Combarro

30 hórreos frente al mar

Hasta el balcón es de piedra en la vieja casa del abuelo de Rafael, en Combarro.

No es extraño,  Rafael,  que le invada la morriña cada vez que cierra los ojos en la Gran Manzana y abre la imaginada ventana de su casa en Combarro,  para encarar la Ría de Pontevedra, en cuya ribeira se asientan sus orígenes.

Porque su Combarro natal, Rafael, conserva íntegra la magia de los pueblos marineros y mantiene viva su peculiar arquitectura de piedra; la de sus hórreos, cruceiros y casas antiguas; entre las que está la suya, que lo sigue siendo a pesar de la distancia.

El abuelo Andrés ya no pesca pulpos y la abuela Gloria ya no espera en el pequeño puerto el regreso de su gamela. Es más, ni en el mar ni en la tierra queda nadie de esa época suya,  de sus primeros 14 años.

Las calles empedradas de este Combarro, artístico y monumental, se han llenado otro verano de turistas, a los que siguen asombrando los 30 hórreos de cantería que posee, y esa mezcla armónica del paisaje de pueblo y mar.

Combarro sigue oliendo a concha de marisco y las olas aún se suavizan para no despertarnos de este sueño de puerto pequeño, que se mira en el espejo de la Ría.

Me cuenta usted que cuando niño iba hasta la isla en la gamela roja y azul del abuelo inolvidable. Es verdad. Tambo emerge hoy también del agua de plata. Es isla pequeña pero hermosa, en la que destaca la playa de su sueño. Y ahora se escuchan voces que piden forme parte del Gran Parque de las Islas Atlánticas.

De aquí ya se está yendo el verano rumbo a su América, Rafael. Ya sabe que entonces,  es cuando Combarro recupera la calma en su admirado paisaje urbano.

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