galiciaunica Un recorrido semanal por la comunidad autónoma de Galicia, España.

TODOS LOS PERSONAJES DESMEMORIADOS DEL 23 F

Aclaraciones pertinentes para quienes aún se creen que Juan Carlos de Borbón le hizo muchos favores a España y que está recibiendo un trato inmerecido.

PILAR URBANO DESCUBRE AL “ELEFANTE BLANCO”

Hoy viajaremos en el tiempo, en honor de mi colega Pilar Urbano. Es que tuvo la valentía -hace casi siete años, cuando aún Juan Carlos de Borbón era rey de España por la gracia de Franco-, de escribir un libro titulado “La gran desmemoria. Lo que Suárez olvidó y el Rey prefiere no recordar”. Va de una verdad que la mayoría se calló porque la Corona era intocable. Comenzaremos por la presentación de aquel libro…

Todos los medios cubrieron aquella presentación y hasta los focos de las televisiones privadas se encendieron con curiosidad cuando Pilar Urbano hizo los honores… pero muy pocos contaron los contenidos del libro.

¡Y Pilar vaya si habló! Como para hacer temblar las columnas maestras del Palacio de la Zarzuela porque allí, en el despacho principal, estaba el famoso “Elefante Blanco”, cuyo secreto se llevaron a la tumba Alfonso Armada y sobre todo el mejor presidente de nuestra democracia, Adolfo Suárez.

Para los más jóvenes de mis lectores que no han vivido aquel golpe de Estado que pasó a la historia como una fecha, el 23-F, les diré que se llamó Elefante Blanco a la misteriosa figura que planeó derrocar a un gobierno elegido en las urnas y sustituirlo por otro designado “en coalición” por militares y representantes de algunos partidos, incluso de izquierdas.

Lo primero, lo consiguió: Adolfo Suárez González dimitió antes de que el ruido de los sables fuese más intenso.

Lo segundo… no: aquel “Tejerazo” ya no interesaba a nadie faltando un año para las elecciones y tenían a mano un presidente como Leopoldo Calvo Sotelo con el que todos parecían estar de acuerdo.

El Elefante Blanco la lió para sus intereses de tal forma que, -tarde, muy tarde, tardísimo, de madrugada-, pronunció un discurso en su tele y quedó como el “salvapatrias”, que por algo era el comandante en jefe de los tres ejércitos.

Hay dos hechos por los que yo estoy convencido de que Juan Carlos de Borbón estuvo al frente del golpe de Estado del 23-F.

Uno porque me lo insinuó Suárez, en una cena, en Santiago de Compostela…

—- Pero… ¿Quién es el “Elefante Blanco”, presidente?

—- Alguien muy poderoso al que no te conviene enfrentarte, porque si se lo propone acabará contigo lo mismo que acabó conmigo.

Y dos, porque estando frente a la tele, pasando el rato con uno de esos programas horteras que parecen ser el nuevo “opio del pueblo”, aparece en escena, espléndida, Bárbara Rey y -quizá porque quería que se supieran sus furtivos amores con el Rey de España- va y dice:

—- El 22 F me llamó Su Majestad y me dijo que al día siguiente mejor que dejara a los niños en casa, porque podía ocurrir algo grave… ¡Fíjate si me quería!

Pilar Urbano es una valenciana octogenaria con el coco muy bien ordenado para estos menesteres. Le avalan sesenta años de periodismo activo en los principales periódicos del país, en los programas de radio más exitosos de cada momento y sus numerosas colaboraciones en televisión. Pero, además, escribió una veintena de libros y algunos de ellos apuntan con valentía al que era Rey de España, hoy primer chorizo de su corte y por supuesto gran demérito.

No os voy a descubrir yo la amistad de Pilar Urbano con la Reina Sofía y los numerosos contactos políticos que durante la Transición tuvo esta mujer y aún tiene entre quienes se sientan en las diferentes poltronas del Estado.

Hace algún tiempo que no sé de ella, pero estoy seguro de que algo está tramando su cerebro, porque es escritora prolífica y excelente observadora de lo que pasa a nuestro alrededor. Espero que la salud le ayude.

Sin embargo, esta vez quiero recordar la entrevista con Pilar que publicó Galicia Única el 4 de abril de 2014. Hoy, cuando Juan Carlos de Borbón sigue en el candelero y alguien tiene la osadía de piropear su labor como jefe del Estado, no puedo menos que reproducir las partes sustanciales de “La gran desmemoria. Lo que Suárez olvidó y el Rey prefiere no recordar”.

—- Un día antes, en vísperas de la Pascua Militar, el Rey recibe a Alfonso Armada en Baqueira Beret, en La Pleta. Como venía haciendo al menos desde julio de 1980, el general calienta la cabeza a don Juan Carlos, le come la oreja, sobre la situación límite que vive España. Ese día, insisto, dos jornadas antes de la Pascua Militar del 5, día del cumpleaños de su Majestad, le da una «solución de Estado». Le plantea que ya tiene a punto, no un golpe de Estado, sino un golpe de timón, un golpe de Gobierno. Armada, en el que el Rey confía plenamente, ha tenido numerosas reuniones con políticos en activo de todos los signos. ¡Cuidado! No son el búnker. Son políticos de partidos con representación parlamentaria, como el PSOE y Alianza Popular, entre otros.

—- El gran obstáculo para el Rey para dar este golpe de timón sigue siendo Adolfo Suárez. «No sé cómo quitármelo de encima», exclama durante meses ante diferentes interlocutores.

Por eso el Rey no espera a volver a Madrid y llama a Suárez, que descansa en Ávila, para que se presente en Baqueira de manera urgente el 4 de enero. A Adolfo le parece rara tanta urgencia y se desplaza a Baqueira en helicóptero. Esa conversación será el primer choque de una serie encadenada en las semanas siguientes. La reunión empieza sin crispación. Poco a poco se va calentando. No hay insultos, pero sí «tuteos». Se hablan claro. El Rey le dice al presidente que, si no hacen algo, los militares se le echarán encima. Don Juan Carlos siempre tuvo miedo a los ejércitos.

—- 10 de enero de 1981. Ese día hay una gran gresca entre los dos. El Rey solía llegar de improviso a Moncloa. Con su desparpajo conocido, pedía: «¿Me dais de comer? ¿Ha sobrado paella?». Esta vez la visita no era tan amigable. Quería hablar de una vez por todas con claridad con Suárez. Salen a dar un paseo por los jardines. «Vengo a hablarte de dos asuntos que alguna vez ya te he esbozado, pero hoy quiero resolverlos. Mi viaje al País Vasco y el traslado de Armada a Madrid». La conversación sube de tono. Un testigo me cuenta que el Rey y el presidente gesticulan cada vez de manera más ostensible. Armada, destinado en Lérida, es un tema tabú para Suárez. El Rey quiere traerlo a Madrid, al Estado Mayor, de segundo JEME. Es la bicha para Suárez; sabe que es el hombre destinado a cortarle la cabeza. Es entonces cuando Suárez vaticina al Rey que Armada no es la solución al golpe militar del que el Rey le habla insistentemente, sino el problema.

—- 22 de enero de 1981. Suárez está en La Zarzuela. Aquello fue muy fuerte. Suárez subió a palacio como solía hacer en vísperas del consejo de ministros. Lo cuento en el capítulo titulado Suárez, el Rey, un perro, una pistola…. Ya no son desencuentros, ya están a mandoblazos, sobre todo por parte del Rey. «El Rey consulta, escucha y hace caso a cualquiera antes que a mí», se queja Suárez. Don Juan Carlos ve al jefe del Gobierno sin rumbo. Utiliza en algún momento la frase de Abril Martorell, íntimo y fiel colaborador de Suárez: «Eres un arroyo seco, sin un norte ilusionante”.

Tras combatir en una esgrima de reproches, Suárez espeta al Rey: «Hablemos claro, señor, yo no estoy en el cargo de presidente porque me haya puesto ahí su Majestad». «Lo que no es normal, por muy legítimo que sea, es que yo diga blanco y tú negro. Las cosas han llegado a un punto en que cada vez coincidimos en menos temas», expresa don Juan Carlos. El cruce de reproches crece en grados. «Me temo que empezamos a dar la impresión de dos jefaturas que en lo importante discrepan», dice Suárez. Y recuerda al Rey que es presidente por las urnas, en las que obtuvo 6.280.000 votos (en 1979). «Tú estás aquí porque te ha puesto el pueblo con no sé cuántos millones de votos… Yo estoy aquí porque me ha puesto la Historia, con setecientos y pico años. Soy sucesor de Franco, sí, pero soy el heredero de 17 reyes de mi propia familia. Discutimos si OTAN sí u OTAN no, si Israel o si Arafat, si Armada es bueno o peligroso. Y como no veo que tú vayas a dar tu brazo a torcer, la cosa está bastante clara: uno de los dos sobra en este país. Uno de los dos está de más. Y, como comprenderás, yo no pienso abdicar».

(Pilar Urbano relata en su libro que cuando Suárez oye la palabra abdicar, él mismo dice que sería el mayor fracaso de todos sus empeños y que, llegados a este punto, lo mejor es disolver las Cortes para que el pueblo hable, ya que no cuenta con el apoyo del Rey ni con parte de su partido, y sí con la animadversión de la oposición. El Rey le responde que eso sería una locura y que se niega a disolver las Cortes).

El 23 de Enero 1981. Cuatro generales se presentan en Zarzuela.

Cuatro y un almirante. Los tenientes generales Elícegui, Merry Gordon, Milans del Bosch y Campano López, de las regiones de Zaragoza, Sevilla, Valencia y Valladolid. Desde Zarzuela avisan al Rey, que tiene que suspender la cacería. Por cierto, los compañeros de montería se indignan con el Rey porque el helicóptero ahuyenta las piezas. Estos generales están pensando un golpe a la turca. Ya habían enviado una carta a La Zarzuela, por el conducto reglamentario, como me dijo el general González del Yerro. Al no obtener respuesta, se presentan allí. Entra el Rey, jefe y compañero de armas, y cuando comienzan con la retahíla de quejas, les dice: «Un momento, yo soy el Rey. El Rey reina, pero no gobierna. Decídselo al jefe de Gobierno». Llama a Suárez. En un rato está en Zarzuela. «Realmente estos que hay dentro quieren verte a ti». Y don Juan Carlos se ausenta. Nadie se sienta y Suárez advierte a los entorchados que La Zarzuela no es el sitio para hablar; que si quieren, él los recibe en Moncloa, que es la sede del presidente de Gobierno.

Milans dice a Suárez que por el bien de España debe dimitir ya, cuanto antes. Y es cuando Suárez pide al luego golpista que le dé una razón para ello. En ese momento, Pedro Merry Gordon saca del bolsillo de su guerrera una pistola Star 9mm, se la pone en la palma de la mano izquierda y mostrándola dice al presidente: «¿Le parece bien a usted esta razón?». El Rey, en la escalera, le advierte: «¿Te das cuenta de hasta dónde me estás haciendo llegar?». Y le reitera que la solución para evitar el golpe militar pasa por un cambio de Gobierno.

27 de Enero 1981: el golpe está en puertas.

Suárez acude a La Zarzuela para comunicar al Rey que tira la toalla, que se va. Antes almuerza con los Reyes. Al acabar, suben los dos al despacho. “¿Qué es eso tan importante que tienes que decirme?», inquiere el Rey. «Que me voy, señor. Sí, he pensado muy seriamente que debo irme. Irme y, como decía Maura, que gobiernen los que no me dejan gobernar». El Rey escucha en silencio, sin mover un músculo. Con pose de rey, no de amigo. Asiste, impávido, a la explicación de Suárez, que se queja de tener el enemigo dentro. Él ya sabe, como me dijo años después Sabino, que estaba en marcha una moción de censura movida y encabezada por Armada. Gente de su partido, como Herrero de Miñón, participa activamente. Piensa que con su dimisión podrá desactivarla. Pero Armada se veía ya como presidente de un gobierno de concentración, una operación que comenzó a trazarse en Zarzuela en julio de 1980.

Última fecha. 24 de febrero de 1981. Horas después de acabar el secuestro de Tejero, Suárez se presenta en La Zarzuela.

Es el enfrentamiento más duro, durísimo, que Suárez tiene con el Rey. Se lo contó a muy pocas personas recién ocurrido, y 12 años después lo revivía con las mismas palabras. Leo a partir de la página 701 de mi libro: «Arriba, en la puerta, me espera Sabino. Me da un abrazo. Yo se lo tomo. Al que no se lo puedo tomar es al “Otro”. Entro en el despacho del Rey. Está vestido de uniforme. Es mediodía. Tiene allí a su perro Larky, el que me atacó la otra vez. Estamos solos, le tuteo.

—- Nos la has metido doblada.

—- ¿De qué me hablas?

—- Hablo de que, alentando a Armada y a tantos otros, jaleándolos, dándoles la razón en sus críticas, diciéndoles lo que querían oír de boca del Rey, tú mismo alimentaste el dichoso malestar militar (…) Sabes cómo entre el Guti (el general Gutiérrez Mellado), Agustín (Rodríguez Sahagún) y yo hicimos trigonometría para desplazar al quinto moño a los generales golpistas, a los que tú a la semana siguiente recibías; y cómo me opuse al traslado de Armada.

—- Pero ¿tú te das cuenta de lo que dices… y a quién se lo dices?

—- Sé demasiado bien a quién se lo digo. Esta situación la has provocado tú.

—- Noooo. Al revés, la has provocado tú y la he evitado yo».

O sea, que Suárez acusa al Rey de promover el golpe de Armada. Para Suárez está clarísimo ya en ese momento que la Operación Armada nace en Zarzuela y que el alma es el Rey: que don Juan Carlos es el muñidor para que Armada sea el presidente de un gobierno de concentración. Incluso que el mismo Rey conocía el Gobierno que el golpista tenía preparado. Un Gobierno en el que, entre otros, Felipe González iba de vicepresidente. En el transcurso de esa conversación con tono elevadísimo, Suárez alaba el comportamiento digno del «pobre Guti, un anciano, cuatro huesos», y critica, en cambio, al «otro», «a gatas debajo del escaño», refiriéndose al presidente a punto de ser investido, Calvo-Sotelo. Pero el clímax de la pelea verbal se alcanza cuando Adolfo advierte al Rey lo siguiente: «Quiero revocar mi dimisión. Traigo un estudio jurídico constitucional del proceso…». Y saca el folio del bolsillo y lo despliega ante el Rey. Le anuncia que piensa hacer depuraciones en el Ejército, llegando hasta donde haya que llegar.

—- ¿Me estás amenazando, so cabrón? ¿Te atreves a hablarme de responsabilidades a mí? ¿Tú… a mí?

Mira -le dice el jefe del Estado-, ni tú puedes retirar ya la dimisión ni yo voy a echarme atrás en la propuesta de Leopoldo. ¿Todavía no te has enterado de que ha sido a ti a quien le han dado el golpe? A ti, a tu política, a tu falta de política, a tu pésima gestión. ¿Responsabilidades? ¡Tú eres el auténtico responsable de que hayamos llegado a esto!».

El rifirrafe entre los dos continúa y se despeña hasta el punto de que don Juan Carlos le dice: «O te vas tú o me voy yo», no sin recordarle que no podrá formar ningún gobierno de unidad «porque nadie va a querer ir contigo… Políticamente estás muerto. No revoques tu dimisión. No intentes volver. Tienes que saber poner punto y final a tu propia historia».

Viéndolo así, en pie, con el uniforme de capitán general y al otro lado de la mesa, Suárez se da cuenta, según él mismo contaba después, de que ese señor imponente que tiene delante es el Rey. «Junto los talones, doy un cabezazo, paso al usted y le presento mis excusas: “Disculpe, Señor, me he excedido”». Larky, el perro, esta vez no atacó al indignado visitante.

El gobierno “de concentración” que se tenía pensado.

Los medios de comunicación, prácticamente, silenciaron el libro de Pilar Urbano, pero la mayoría de los periodistas españoles de la época no solo admiramos su profesionalidad, también su valentía. Tengo en mi archivo la opinión que más te va a sorprender, la de Federico Jiménez Losantos, uno de los pocos que trató el tema:

  “Los grandes telediarios como las radios y diarios de la mañana se quedaron en blanco como el elefante aquel. Ni el aleteo de una mosca se vio o se escuchó. Y hasta el mismísimo Wyoming de El Intermedio enmudeció de rodillas ante su audiencia, una vez que su lengua larga y graciosa esta vez se la comió un ratón. Es la ley del silencio, de los estibadores de la información.”

Por mi parte, con respecto al silencio por decreto, escribí entonces:

“Creo que esta gente valora poco a los españolistos… porque el libro de Pilar Urbano será un bet-seller, el Rey bajará su ya depauperada popularidad y la monarquía en España comenzará a ser evaluada con la nota más baja…”

No me negaréis que todos los personajes que protagonizan la obra de Pilar Urbano son únicos. Creo que esta vez, todos juntos, quedan bien retratados gracias a esa gran foto periodística que es el libro “La gran desmemoria. Lo que Suárez olvidó y el Rey prefiere no recordar”. Sigue estando de actualidad.