galiciaunica Un recorrido semanal por la comunidad autónoma de Galicia, España.

AQUELLOS JÓVENES GALIGUAYOS

“…Yo soy joven y nada me espanta.”

Jóvenes gallegos embarcando en Vigo en los años cincuenta

Por J.J. García Pena

No fueron pocos los españoles que, llegados adolescentes o incluso en plena niñez al Río de la Plata, se integraron a su nueva tierra de forma tal, que resultó difícil luego -por no decir imposible- diferenciarlos de sus hermanos criollos.

Considero que el caso más asombroso de simbiótica integración cultural al nuevo medio es el del gallego José María Alonso y Trélles, más conocido literariamente como “El Viejo Pancho” a quien, en su día y homenaje, dediqué un artículo nacido de mi admiración por su sólida obra literaria profundamente criolla, sorprendente en un inmigrante llegado de Galicia con un título de perito mercantil que le ayudaría a abrirse camino.

Muy buen observador debió ser el ribadense José María para capturar, en relativo corto tiempo, el paisaje, el espíritu y el lenguaje de los personajes reales llevados al papel:

¡Qué la lambió a la corriente!

¿De ánde yesca ni tabaco?

Tuíto se jue con el saco

que me yevó la corriente.

Me dormí, y un redepente

cuasi me tapó la olada;

enderecé a la ramada,

y cuando alcancé a montarlo,

ya a mi overito po’el marlo

le daba la marejada.

Juan Baüer al piano. Esta era su orquesta.

Ejemplos de “gayegos” aquerenciados hay cientos para destacar, pero hoy me centraré en el compositor y director de orquesta Juan Baüer “Firpito”, por su estilo tan similar al del maestro porteño Roberto  Firpo, a quien Juan admiraba sin reservas.

Mi precoz, anacrónico e “inexplicable” interés por el tango, además de revelarme el quiénes, el cómo, el dónde, el cuándo y el porqué de su nacimiento, me iba familiarizando, rápidamente, con la obra y vida de sus múltiples cultores.

Así supe que Baüer, nacido en España en 1897, murió tempranamente en Montevideo, no sin antes dejar algunos tangos de renombre.

Ya me sonaba su infrecuente apellido -¿judeo-alemán, húngaro…?-, y al menos dos de su obras aquel día estival de 1969. Por eso me sorprendí cuando  al intercambiar saludos y un apretón de manos , mi nuevo  compañero de trabajo se presentó:

—- Mucho gusto: Juan Baüer.

—- Lo mismo digo: Javier García. Decíme… ¿Vos no tenés nada que ver con el director de orquesta?

—- Era mi viejo, pero casi no lo conocí; solo por fotos, discos y los cuentos de mi vieja. Es que nací en 1950 “el año de Maracaná” y el murió en el 52.

—- ¡Yo también soy del 50!  Pero de “lo de Maracaná” me enteré diez años más tarde, cuando llegué de España.

– ¡Ah! ¿Vos sos “gaita” y escuchás tangos? ¡No lo parecés! A mi viejo también lo trajeron niño de España mis abuelos, que se instalaron en Salto.

Mucho después, los Baüer Oribe “bajarían” a Montevideo y Juan, ya pianista, tendría su propia orquesta.

Ahora, Juan hijo, de carácter alegre y afable, de inmediato resultó ser un compañero de trabajo ejemplar. Conservo su imagen de muchacho bueno en alguna foto de mi despedida de soltero.

Compartimos varias salidas y reuniones, siendo para mí la más memorable cuando, con una media docena de compañeros en común, festejamos su decimonono cumpleaños, invitados a la intimidad de su hogar, en el cual vivía en compañía de su madre, amabilísima señora, viuda y ex-cancionista de la orquesta de su esposo, el pianista Juan Baüer Oribe. 

La preciosa casita estaba amorosamente poblada de recuerdos (partituras, fotos, recortes de diarios, carteles de espectáculos, instrumentos musicales, discos, etc…) del pianista largamente ausente, pero latente aún entre aquellos muros de la montevideana calle Molinos de Raffo, casi Millán.

Recuerdo que la simpática anfitriona nos deleitó con refrescos, alguna desconocida bebida dulce y espirituosa y con algunas interpretaciones de sus mejores años de escenario.

Luego dejó que aquella tropa de jóvenes, alborotadores y anárquicos, cansados de bailar las cumbias y rocks que se turnaban en el tocadiscos, diera desvergonzada rienda suelta a su juvenil desborde, luciendo sus horrísonas “dotes vocales”, “adobados” de cerveza y “clericó” (“Sangría”, en otras latitudes).

Aquel emulaba a un irreconocible Elvis Presley, aquella otra remedaba a una  increíble Rita Pavone, a continuación un caradura (yo) intentaba imitar, a ronco grito herido, a Leonardo Favio, el atormentado cantante de moda por entonces; mi nostálgico hermano Fernando asesinaba a Una paloma blanca en el altar de un insólito  Antonio Molina  y un farfullante  Frank Sinatra beodo, bisoño y petiso,  contribuía a reforzar la alegre y desordenada bullanga que solo encontró unánime acuerdo pasada la medianoche, cuando sumaron sus incultas gargantas alrededor de la dueña de casa coreando, lo más decentemente posible, el estribillo de un tango que perteneciera a su marido compositor: ¡Carnaval, carnaval que, inconsciente atropellas con tu bufonada…!

Pasarían algunos años antes de aquellos jóvenes pudiéramos comprender, a cabalidad, los versos de Juventud, ese canto que entre todos aullamos, desgañitándonos, entusiastas, en la alta noche montevideana.

Juan Baüer padre, en esa velada bulliciosa,  se hubiera sentido muy feliz de que, décadas después de creado, uno de sus mayores éxitos musicales -aunque maltratado por los  irreverentes amigos de su hijo –  todavía siguiera resonando… ¡En su propio hogar, nada menos!.

Te invito a sumarte -sin vergüenza, como lo hice aquella noche irrepetible -al declarado y descarado desafío a Cronos, disfrazado de Arlequín.

Un “gayego” irreconocible, Baüer y Aubriot Barboza, un “yorugua” poeta, dieron forma a Juventud, uno de los más emblemáticos tangos interpretados por don Gardel. Disfrutálo.