ELADIO DE SOUTELO

Ana y yo partíamos siempre del prado más alto de Cudeiro, entre cuya hierba nací, para seguir las corredoiras que pasaban por el pazo de Souto de Rei y conducían a nuestro bosque encantado, un viejo souto que trepaba por la ladera hacia Vilar das Tres.

Los dos andábamos en la frontera de los diez años y hacía tiempo ya que el primer beso aquel nos dejara indiferentes. Pero éramos amigos y como tales emprendíamos juntos la aventura de buscar el reino de las hadas y la aldea de los gnomos.

—- Mira, mira… ¡Un señor con una escopeta!

—- Debe ser un cazador furtivo, porque aquí no dejan cazar…

Era alto, fuerte de complexión, pero de cara muy delgada. Sus ropas parecían restos de viejos uniformes militares y aquella boina negra ya casi era blanca. Nos miró con recelo y no dijo nada, pero se sentó a observarnos con desconfianza…

Entonces,  me acordé de que al otro lado del Miño se habían escuchado disparos hacía unas noches  y mi padre le había contado a mí madre, mientras cenábamos:

—- Los maquis andan por aquí. Ayer hubo un enfrentamiento en Velle con la Guardia Civil. Dicen que hubo varios muertos…

Aquel recuerdo despertó aún más mi curiosidad y, apretando la mano de Ana,  me acerqué  a aquel “vagabosque” cuya presencia nos sorprendió entre la niebla de la mañana…

—- ¿Eres un maqui?

—- ¿E tí, mocoso, que sabes dos maquis?

Aunque no me gustó nada que me llamara mocoso delante de Ana, le contesté:

—- Sois militares republicanos que os refugiasteis en la montaña una vez terminada la guerra civil…

—- ¡Carallo pro rapaz! ¿E quen che contóu iso?

—- Meu pai…

Aquel hombre posó la escopeta en el suelo y preguntó:

—- ¿E como se chama teu pai?

—- Luis… ¡E miña nai Raida!

—- Así que eres o fillo da miña maestra…

—- Sí, i esta e miña amiga Ana, do Outeiro. ¿E tí como te chamas?

—- Agora chámannos a todos Foucellas, pero eu son Eladio, de Soutelo. Todos me diron por morto e trato de volver a casa… ainda que soio sexa por uns días.

MAQUIS-DE-LA-EPOCA-DE-ELADIO-GENTE

Pasaron dos o tres años hasta que volví a ver a Eladio, en el Turreiro, frente a la Iglesia de Cudeiro, esposado y escoltado por cuatro guardias civiles. Su sonrisa fue de complicidad y de agradecimiento por el bocadillo que le llevé aquella misma tarde; un queso de tetilla y una bolla de pan fresco que mi abuela no se explicaba quien se había comido.

Subió aquella lúgubre comitiva por el viejo Camino Real y Ana y yo les seguimos hasta Chaín, hasta que el guardia civil aquel, bigotudo y mal encarado, hizo sonar su rifle y nos dijo, amenazante…

—- ¿Es que quereis morir vosotros también? ¡Largo de aquí, coño! ¡Iros para casa!

Y allí, en Chaín, nos quedamos temblando, abrazados el uno al otro, hasta que un disparo a lo lejos nos heló la sangre y el miedo se apoderó de nuestras almas…

Aquella guerra, al parecer, aún no había terminado…

Ana se marchó a Barcelona y jamás supe de ella, desde que cumplió los dieciocho… ¡Siempre echaré de menos a mi amiga de la infancia!

A mí, las vueltas que da la vida, me devolvieron a Ourense para ser una de las voces de su nueva radio, “La Voz del Miño”, junto a Pepe Nuñez, inolvidable compañero y amigo inseparable en aquellos años en los que el concepto amistad era todavía sagrado…

Un día de otoño, allá por los sesenta, íbamos caminando y conversando por la calle del Paseo mi hermana Betty y yo. Y en la esquina a Capitán Eloy, un cieguecito que vendía el cupón me dijo:

—- Geruchiño –como me llamaban en Cudeiro-; tí eres o Geruchiño… ¡O que fala pola radio! ¿Ou non?

—- Sí, sí señor… ¿Pero cómo me chama vostede así?

—- E que así te chamábamos en Cudeiro…

—- E vostede…

—- Eu son Eladio, de Soutelo…

—- Pero…

—- Non, non morrín… ¡Quedei cego! Pero aqueles burros nin se molestaron en ver como quedaba. Recolleronme uns compañeiros perto de Amoeiro e leváronme a Serra da Martiñá. Un parente teu, ¡que xa a e casualidade!,  o Dr. Pepe, o médico de Cea, foi quen me salvou a vida…

Desde aquel día y hasta su muerte,  mi hermana le compró el cupón a Eladio porque decía que era un tipo con suerte…

Yo le veía de vez en cuando, mientras viví en Ourense, que, por desgracia, fue poco tiempo. Tomábamos café en el Miño y él me contaba sus historias de guerra,  que no eran otras que las de las de los cientos de Foucellas que por entonces y aún ahora forman parte de la leyenda no escrita de aquella ilógica guerra entre hermanos…

Eladio debe de andar feliz por el espacio, entre sus viejos camaradas maquis, aquellos idealistas que “jamás consentirían” la dictadura de Franco…

Un Comentario

  1. Un relato admirable. Como Eladio hubo en toda España muchos hombres que se echaron a los montes y sierras para organizarse en guerrillas contra Franco pero no tenían medios y sus posibilidades de acabar con la dictadura era fruto mas de sus sueños que de la realidad.

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