galiciaunica Un recorrido semanal por Galicia, España.

YO, PLATERO Y TRUMP

“Me han pincháo por todas partes; y por todas partes me han criticáo el grito…” (Patxi Andión)

Por J.J. García Pena

Un día se me ocurrió decir -y dije – que: “El autor del libro más tristemente bello que he leído, fue un genial depresivo crónico. No obstante, su obra cumbre (y Premio Nobel) fue catalogada e instituida como Libro para niños. Lo leí, por primera vez completo, a mis 13 años. Luego a los 26. Lo repasé a mis 52. De viejo, no me atrevo ni siquiera a abrirlo.

Aquella mañana de 1961, mi maestra uruguaya, buena y sabia como un hada, nos pidió que leyésemos, de pie y por turnos, únicamente aquello de…

—- Platero es un burro pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Come de todo y los del pueblo dicen que tiene acero…
Y no nos volvió a mencionar el libro de Juan Ramón Jiménez.

—- ¡Gracias, señorita Libertad!”

Casi de inmediato se descargó sobre lo aseverado y el atrevido aseverador, una andanada de críticas constructivas y de maldiciones. No me sorprendió en absoluto. Era lo esperable, por tanto, asumible, aunque nada convincente para mí, al contrario. Me reafirmo en lo dicho: tristísimamente bello o, si lo preferís, bellísimamente triste, Platero.

Los comentarios más benévolos hacían referencia a “no has entendido”, “no debieras ser tan duro”, “¿cómo te atreves a juzgar a un Premio Nobel?”, “Platero es todo dulzura?”, “¿en dónde le encontraste tristeza?”

Los menos agresivos lamentaban no haberse percatado del contenido hasta muy entrada la adultez: “sí, hermoso, pero triste en verdad”, “triste, sí, pero lo amo, me recuerda mi infancia”, “cierto, pero tierno en su tristeza”, etc…    

A los más soeces -que también los hubo- no vale la pena tenerlos en cuenta. Como siempre, nada aportaron.

Supongo que los más sensatos, -o más prudentes- optaron por el silencio. Tan solo un puñado de lectores coincidió con mi análisis.

Comprobé, por sus mismos comentarios, que la mayoría se había salteado gran parte de los 138 capítulos, pero se había quedado con la bellísima imagen del primero.           

Hoy, veintitrés años más viejo que la última vez, junté valor y me atreví a abrir (quizás por última vez) las páginas de Platero y yo.

Allí estaban, esperándome, los 138 testimonios de una España lúdica, cruel y oscura de hollín, tal y como los y la recordaba. La España monárquica de 1914 de Juan Ramón, pero tan gris plomo como lo fue buena parte del siglo XX, en que nos criamos super viviendo la tiranía color NO-DO, que también Jiménez llegó a conocer y sufrir sus efectos, pero desde el exilio.

Allí estaban, sí. Inolvidables en su insuperable “bella tristeza”. ¡No los había soñado, ni imaginado, ni olvidado!

Pero no pude evitar (no supe cómo hacerlo) volver a repetirme lo mismo que me pregunté dos veces en el siglo pasado y dos en el corriente:

— ¿A quién carajo -y por qué- se le ocurrió decir que Platerillo es lectura para niños? 

Juan Ramón, en persona, volvió a contarme sus melancólicas andanzas con Platero.

Y, tal como me lo temía, me entristecí de nuevo con Aguedilla, con el niño tonto, con el llanto inconsolable del desdentado Darbón, con la tísica, con el asesinato del perro sarnoso, con el premeditadamente frustrado amor carnal del pobre Platero, con… ¿Alcanza ya de tristezas o necesitas aún más para comprenderme? La lista luctuosa es bastante larga y te aburriría.

Comparto contigo solamente el breve Capítulo 8, -que pa’ muestra sobra un botón -, decimos por estos pagos de luz esmeraldina.

JUDAS

“¡No te asustes, hombre! ¿Qué te pasa? Vamos, quietecito. Es que están matando a Judas, tonto. Sí. Están matando a Judas. Tenían puesto uno en el Monturrio, otro en la calle de Enmedio; otro ahí, en el Pozo del Concejo. Yo los vi anoche, fijos como por una fuerza sobrenatural en el aire, invisible en la oscuridad la cuerda que, de doblado a balcón, los sostenía. ¡Qué grotescas mezcolanzas de viejos sombreros de copa y mangas de mujer, de caretas de ministros y miriñaques, bajo las estrellas serenas! Los perros les ladraban sin irse del todo, y los caballos, recelosos, no querían pasar bajo ellos…

Ahora las campanas dicen, Platero, que el velo del altar mayor se ha roto. No creo que haya quedado escopeta en el pueblo sin disparar a Judas. Hasta aquí llega el olor de la pólvora. ¡Otro tiro! ¡Otro!

…Sólo que Judas, hoy, Platero, es el diputado, o la maestra, o el forense, o el recaudador, o el alcalde, o la comadrona; y cada hombre descarga su escopeta cobarde, hecho niño esta mañana del Sábado Santo, contra el que tiene su odio, en una superposición de vagos y absurdos simulacros primaverales.”

Quizás ya lo conocías, quizás no. O, simplemente, por entonces no tenías interés ni edad para entenderlo y lo olvidaste. Pero es probable que su relectura desate tu curiosidad de buen lector y ella te lleve a conocer o reconocer los 137 restantes. Advertido quedas.

Pero te pregunto (y reclamo tu respuesta honesta, que luego te daré la mía): ¿Crees que alguien en su sano juicio y sin intereses espurios (ayer u hoy), aconsejaría como lectura para niños en edad escolar este tipo de material “didáctico”?

 Yo te aseguro que sí. Hay gente de verdad honesta que, ante una realidad desagradable, prefiere confiar en las fantasías autocomplacientes. Y no lo hacen porque sean de espíritu retorcido, sino por inmadurez cívica, porque no saben cómo o prefieren no enfrentar una realidad incómoda y urticante. Una inmadurez que los hace presa fácil de líderes inescrupulosos.

Cierto es que – mal que nos pese a los humanos ordinarios – existen quienes prefieren seguir creyendo que la Tierra es plana (y que las escamosas sirenas cantan y peinan sus largas guedejas humanas sentadas en una roca cubierta de percebes, en madres que siguen vírgenes y en ángeles que, además, usan alas que, de existir, les resultarían molestas y anatómicamente inservibles) antes de molestarse en razonar, consultar y contrastar fuentes medianamente confiables. Temen a la verdad. Se refugian en el mito. Tienen derecho a hacerlo.  Pero nos retrasan a todos.

Negadoras contumaces de toda razón y evidencia empírica, las masas acríticas suelen ser los aliados ideales de los oscurantistas de todo signo, de los inmorales “pastores” de “rebaños” humanos de siempre.

Sin su concurso, sería imposible que individuos de la más baja ruindad moral llegaran a encumbrarse en los más altos escaños de la política local y global, riéndose de la buena fe de sus abducidos que creen (una vez y otra más) que el mar se abrirá ante sus ojos y ahogará a sus enemigos.

Con frecuencia son las propias víctimas quienes con mayor ahínco defienden a sus victimarios y explotadores.  El factor sexual siempre está, de una u otra forma, tras los móviles de toda corrupción humana. (Ojalá la IA nunca incorpore “el factor sexual” a su arsenal “personal”).

Ningún caso ilustra mejor esa potencial y aberrante condición mesiánica, que la figura de Jim Jones en el pasado reciente, o la vertiginosa ascensión y entronización de Donald Trump hoy.

Negarse a aceptar esta realidad, para actuar rápidamente en consecuencia, puede convertirse en un acto de evitable suicidio colectivo.  Pocos se acuerdan, ya, de Jonestown.

La Historia suele repetirse porque la memoria del hombre es frágil, selectiva y acomodaticia.