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TRANSITAR A BORGES

Por Alberto Barciela

Los seres humanos se convierten en lo que se cuenta de ellos. Les sucede incluso a aquellos que se escribieron a sí mismos o crearon mundos inimaginados. Jorge Luis Borges decía que las cosas que le ocurren a un hombre le ocurren a todos. El autor argentino sospechaba que cualquier vida humana, por intrincada y populosa que sea, “consta en la realidad de un momento: el momento en el que el hombre sabe para siempre quién es”.

A Borges hay que transitarlo con humildad entre sus laberintos grandilocuentes, reconocer su talento, inspiración y entusiasmo. Hay que pensarlo observando, como un Aleph, tratando de comprender el que sería su universo interior, su “alusión íntima”. Hay que analizarlo en sus ricas dicotomías transitorias para, así, imitar la retentiva de alguno de sus personajes de cuento, similar a la que a él le permitía dictar o reproducir en cualquier instante y circunstancia su imaginario y sus notas mentales, su mundo de sabelotodo travieso. 

“El menor de los hechos presupone el inconcebible universo e, inversamente, el universo necesita del menor de los hechos”.

Su obra, plena de irrecusables eficacias verbales, de hallazgos de plenitud expresiva, representa el elemental goce de las palabras, tanto al describir lo sencillo como al abordar lo elevado, al imbricarse en lo vulgar cotidiano o al asumir sin complejos lo majestuoso.

Nada impedía a su memoria discurrir por los literatos en distintos idiomas, era un polímata políglota, aunque, con sorpresa, la timidez y la introversión le condicionaron en su juventud, al punto de que fue incapaz de pronunciar la primera conferencia que escribió y escuchó entre el público, un amigo hubo de sustituirle en el atril.

La evocación y la imaginación ahuyentan al tiempo, aunque no lo venzan. Casi todas las circunstancias de Borges las inventaba el propio Borges. Él mismo es su mayor creación, su mejor personaje, su yo y su otro, es un requiebro incesante a su contrapuesta biografía, no exenta de polémica, mas siempre extraordinaria, esencialmente cuando surgen retazos de su humor inteligente.

Ya como figura de las letras apoyó un manifiesto contra la dictadura militar y en represalia hubo de renunciar a su puesto de bibliotecario -al que había accedido con el apoyo de su amigo de origen gallego Francisco Luis Bernárdez, poeta-. Como castigo le impusieron ejercer de inspector de gallinas, conejos y huevos en ferias y mercados. Dimitió como funcionario antes de pensar siquiera en mancharse de barro sus delicados zapatos de piel.

En su mundo, como si se tratase de un Buenos Aires o una Ginebra, las comas son las esquinas de las manzanas por las que discurre la literatura, los puntos son desvíos, normalmente dentro de la misma ruta, y en esos espacios de privilegio crecen las etimologías como jardines esplendorosos en los que nacen árboles fractales, los que determinan las sendas que retornan al gorgoteo inicial, al primer sonido.

Borges transita de uno a otro tema con la velocidad de la luz preclara, con la iluminación de una mente cultivada, intuitiva, prodigiosa, hilvanado estruendosos hallazgos con discutibles posiciones clasistas. Aun privado de la vista, sabía transitar con destreza por los lugares, los aromas, los ruidos, la memoria de todas sus lecturas y de todas las palabras, que luego hacía trasladar sobre papel como reflexiones.

Gustaba de las historias cazadas al azar en sus paseos. Un arrabalero le dijo un día con gravedad:

—- Señor Borges, yo habré estado en la cárcel muchas veces, pero siempre por homicidio.

Y él popularizó la cita. Según cuenta Adolfo Bioy Casares, a la muerte de Borges asistió su traductor al francés, Jean-Pierre Bernès, quien refiere que “murió diciendo el Padrenuestro. Lo pronunció en anglosajón, inglés antiguo, inglés, francés y español”. Como diría el guatemalteco Augusto Monterroro, autor del cuento más breve del mundo, a Borges lo encontraremos siempre oteando entre el infinito y la eternidad para distraer al Supremo con Alephs imprevistos en la creación.

Quizás algún día, la Academia Sueca entregue su galardón a quienes dejó en el camino. El primero, sin duda, será para Jorge Luis Borges. “Yo siempre seré el futuro Nobel. Debe ser una tradición escandinava”, dejó dicho quien sabía expresar con claridad los infinitos.

Un 14 de junio de 1986 en Ginebra falleció Jorge Francisco Isidoro Luis Borges Acevedo. Ahora es suficiente con abrir un libro de relatos breves, cuentos o poemas para encontrar al mismo Borges resucitado en plenitud, allanando sus bosques de ontologías fantásticas, genealogías sincrónicas, gramáticas utópicas, geografías novelescas, múltiples historias universales, bestiarios lógicos, éticas narrativas, matemáticas imaginarias, dramas teológicos, invenciones geométricas y recuerdos.

En las que bien podrían calificarse como sus boutades casi ciertas, y según rescató Quique Alvarellos de labios de otra argentina de origen gallego, María Esther Vázquez, Borges llegó a afirmar que “si la literatura española del siglo XIX se salva es por Rosalía de Castro. El genial argentino -el nunca premio Nobel-, quien sabe si impulsado por Bernárdez, estuvo en la capital de Galicia en 1964. Edimburgo, o York, o Santiago de Compostela pueden mentir eternidad, expresó entonces.

Como las del Maestro Mateo, las manos de Borges acariciaron con tiento, “atintiñaron”, vislumbraron el Pórtico, bajo la sonrisa acentuada de Daniel. Con su gesto humilde, sencillo, de peregrino casi ciego, el literato universal denotó el respeto por una tradición milenaria representada por el Apóstol. Al tantear la piedra milenaria su proverbial inspiración le permitió sentir el labrar de los cinceles que mil años antes habían tallado la obra cumbre del Románico, también escuchar la jerga de sus artífices el latín de los canteros o “verbo das arginas”. El arte, sobre piedra o en palabras es mística revelación.

Borges “nunca se pareció del todo a su leyenda, pero se fue acercando.” Así lo dejó escrito. Su obra es un punto en el espacio desde el cual el narrador puede observar toda la realidad. El escritor no es “el olvido que seremos”, como nos auguró en un verso, bien al contrario, ha sido condenado eternamente, sí, “a ser en la vana noche/ el que cuenta las sílabas”. Se ocupó de su destino: ser un mito por su obra. Quizás fue el mejor No Nobel de la Historia, su labor consistió en labrar un pórtico de palabras y ofrecernos con ello un paraíso literario.