén, dejando atrás su fronterizo Brasil, llegó al Barrio Sur de Montevideo. En sus “conventillos”, (sólidas y solidarias casas de inquilinato de muchos dormitorios o “piezas“, pero con un solo patio, una sola cocina y un único baño, hechas para recibir oleadas de inmigrantes), se acababan de gestar y tomaban cuerpo los frutos agridulces resultantes de la nostalgia de los multinacionales inmigrantes blancos y negros, frutos que tan acertadamente fueran definidos por los hermanos Cardozo:“Vengo de un sitio perdido en el Sur, entre gallegos y “tanos”…./…padre tambor africano”. Pero mientras los blancos habíamos llegado por nuestra voluntad en alas de la necesidad, los negros llegaron contra la suya, sin ninguna necesidad personal de hacerlo.    

El tango resonaba en Montevideo y en la orilla de enfrente, pero el candombe floreció solo en esta ribera oriental.                   

Ruben se crió entre la calle y el patio del “convento” (Allá en el convento me siento bien…), compartió “la pieza” con otros siete familiares, supervivió a una tuberculosis infantil y se buscó la vida como pudo.

De sus logros artísticos nada te diré por ser harto conocidos. Búscalos, que es fácil hallarlos. 

Fuí testigo de todos ellos a nivel callejero, teatral o radiotelevisado. Vivió endulzando la vida de todos nosotros, su gente, su pueblo, con la creatividad de su voz privilegiada.

Nos regaló su insuperable Guantanamera, sus divertidas Las manzanas. Cantá, ché. Negro Rada, La mandanga. Su evocador Tengo un candombe para Gardel, su… ¡Cien geniales creaciones más!   

Pero no todo fue divertido para Rada…

Cuando nadie se acordaba de alzar una bandera por la torturada África, él alzó su voz estremecida de pena y de coraje por sus hermanos en Biafra, como un enlutado reproche que aún hoy nos sacude el alma:  

—– Biafra estaba muerta, muerta de Sol y sin pan. Por unos negros que mueran, ¿a quién le puede importar?

Hoy lo vi, hace un rato, no más, yéndose ufanamente a enterrar, cercado de tambores en su Barrio Sur, repetidos en el cementerio del Norte. Te moriste de Plena, Negrito, como vos querías:

— Cuando yo me muera no quiero llantos ni penas, prefiero que se me vele bailando una rica plena.

Si trasponiendo su propia muerte el querido Negro hoy estaba viéndose en cadáver y rodeado de tanta alegría, (“inexplicable” para los ciegos de corazón) se habrá sentido tan feliz como si estuviese “comiendo perdiz”, porque no es nada común que a un mortal se le cumplan, y con creces, sus últimos deseos, sobre todo cuando ese anhelo depende del concurso unánime de quienes lo quisieron en vida. 

Y al Negro Rada lo quería todo el mundo, incluso los poquitos que, en su juventud, festejaron y bailaron sus locos candombes (¡que yo los vi!) y ahora, ya viejos e hipócritas, se hacen los estrechos y se  escandalizan  por lo bajo al ver que  fue velado entre cantos profanos y con Honores de Estado -¡qué horror!-  en el mismo salón del Palacio Legislativo en que ,en su día,  fueron honrados, de cuerpo presente, nada menos que Juana de América, Mario Benedetti, Eduardo Galeano, China Zorrilla y Carlos Páez Vilaró, genial pintor de la negritud que él mismo habitó y  disfrutó ejemplarmente sin perder los anillos ni menguar  de sus obras los brillos.

Descansá en paz, negrito bueno, que también pa’ vos hay cielo, te lo aseguro, porque éste es de verdad, no te cobra entrada y está aquí cerquita, no más, en el corazón de tu gente, por siempre agradecida a tu existencia bien empleada.