galiciaunica Un recorrido semanal por Galicia, España.

TRUHANES, SEÑORES, CLÉRIGOS, MENDIGOS…

Por Xosé A. Perozo

Hoy he visto a una señora mayor arrojar a la basura, con lágrimas en los ojos, un puñado de vinilos de Julio Iglesias. La primera intención por curiosidad o por deformación profesional fue acercarme para preguntar por la evidente razón de tal acto. Ella me miró y antes de la primera palabra detuvo mi impulso negando con las manos abiertas. El personaje, pensé, ha matado al mito. He aquí el último capítulo de una tragedia de la que acaba de iluminarse una dimensión oculta apenas recogida en confidencias y algunos libros en los cuales con pies de plomo se narra su biografía. Iglesias es hoy un presunto maltratador y abusador de mujeres indefensas. El mítico machista latin lover vive un oscuro mundo, denunciado por algunas víctimas, por fin en manos de la Justicia.

Como gran parte del cosmos hispano, sin ser seguidor de Iglesias ni negarle la presunción de inocencia, estoy consternado por cuanto se está publicando de su inmoralidad, abusos de poder, trata y perversiones sexuales contra chicas subyugadas. También por el lujoso y pérfido universo que se dibuja en su entorno y las complicidades de otras mujeres y peones subordinados. Terrible, pero nada fuera de lo habitual en personajes triunfadores en lo público y fracasados en lo íntimo. ¿Cuántos semejantes figuran en la antología de la farsa? Miles. La pregunta incontestable es elemental: ¿Por qué? Un individuo, quien en apariencia goza del favor de admiradoras dispuestas a complacerle, qué negra perversión le empuja a maltratar sexualmente a mujeres débiles o económicamente necesitadas. ¿Se trata de un problema genético, de una malformación mental? En una educación social y cultural como la del cantante se presume que esta conducta no debiera de producirse, pues por lo general se considera propia de estratos educativos medios o bajos. Mentira.

Por fortuna ese machismo perverso ha dejado de ser orillado, aunque por desgracia no anulado. Un conformismo escéptico sigue aceptando las violaciones de mujeres en las guerras modernas como forma de castigo y triunfo sobre el enemigo. La ancestral tradición pervive. Ese mismo modal acepta que un personaje tan putero como Donald Trump sea votado por casi ochenta millones de ciudadanos y que presida EE.UU. El esquema es el mismo de Iglesias: un macho alfa triunfador, rico, rodeado de mujeres bellas inclinado al erotismo vil, aplaudido por los suyos, mientras las perversiones son silenciadas con dinero. El bosquejo se repite en todos los niveles políticos y sociales. ¿Se atrevería usted a realizar un memorando de los presuntamente descubiertos en este siglo desde los príncipes Andrés o Enrique de Inglaterra, pasando por Adolfo Suárez o Plácido Domingo hasta desembocar en Ábalos y cuantos clérigos pedófilos pululan por los templos? No le llegará la tinta para completar la lista.

Además, no hemos tardado en escuchar el tópico diferenciador entre el artista y su obra. La señora del contenedor de basura no ha dudado en considerarlos un mismo ente indivisible. Aplauso. Sin embargo, la enseñanza de la historia es testaruda. Tomemos solo dos ejemplos cercanos, Picasso y Auguste Rodin, dos artistas geniales de la pintura y escultura modernas, ¿Habremos de destruir las obras como castigos a sus perversas actuaciones contra las mujeres que los amaron? Le dejo la pregunta para reflexionar sin que ello pretenda exonerar a Julio Iglesias de los posibles delitos que estamos conociendo. Conductas que nos invitan a arrojar su vida y obra al olvido. La verdad es que la cultura musical no perdería mucho. El marketing sí.

JOSÉ A. PEROZO