GERARDO FERNÁNDEZ ALBOR, IN MEMORIAM

Un malaleche le llamó un día “Merendiñas” sin saber que aquello, para el resto de los mortales de este país, era un verdadero elogio; porque definía a las mil maravillas el carácter de una persona sencilla, accesible, incluso demasiado amable,  capaz de estar en una fiesta y también de sentir como suya la tragedia ajena. Vamos, lo que se dice un político de cercanía.

Es probable que tú seas tan joven que ni te acuerdes de aquella época en la que Gerardo Fernández Albor era el presidente de Galicia,  al que habíamos votado para encomendarle la responsabilidad de iniciar nuestra autonomía como país… en la que pocos creíamos, porque la democracia, esta que disfrutas, aún era incipiente.

Otro malaleche, que se hace llamar doctor cuando dices su nombre, que ya sabes que hay médicos muy pedantes, me dijo un día de cháchara en la compostelana cafetería del Aragüaney:

—- ¿Gerardo Fernández Albor? Es un buen médico entre los políticos y un buen político entre los médicos…

El “doctor” es un fatuo que no pasó de médico de batalla porque nunca fue capaz de terminar el MIR…

—- Será lo que quieras –le respondí-  pero es una buena persona. Y en este país necesitamos buenas personas para que nos operen y buenas personas para que nos gobiernen…

Le contesté convencido de que aquella frase no era suya, porque él no era tan brillante, sino de cierta “clase médica compostelana”, a la que siempre molestó que le gobernara un colega. Los médicos son así, créeme.

Pero estamos en la modernidad y mira tú por dónde la clase política ya ha bajado de su pedestal y habla con los ciudadanos hasta en las gasolineras. Recuerdo que días antes de las elecciones generales del 20N, las primeras que ganó Rajoy, mi tocayo y ex presidente, dio su mitin en Correo TV con una frase:

—- Si se presenta solo un gallego para presidente de España… ¿A quién vamos a votar los gallegos? ¡Al gallego! ¡Tendremos que votar a Mariano Rajoy!

Lo dijo tan sencillo que mi amigo Matalobos, un socialista que tenía el vaso colmado de cabreo con Zapatero, le contestó a la tele…

—- Pois sí señor, ten toda á razón… ¿A quén carallo imos votar os galegos? ¡Pois a Rajoy, carallo, a Rajoy!

En aquel momento triunfó el marketing basado en la comunicación sencilla, en decir las cosas como se cree que son…

Así era Albor. Llegaba a los que no saben de política, que son la mayoría de los que votamos, aunque no gustaba, me consta, a los politólogos.

Gerardo Fernández Albor era un galleguista convencido que compartió mesa camilla con Ramón Piñeiro y mantuvo amistad con Otero Pedrayo. Yo diría que fue siempre fiel al galleguismo de Alfredo Brañas,  pero su posición política estaba más cerca del liberalismo humanista que de esa derecha comandada por Manuel Fraga, en los primeros años de la transición. Y Fraga siempre lo supo, por eso le menospreció como político.

Un día le escuché decir:

—- Me siento liberal, cristiano y humanista. Lo que me interesa ahora es que se unan las raíces cristianas con el liberalismo. En estos tiempos globalizados, esa mezcla entre Ortega y Herrera Oria tenemos que saber defenderla.

Hubo una tarde noche triste en su vida que tuve el honor de compartir en la soledad de su despacho del Palacio de Raxoi. Fue aquel episodio de nuestra historia, muchas veces contado, que se conoce como “la rebelión de los conselleiros”, comandada por el entonces todopoderoso vicepresidente y hoy profesor universitario Xosé Luis Barreiro.

Aquella vez, el entonces presidente de la Xunta, lejos de poner a parir a sus conselleiros y especialmente a su vicepresidente, como haría cualquier mortal, empezó a repasar conmigo todo cuanto había llevado a cabo aquel gobierno…

Lo hizo de memoria, sin mirar un solo papel, utilizando ese lenguaje de cercanía que a mí, en aquellos momentos, llegó a emocionarme cuando me contó el capítulo de la puesta en marcha de la Televisión de Galicia

Aquel día también utilizó el lenguaje de un político honesto que solo desprende bonhomía cuando lo tienes enfrente.

Es curioso, pero Gerardo Fernández Albor y yo nos reencontramos durante algún tiempo en la sala de espera del Aeropuerto de Madrid Barajas, todos los viernes, en la sobremesa, mientras esperábamos el avión que nos devolviera a Galicia, aunque solo fuera por un fin de semana.

El venía de Bruselas y yo de Prado del Rey. El era eurodiputado y yo director adjunto de RNE.

Mantuvimos muchas y variadas conversaciones que iban desde la eurocámara a la radio, pasando a veces por alguno de los muchos viajes relámpago que, en medio de la semana,  llevaban a Gerardo a países de los que solo se podía contar miserias.

En aquel tiempo descubrí a un político culto, que trataba a todo el mundo con una exquisita educación, que te infundía una gran admiración por su manera de actuar, que jamás pronunciaba una palabra fuera de tono y que nunca criticó a nadie… Eso es lo que yo llamo…  ¡Una gran persona!

Tenía ya entonces algunos tópicos. Uno de ellos era cuando hablaba de las relaciones de las autonomías con el Estado…

—- ¡Hay que españolizar España para que la gente crea en el galleguismo, el catalanismo o en el vasquismo!

Y luego añadía:

—  Hay que saber convivir en familia, en Galicia, en España y en Europa…

Cuando indagabas si se sentía aún galleguista después de tanta putada, te decía…

— Sí porque yo amo a mi tierra y a la gente que la habita… Cuando era presidente me transmitieron mucho cariño. Y eso no lo puedo olvidar.

Hace poco le preguntaron:

—  ¿Pero se entienden los nacionalismos en el tercer milenio?

Y dijo, rotundo:

Si hubo una nación importante en España fue la que se llamó Gallaecia, tal y como la denominaron los romanos.

En la madrugada de este pasado jueves se acabaron sus cien años de dignidad. No hace mucho tiempo aún  que Gerardo Fernández Albor paseaba por la Compostela universal, saludando a todo el mundo. Pero todo se acaba. Hasta la vida de la buena gente.

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