galiciaunica Un recorrido semanal por Galicia, España.

SE ME CAYÓ EL MITO DE SURESNES

Felipe en el Congreso del PSOE celebrado en Suresnes

Me han dado hoy un buen baño de humildad para ver si mis egos descendían por lo menos a segunda. Fueron mis propios hijos y mi propia mujer. Dicen que los egos los tengo desde siempre, porque me encanta que se reconozca mi trabajo y que si esto no se da… me lo tomo por la tremenda.

Después de la chapa intelectual me miré en el espejo y la verdad que no me reconocí. Estoy mayor y me jode más que lo de los reconocimientos. Pues sí. Pero a todo se llega en esta vida. A ser un sufridor que juega con su intelecto para que no se muera –de momento- y escribe de esas cosas de las que pocos gustan de escribir.

Por ejemplo, de aquel día que fui a La Moncloa especialmente invitado por Felipe González. Aquello sí que despertó mi ego…

—– Y aquí estoy yo, –me dije- un jilipoyas de Cudeiro.

Lo de jilipoyas no me lo creía, pero lo decía entonces mucho para compensar la sobredosis de Leo que me notaba encima. Tanto era así que pesaba algo más de lo normal.

En esto apareció él, Felipe, mi admirado Isidoro; y todos mis egos se desparramaron por aquel suelo que pisaban los poderosos del país. Era la primera vez que lo tenía delante; me apabulló con su personalidad y con un apretón de manos de esos que se dan sinceramente, no por compromiso.

Estarás diciendo…

—– ¿Pero por qué me cuentas esta tontería?

Te la cuento porque, con Felipe al frente del Gobierno, empezó todo este lío de la corrupción en el que se han metido algunos destacados políticos.  

Hasta entonces, un centrado Adolfo Suárez y un apocado Leopoldo Calvo Sotelo no detectaran ningún asalto a las arcas públicas. Puede que lo hubiera habido, pero no se supo. Tal vez porque los chorizos aún no habían terminado la carrera o quizá porque estábamos en Transición y había muchos mas miedos que en este presente, cuando la extrema derecha está manchando poco a poco, pero de forma alarmante el mapamundi.

A Felipe también le crecieron los enanos de su circo y durante su mandato, unos cuantos amigos suyos se lo llevaron crudo, comenzando por el famoso Luís Roldán, comisionista de las casas-cuartel de la Guardia Civil; siguiendo por el hermanísimo de su vicepresidente, el “influencer” Juan Guerra; y terminando por los eres de Chaves, Griñán y demás familia en la Junta de Andalucía.

En los ilusionantes ochenta no entendía como aquellos cuantos socialistas se habían vuelto tan avaros, tan ambiciosos, hasta el punto de robar dinero público a espuertas y tirar por la borda los cien años de honradez que se decían del PSOE.

Por eso me resulta irritante ahora la actitud de Felipe González para con su compañero Pedro Sánchez, al que ataca políticamente como si se hubiera afiliado al PP, que es el partido con mayor número de corruptos en sus filas, durante el tiempo que estuvieron Aznar y Rajoy en la Moncloa. Para última muestra de bandidos, Montoro y su cuadrilla de los aún presuntos ladrones del Ministerio de Hacienda.

Que te quede claro que en la política hay gente muy honrada, muy preparada, buenas personas, vocacionales del servicio público… aunque, por desgracia, los que destacan son los malos, protagonistas principales de esa peste que está contagiando nuestra sociedad dividida y que difunden con profusión y grandes caracteres medios de comunicación reconvertidos en negocios, que también en el periodismo hay gran pasión por el dinero.

En fin. Se me ha derrumbado aquel mito de Suresnes. No solo él, sino muchos otros. Pero es que a Felipe le debemos también aquella chapuza del Gal, lo de las puertas giratorias, las cartas de recomendación a dictadores y su defensa de algunos de los personajes que mejor consintieron la más asquerosa corrupción política, que es la que restó dinero público a los más humildes, para que se enriqueciera un grupo de ladrones.

A este Felipe lo cambió tanto el poder como el dinero. Sus sentencias suenan tan prepotentes que me lo he puesto como ejemplo de egocéntrico para mirarme ya en otro espejo, que este es un juguete roto por las ambiciones.

Xerardo Rodríguez