IÑIGO EN LA INTIMIDAD

José María Iñigo era, sin duda, un gran conversador. Frente a una suculenta mariscada, de esas que se extrañan ahora, porque no te dejan comerla por si acaso el colesterol se te dispara, me recordó algunas de las anécdotas más curiosas del franquismo televisivo.

En aquel programa que se llamaba “Directísimo” -que por cierto había inventado Fernando Navarrete, un gallego de origen, puesto que su padre era de A Coruña– , había una sección en la que el público hacía preguntas a los invitados,  precedente de ese otro programa que ahora desempolva de vez en cuando TVE para someter a los políticos a una especie de mini plebiscito, sobre todo en campaña electoral.  

El invitado de Iñigo era esa noche Antonio, el famoso bailarín; y entre tanta pregunta de carácter artístico hizo su aparición estelar una señora con acusado acento andaluz y un gracejo propio de las sevillanas, que le dijo:

—- ¡Ay! Don Antonio… Yo tengo un hijo como usted…

A lo que Antonio respondió:

—- ¡Ah! , ¿Bailarín…?

—- No, no… ¡Maricón!

Y en ese momento  se acabó el programa…

Porque la del franquismo sí era censura y esta cobraba forma humana en un militante de aquel “glorioso” Movimiento Nacional que se sentaba detrás del realizador…

—- Ya ves que cosas pasaban.

Hoy en día la homosexualidad está permanentemente en pantalla y su presencia social se ha normalizado. Lo contrario sería racismo, claro. Aunque a mí no me gusta que algunos renombrados gays se escuden en su homosexualidad para ser maleducados y tremendistas.  Eso es algo que debieran cortar los directivos de las cadenas privadas, esas que explotan el morbo en programas banales… hasta que el morbo les explota en la pantalla.

Como ocurrió hace algún tiempo con un programa del que ya no me acuerdo. La bomba la hicieron estallar millones de internautas en absolutamente todas las redes sociales presionando a las firmas comerciales para que retiraran su publicidad de ese espacio. Como así ocurrió.

Si cuento esto no es para recordarle al presentador del programa en cuestión su gran error, que errores los cometemos todos y todos los días. Es simplemente para destacar la fuerza de Internet a la hora de generar opinión y decirle a quienes tienen la tentación de convertirse en “dioses de la comunicación” que el “big brother” no está en la pequeña pantalla con formato de programa americano, no…

El auténtico “gran hermano”, el que ve todas las cámaras a un mismo tiempo, está en la Red. Y jamás perdonará a quienes abusen de su poder para ganar audiencias,  que es lo mismo que decir dinero.

Hablando de abuso de poder,  Iñigo me contó también aquel día que él sí recibía en su casa la visita del “motorista”, una especie de Madelman humano con Harley Davidson incorporada y portador de un sobre con remitente en El Pardo…

—-  La hermana de Su Excelencia firmaba siempre una nota en la que decía: “A mí hermano y a mí nos gustaría mucho ver en su programa al gran cantante de tangos Carlos Acuña”.

Ni que decir tiene que el gusto de la “hermanísima” o tal vez el del propio  “caudillísimo”,  siempre se reflejaba en pantalla; por lo que, al día siguiente…

 —- Volvía el motorista con un sobre del mismo remitente y una nota que simplemente decía… “Gracias”. Aquel pedazo de hombre me entregaba al mismo tiempo una corbata de “Loewe”.

Yo conocí a Carlos Acuña en Vigo y me contó que era muy amigo de Pilar Franco, la “hermanísima”; y que gracias a su recomendación le contrataban en aquella TVE a la que, es cierto,  pocos artistas tenían acceso.

Este buen cantante de tangos era sin embargo mejor compositor y pocos saben que alguno de los grandes éxitos de Julio Iglesias, eran de su autoría.

Íñigo y yo rivalizamos en la radio de los sesenta en Euskadi y también respondimos a la llamada de la SER para hacer un programa desde Radio Barcelona. Lo hizo él, cosa que le agradecí infinitamente, porque yo recién había llegado a aquella Radio Popular de Vigo en la que hice uso de mis manías libertarias, con el consentimiento explícito de aquel director inolvidable, José Andrés Hernández, que en su gloria esté.

Pocas veces estuve con José María Iñigo pero me acuerdo de todas y sobre todo de su gran anecdotario profesional, algo que debería haber plasmado en un libro. Pero se fue prematuramente al espacio y solo le dio tiempo a escribir aquellas chorradas musicales, para bien de los músicos.

Me hubiera gustado convivir más con el Iñigo íntimo porque el televisivo nos lo sabíamos todos de memoria. Lo conocíamos tanto como su realizador, mi amigo Fernando Navarrete, que es otra de esas personas a las que recordaré en mi vida como gente de bien.

Lo que me pregunto es si…

—- ¡No!

—- Sí hombre, seguro que en su gloria coincidió con Franco, doña Pilar y Carlos Acuña.

—- ¿Tan mal lo querías?

—- No hombre, no. Pero estas tres personas eran capaces de perseguirle incluso después de la muerte.

(2) Comentarios

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *