NO ES COSA DE UN DIA

Por Diego Carcedo

La lucha de las mujeres por la igualdad ha adquirido estos días especial relevancia. El jueves abrió un nuevo capítulo de su larga historia. En España cinco millones y medio se declararon en huelga, más que en actitud de protesta, que razones tampoco les faltaban, de reivindicación. Ha sido una jornada fundamentada en el presente y proyectada al futuro. Y ha sido un paso muy importante porque, aunque la subordinación ancestral de las mujeres en los países desarrollados se viene amortiguando, lo hace con desesperante lentitud, y todavía quedan más que resquicios de la condición de personas de segunda que no hace tanto todavía sufrían.

Y de hecho en algunos países la siguen sufriendo. En Arabia Saudita, por ejemplo, están celebrando ahora poder conducir un coche pero todavía no pueden salir de casa solas ni, por supuesto, tener una cuenta particular en un banco u obtener un pasaporte sin que su marido lo autorice. En Liberia el país africano que este año cumple el 170 aniversario de su independencia — y es sólo un ejemplo –, el nuevo presidente, el famoso ex futbolista George Weah, tiene entre los múltiples problemas que aguardan su mandato, el de frenar la poligamia, que aún afecta a un tercio de las mujeres.

 La jornada de lucha, lucha pacífica si las hay, ha triunfado no sólo por la demostración de fuerza y unidad que tantas mujeres han demostrado sino, y sobre todo, por la visibilidad que su iniciativa ha dado a su reivindicación. El eco publicitario ha sido enorme y no hay duda de que contribuirá a mentalizar a muchos hombres de que tienen que cambiar sus actitudes y a muchas mujeres conformistas de que sus derechos de igualdad no están siendo respetados y que no pueden seguir al margen de esta lucha que, dicho sea de paso, no amenaza a nadie.

No se trata de una lucha agresiva, repito, ni contra nadie en concreto, aunque con carácter general sí alerta a todos los hombres y a la práctica totalidad de las instituciones de que tienen la responsabilidad de gobernar, legislar y administrar justicia a toda la sociedad sin diferencia de géneros.

Pero el éxito logrado no debe caer en el olvido que propicia el paso del tiempo. Es un logro inacabado y de largo recorrido. Estamos ante un problema tradicional y resolverlo no es cosa de un día ni de una Ley ni de una exhibición de tantas buenas voluntades masculinas y políticas como se han escuchado. A ver si hay suerte y por lo menos se convierte en un fuerte acelerón.


 

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