galiciaunica Un recorrido semanal por la comunidad autónoma de Galicia, España.

TRAS EL 4-M y EL 9-M

LOS MIEDOS DEL KILÓMETRO 0 MUESTRAN LATENCIAS PEREGRINAS

Por Manuel Menor

Lo acontecido desde unos días antes del 4 de mayo (4-M) –con su disyuntiva entre “libertad o comunismo”– y el día nueve (9-M), con la no menos espectacular desescalada caótica del “estado de alarma” e indiscriminadas celebraciones a todo trapo, está haciendo que ciudadanos de a pie y sin pretensiones mayores que las de sobrevivir aunque solo sea unos días, se sientan perdidos, como si hubieran malgastado sus vidas.

Igual que en Alicia en el país de las maravillas, todo pasa como de costumbre, pero se sienten distintos y la “siguiente pregunta es: ¿quién diablos soy? ¡Ah!, ese es el gran enigma”.

BUENOS Y MALOS

Tardarán un tiempo en resolverlo y, para algunos, es probable que no le encuentren nunca, en lo que les reste de vida, una solución coherente. Nacidos en tiempos de otra pandemia autoritaria, muchos arriesgaron sus vidas entre por una sociedad más justa o, como se decía en muchos círculos de utopía social, hacia un “mundo mejor” inconcreto; después de tanto esfuerzo por redimir un pasado ominoso con planteamientos correctores, lo acontecido estos días les deja la amarga sensación de camino a ninguna parte y que la educación que debieron transmitir a las generaciones jóvenes debía haber sido otra. Será duro aceptar que cada palo haya de aguantar su vela y que, definitivamente, deban acostumbrarse a un escepticismo de haber sido “incomprensiblemente desnacidos” y no volver a empezar, como había propuesto, por ejemplo, el poeta Celso Emilio Ferreiro.

Es incierto que lo acontecido en el epicentro de muchos de sus caminos, simbolice para toda España cambios poderosos de mejor futuro.

Hay coyunturas en la historia de las generaciones en que las vidas individuales, sus afanes y ensueños, pueden resultar sin sentido y dar la razón al Segismundo de Calderón recitando que “los sueños sueños son”. Las hay –y nada subjetivas-, con síntomas observables en muchos individuos al mismo tiempo, en que, como si de una película del Oeste se tratara, fallan los afiebrados guiones clásicos, dualizadores de un mundo de buenos y otro de malos. En el paisaje posterior a este nueve de mayo de 2021, es muy difícil distinguir -como contaba Kevin Costner en Bailando con lobos (1990)- los buenos de los malos de las clásicas películas del Oeste, y resulta insoportable pasar la cortedad de la vida discutiéndolo en un coro de voces destempladas. Al menos en los dos años que sigan, no habrá la distancia suficiente respecto a lo acontecido para señalar con claridad qué haya pasado, a qué se haya debido y qué quepa esperar del seísmo acontecido en el Kilómetro 0 de este país: habrá palabras y voces de todo tipo.

LA MÚSICA Y LA LETRA

Es probable que quienes parecían tener bula de adivinos políticos, aunque se les haya pasado el tiempo de prédica, encuentren algún burladero propicio para seguir predicando, aunque sea en vano su crédito. Quienes quieran arreglar algo el panorama, deberán repasar lo acontecido y ver en detalle qué pudo haber causado lo que ha acontecido, repensar las partituras que se tocan a diario y ver qué instrumentos, voces o pasajes han sido determinantes en el concierto resultante: si las elecciones han sido excesivamente buenas para el conservadurismo, el espectáculo callejero –variable según áreas- tampoco es precisamente un paradigma de imitación deseable en unas circunstancias tan poco fiables como las de esta Covid-19. El hartazgo de 14 meses seguidos de limitaciones en las relaciones interpersonales puede acabar mal una vez más, por mucha expectativa turística que pretenda fomentar esta ocurrente libertad de entretenimiento celebratorio.

En situaciones de cambio, es el “paisaje sonoro” el que, como sustrato de fondo, más educa la sensibilidad; está constituido no tanto por la música que llega a través de las ondas, una sinfonía clásica, por ejemplo, sino por las músicas calladas que se filtran en nuestra educación día a día constituyendo un universo que hace más comprensible la burbuja de nuestra existencia. Esas sonoridades inadvertidas, pero presentes en nuestra cotidianidad, mixtifican intereses políticos y económicos, prevalecen sobre nuestra insignificancia y, en este momento tecnológico, tienen latencia sobrada para dominar el panorama a conveniencia.

Los largos años de una educación descuidada y de una endeble gestión sanitaria han sido pautas relevantes de las principales músicas calladas que han condicionado a diario, en un largo aliento, la audición de nuestro subconsciente. Una sociedad crecientemente líquida, agitada convenientemente en un momento de cansancio e inquietud como el presente, estimulada con esencias de acreditado nombre y desconocida autenticidad, ha producido un cocktail de taimada eficiencia noqueadora de otra posición mental. Pronto los decretos que vayan subiendo a las páginas del BOCM (Boletín Oficial de la Comunidad de Madrid) indicarán los campos a seguir regando libremente para que el jolgorio pop no decaiga, mientras los opinadores en nómina cantarán las ventajosas bendiciones de una situación cultivada a conciencia y con facilidad para repetirse. 

En tiempos ya idos –y no superados-, el rígido orden sonoro en que fueron formadas muchas generaciones tardó mucho en abrirse a las sonoridades plurales que poblaban el mundo; en alguna parte tenía que haber otras partituras, pero hasta 1959 Raimon no cantó: 

Al vent,

la cara al vent,

el cor al vent,

les mans al vent,

els uils al vent

al vent del món”.

En 1971, Nino Bravo lo tradujo cantando: “Libre, como el sol cuando amanece, / yo soy libre…”, y de entonces acá, hay más de cincuenta títulos relevantes en la que solemos llamar música popular moderna, alusivas a la libertad, un concepto que ha ido creciendo en ambivalencia tan dúctil para un roto como para un descosido. Los partidarios de una mejor educación, capaz de llevar el preciado término a su mejor expresividad en “libertad e igualdad”, harían bien en leer un libro reciente de Rafael Feito, quien, a imitación de una canción del grupo Burning en 1978 lo tituló: ¿Qué hace una escuela como tú en un siglo como este?