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¿Y SI EL APAGÓN Y EL ROBO DE CABLE FUERA UNA CONSPIRACIÓN?

Por Xosé A. Perozo

La lapidaria frase de José María Aznar “el que pueda hacer, que haga, el que pueda aportar, que aporte” para echar a Sánchez del poder, en un amplio espectro de la ciudadanía ha inoculado la idea de que los múltiples casos judiciales bajo sospecha de parcialidad, acontecimientos como el lunes apagado del 28 abril o el robo de cables en las vías de Adif el 5 de mayo, además de un largo etcétera de bulos lanzados contra el Gobierno y su entorno, forman parte de una conspiración perfectamente planificada por fuerzas políticas del mal.

Cuando se siembra semejante viento, la tempestad acaba siendo el resultado más palpable. De nada valdrá la prudencia de los afectados y poco a poco acabará calando la percepción del miedo y de la confusión ante la hipotética existencia de la eterna mano negra con la que nos asustaban en la infancia.

En este país somos muy amigos de propiciar un motín de Esquilache cada vez que a algún gobernante se le ocurre legislar a favor del progreso para cambiar la rancia identidad tradicional de las dos Españas, siempre dispuestas a matarse a garrotazos hasta el fin de los tiempos como en el famoso cuadro de Goya.

Si a la proclama de Aznar se suma la ocurrencia del ministro Jorge Fernández Díaz de organizar una aireada “policía patriótica” para investigar a 69 oponentes de izquierdas y espiar a un sin número de personalidades molestas para sus intereses, imaginar una conspiración contra Sánchez no necesita de ningún visionario ni de una serie que la cuente por entregas.

Es más, si escuchamos los audios de Villarejo en connivencia con María Dolores de Cospedal y otros poderosos, pues miel sobre hojuelas para seguir sospechando de la existencia del levantamiento de los castizos sin salir de las cloacas del costumbrismo.

Nada nuevo. Se nos ha dicho que el poder corrompe, pero pocas veces se enseña en las aulas que el poder y las conspiraciones van de la mano. Por fortuna ya han quedado atrás aquellos tiempos medievales y de los Reyes Católicos de envenenar a familiares para hacerse con el trono, o los controvertidos enfrentamientos subterráneos de ebolistas contra alvistas alrededor de Felipe II, o las intrigas traidoras de Godoy a favor de los franceses, o las disputas por ocupar la influyente cama de Isabel II… Está claro que la tradición conspiranoica pesa en el ánimo tradicionalista y si ahora somos víctimas de una refinada conjura, sin ejércitos levantiscos ni golpes de Estado, es porque siguen la pura costumbre, mal que nos pese.

Llegados aquí, ¿cómo se puede responder a la pregunta del título de este artículo? El miércoles día siete me tragué de la A a la Z la Sesión de Control al Gobierno. Tenía la certeza de que Sánchez no entraría al trapo de la confabulación. Tampoco sus socios de investidura. El enigma lo lucían en las solapas Feijóo y Abascal. Ninguno de los dos se salió del guion: para ellos “el país vive en el caos e inmerso en la corrupción, por tanto, un Sánchez acabado debe convocar elecciones”. Esto es, el objetivo final decretado por Aznar y propiciado por la retahíla de sucesos extraordinarios, en los juzgados y en la calle tras un largo recorrido de manifestaciones contra la amnistía, con el uso del No como bandera, la utilización del Senado como cámara de oposición, la instrumentalización de las Autonomías con sentido partidario, el refinamiento de la posverdad…, en suma: la negación del juego democrático fijado en la Constitución.

Lo cierto es que todos esos juegos parecen artículos de merchandising para el mercadillo de una conspiración.

Sin embargo. escuchando a la gente de la calle intuyo que semejante mercadeo en 2027 acabará dando la mayoría absoluta al no derogado Sánchez. He ahí la respuesta.

Xosé A. Perozo