PÁGINAS QUE TENÍA OLVIDADAS

Cuando los poetas llamaron morriña a la nostalgia, nació el sueño de reencontrarse con la Tierra mas amada, que ahora es un mundo global, en el que cabemos todos.

Han muerto, dicen, los tiempos aquellos de las duras jornadas laboriosas en la América impredecible; y, como los ríos, que libres quieren morir en el mar, vinieron gentes desde la inmensa Galicia exterior, en busca de los eslabones perdidos.

Llegaron desde la Venezuela bolivariana más de veinte mil por año, en los últimos años. Son los mismos protagonistas de la cosmovisión gallega, con más relatos de éxitos que de fracasos,  y con alguna decepción en sus corazones. Ahora vienen más de Venezuela que de Argentina. Y muchos más de Caracas que de Bahía o Montevideo.

Y claro, son bienvenidos a este su hogar recuperado. En su honor bailan las hadas. Las blancas, las negras y también las mulatas. Porque esta Galicia, gracias a ellos, es un universo multirracial.

Te contaré esta vez algunas historias de aquel pasado de esta Tierra Única… que tenía olvidadas.

No todos se fueron. 

Alguna gente imaginativa se quedó aquí para reconvertir aquel trozo silencioso de vida,  aquel campo yermo de margaritas con fondo de cementerio, en un mundo vibrante lleno de ideas nuevas.

Nacieron, gracias a sus ideas, pequeñas industrias, y la negra sombra se fundió bajo el sol que daba vida al paisaje del alma.

Fue cuando aquel gallo cantó una nueva alborada y el camino a la villa se hizo mas breve. Aquellas ideas, en tiempos difíciles, nos devolvieron el orgullo de ser gallegos.

Y ahí siguen, en pié,  las huellas de aquel patrimonio industrial, en forma de ruinas de factoría conservera, de grandes hornos de pan, de viejas minas, de reales fábricas o de pequeños astilleros…

Dicen los expertos en patrimonio que hay más de quinientos edificios industriales con historia, salpicados por nuestra geografía, entre los agros de maíz y el viejo barrio de la ciudad nueva.

Todos esperan renacer algún día para ofrecernos la crónica de aquella vida que quedó pendiente, insertada en la memoria de las ausencias.

Es verdad. Yo también tenía vocación emigrante como todos los niños de Cudeiro, pero ni te puedes imaginar, tras muchos pasos fuera del país, como enraizaron en mí los sentimientos patrios el buen día que hice el camino de vuelta y me senté frente al mar de Vigo, para vivir inolvidables episodios de vino y cultura…

El día que conocí a Lodeiro salía de su taza el sonido del “Miudiño, Miudiño”, acompañado por la flauta de Laxeiro, y la sonrisa en silencio de Corbal. Estábamos en el Bar Roucos, de la viguesa calle Santa Marta, hoy condenado a muerte por la revolución inmobiliaria que invade la metrópoli.

Era Lodeiro un tipo menudo, de pocas palabras, de los que prefieren sentenciar la conversación haciendo gala de artística retranca. En eso imitaba a Laxeiro, solo en eso.

Porque Lodeiro era el pintor de Vigo. Su pintura llegó a ser la estética de la ciudad y un especial espejo del paisaje atlántico, de atardeceres rojos y armoniosos.

A mí, que participé en aquellos días de su gloria en el Vigo ya imposible, me gusta recordarlo como un activista. Como un mitinero del arte, generoso y participativo en cuantas propuestas populares se oponían al poder establecido.

Me acordé de aquella página porque un hermoso cuadro suyo, del mar de invierno, me devolvió algunos personajes inolvidables de aquella época…

Eran los mismos tiempos de As Encrobas con su historia poco contada en esta Galicia de la modernidad. Fue la primera página escrita sobre la lucha popular contra el franquismo establecido y contra sus múltiples abusos de poder.

De allí resultó mi crónica sobre la primera de las grandes batallas que los jóvenes de los años setenta librarían en defensa de la Tierra y de la naturaleza amada,  apoyando la iniciativa vecinal.

As Encrobas, es hoy la memoria estética, fotoperiodística,  de una lucha desigual y de la muerte anunciada de un fértil valle, por mor de la extracción de carbón.

Aquella lucha tuvo su líder al que decían el “ché” gallego; un cura singular, el siempre recordado Moncho Valcarce.  También tuvo su himno, la cantiga popular de Fuxan os Ventos. Y de aquella rebeldía surg asimismo un espíritu de victoria, que dio origen a la primera formación ecologista del país.

Es verdad que, pese a todo, aquella mina dejó al descubierto el negro subsuelo del valle hermoso; pero al menos, aquellos casi mil vecinos cobraron un mejor precio por sus tierras y As Encrobas se convirtió en ejemplo de rebelión y lucha contra la injusticia.

Ahora todo se tapó con el agua de un lago…

porque se apagó para siempre la llama del carbón gallego.

Aún es invierno y en Galicia, hay un mar que esculpe con furia estatuas de piedra y otro que se mece en la calma de la playa serena. Recordé ambas imágenes ayer tarde, cuando la borrasca nos dio una tregua y el sol me permitió contemplar las nubes viajeras desde el mirador de mi edén.

Antes, cuando el cuerpo menos viejo me permitía conducir, era capaz de recorrer en un día toda la costa bonita.

Me quedaba maravillado por ese mar de olas gigantes que emergían del lecho submarino sobrepasando la roca y también por las caricias del océano que recibía la gran playa.

Es que siempre fui un romántico capaz de creer en las leyendas de piratas, los tesoros ocultos y hasta en los ejércitos de la fantasía que acaban con los demonios para que las bellas nereidas hijas de Neptuno conquisten el espacio.

Quiero decirte que mil recuerdos afloraron en esta piel cansada y todos llegaban ayer en la cresta de cada ola.   

Es invierno y en el horizonte inalcanzable aún bailan los barcos su danza de sal navegando hacia el puerto de la vida. Por la arena de la playa un sol tímido persigue la sombra de las nubes mientras las meigas dejan sus huellas mojadas. Bajo el agua también bailan invisibles el pulpo y la nécora, y todos los habitantes del océano corren enloquecidos por el espacio.

Las olas pronuncian su sinfonía final…

Ese es el instante en que la lluvia, otra vez, me obliga a buscar refugio… detrás de la ventana.

También se callan los pájaros cantores.  

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