CUANDO EL PASADO AGONIZA

Cuentan que, hace tan solo unos días, un oso se plantó en las puertas de A Fonsagrada y fue avistado durante unos minutos, como si de una aparición divina se tratase, junto a una cantera próxima a la villa. Procedía de las asturianas tierras donde crece el bosque de Muniellos, el del lago con rocas blancas que me enseñaron ya cuando era un muchachito adolescente. Allí aún es invierno pero el hermoso animal no va con la meteorología y sí con el calendario, por eso ya despertó de su letargo anual.

Esta tierra aún me sabe a aldea vieja de casas de ladera; siempre tuvo el encanto de los lugares distantes del núcleo parroquial, construidos por gente acostumbrada al sacrificio. Es territorio quebrado y sus pueblos parecen como pintados al pié de las montañas que fueron fracturadas por los cataclismos geológicos.

Porque aún quedan restos de aquellos hogares con techo de pizarra que escalaban pendientes de vértigo, siempre cerca del árbol sagrado nacido en el souto que desafía precipicios; un poco más abajo del lugar donde admiramos las huellas de viejas haciendas que sustituyeron a las pallozas de los campesinos «zoelas» o los ganaderos «albiones», pueblos galaicos de la prerromana época.

Te decía que el oso avanza por estos lugares y es que apenas encuentra en el trayecto presencia humana. Tanto la alta montaña como las pequeñas aldeas están despobladas. Las de las laderas de la sierra e incluso las de los valles creados en los maravillosos entornos naturales que baña el Narcea.

Aquel exilio causado por el hambre dejó estos lugares semivacíos y los pocos que quedaron se fueron marchando años después en busca de otros espacios de vida. Lo hicieron porque era como si no existiesen… nadie les hizo caso… nunca les hicieron caso.  

La carretera aún hoy es para ir de aventura con Calleja… Así que no busques un médico ni pidas cobertura para el móvil; tampoco verás aquí los restos de una escuela unitaria de las de antes; ni siquiera una iglesia rodeada de cementerio, que la más próxima es la de Negueira de Muñiz y ese lugar también está en el culo del mundo.

Podía haber sido la gran comarca ganadera y quizá algunas tierras labranza se distinguieran de las del resto de Galicia. También pudo ser ejemplo de riqueza maderera… pero la dejaron morir.  Ahora es terreno abonado para que los animales del bosque disfruten de ella y de vez en cuando la visitemos los nostálgicos procurando recuerdos y la belleza inesperada, que es la que cambia la perspectiva de un año para otro.

Hubo un tiempo en que los molinos que aún se ven junto al agua del río pequeño, molían por el buen hacer de molinero joven.

También había ferreiría, que este paraíso fue de hierro de minas en medio de los bosques frondosos; y hasta ellos también llegaron los monjes del Císter, los primeros maestros de aquel arte de moldear el hierro. Dicen que a ellos debemos el Mazo, artilugio de ferreiro movido por aguas rebeldes de regato impetuoso. 

Cuentan que en las ferreirías se fundía el hierro en lingotes y en los mazos se trabajaban hasta convertirlos en útiles y herramientas.

Aún quedan algunos molinos en ruinas y un mazo recuperado,  testigos de un tiempo ingenioso, cuyo recuerdo nos llega a través de las muestras etnográficas que ponen en valor el pasado.

Sin embargo, el poeta dice que aquel pasado “esmorece” y ahora es la Unión Europea quien se preocupa de hacer estudios y contarnos lo que ocurre. Por lo visto en Bruselas se han dado cuenta de que en Galicia hay doce municipios con una densidad de población muy baja, es decir, con menos de ocho habitantes por kilómetro cuadrado. Cuatro de ellos se incorporaron al ranking en tan solo los diez últimos años.

La UE nos dice que A Veiga, Chandrexa, Negueira de Muñiz o Vilariño de Conso son los líderes de la despoblación e incluso se atreve a echarle la culpa al frío. Dice que, aunque no son Laponia –el territorio menos habitado del continente- cada día se le parecen más.

Yo no lo creo. Esos municipios no son una excepción. La despoblación es el problema más grave al que nos enfrentamos habida cuenta que la mitad de los ayuntamientos gallegos ya presentan una baja densidad de población, es decir tienen menos de cincuenta habitantes por kilómetro cuadrado. Una gran parte de los municipios ourensanos y lucenses están amenazados por una dinámica de despoblación, de la que tampoco se salvan algunas zonas del interior de Pontevedra y A Coruña.

La UE sin embargo no nos da ni el remedio ni los fondos necesarios para revitalizar las zonas rurales porque –según Bruselas- la Xunta no ha presentado ningún plan contra la despoblación. Aunque el gobierno gallego asegura que entre sus prioridades está la política demográfica.

—- Ya… ¿Pero vamos a dejar que tres cuartas partes de nuestro territorio se conviertan en la selva de Europa?

Porque una cosa es que las parejas jóvenes se pongan a la faena y otra bien distinta es que revaloricemos aquello que siempre ha tenido un valor incalculable… porque nunca intentamos calcularlo.

Quizá, algún día, emprendedores y políticos se den cuenta de que nuestra gran riqueza está en esos pueblos que dejaron morir… y que bien podrían resucitar cualquier año de estos que vienen.

      

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