galiciaunica Un recorrido semanal por la comunidad autónoma de Galicia, España.

EN BUSCA DEL MAR DE LA VIDA

Venga, caminemos juntos por donde aún lo hacen los peregrinos que desde Muxía buscan alcanzar en el Fin de la Tierra el Mar de la Vida. Aquí me tienes, sentado frente al océano que escribió su nombre en el pánico de mil marinos, tripulantes de ciento cincuenta barcos, hundidos en titánica lucha contra las olas gigantes, provocadas por la tormenta imprevisible. Aquí te espero. Junto a cada piedra que mira al cielo como recuerdo de aquellos navíos y de aquellos hombres: Serpent, Adelaide, Bella Carmen, Ataín…  Cada uno de los ciento cincuenta nombres esconde una tragedia y un temporal. Las mismas rocas de aguja contra las que chocaron aún emergen del agua.

A mí me siguen emocionando los acantilados de A Barca, limpios por el devenir de las mareas, pero, al contemplar la escultura de A Ferida, recuerdo la negra sombra que arrancó lágrimas a mi alma hace dieciocho años, aquella marea negra de asqueroso chapapote.  

De este lugar parten los caminantes y peregrinos hacia Fisterra. Esta punta muxián es como la proa de un barco apuntando al Atlántico. En el horizonte es difícil ver cargueros o veleros, que estos navegan ya por la autopista marítima fijada más allá de las doce millas. Si acaso, verás cómo va o viene algún pesquero.

Va y requetevá. Viene y requeteviene. Se esconde y aparece en la cresta de la ola. Cuando lo ves en la distancia puede que te marees como si estuvieras a bordo.

Este es el panorama marinero porque, a tu izquierda, aparecen las Huertas del Campiño perfectamente marcadas por el hombre, que podrías confundir con un poblado castreño. No lo es, solo se trata de campos de cultivo a los que sus dueños protegieron de los temporales con estos muros de piedra seca…

Echemos a andar. Si a mí me entusiasma el mar de las piedras saladas a mi amigo César Conde le ocurre lo mismo con los secaderos de congrio, tan antiguos como el más antiguo de los puertos pesqueros. Es una estampa que, por pintoresca, despierta la curiosidad de cualquier viajero.

¿Sabes? Viajeros no faltan en primavera, pero cada verano son muchos más los caminantes que se atreven por esta senda sin asfaltar, sin ruido de motores, que siguen la estela atlántica para gozar del paisaje de rocas habitadas por el percebe sabroso y escuchar el mágico rumor de las olas que se rompen escupiendo blancura de espuma.

A medida que avanzas descubres los paisajes de catálogo de la Galicia costera, en los que, tras un acantilado de vértigo aparece una playa hermosa teñida de colores provocados por un sol casi raso, enamorado de esas ondas que van y vienen, vienen y van. También están los faros del trayecto de veintiocho kilómetros. Con su  estampa al fondo te pones a repasar toda la literatura romántica y también la de los misterios que transcurren en el entorno de una linterna…

Esto es lo que hay entre la Punta da Barca y el Cabo da Nave: un litoral abrupto, acantilados multiformes, pequeñas calas y grandes playas, faros con historia y un horizonte de infinitos azules donde se acuestan el Sol, la Luna y los otros planetas del Universo.

Ya verás. El que pintó este paisaje no dejó detalle en su pincel.

Mira la Punta da Buitra, imponente, desafiando al mar que es autor de la playa de Arnela en uno de sus costados. Esta es de arena fina, pero las hay de coidos o cantos rodados para hacernos entender el proceso de la erosión marina, como Cuño y Moreira. Desde aquí la vista alcanza ya Cabo Touriñán, asentado en la punta de una península que desciende hasta el nivel del Atlántico.

Los faros son rincones perfectos del litoral gallego que permiten contemplar la inmensidad marinera o las rocas multiformes que marcan los límites a las playas interminables.  Cada faro nos recuerda mil historias y en su entorno se hallan los paisajes más impresionantes. Del cabo Touriñán dicen mis mariñeiros que es el punto más occidental de Europa, el verdadero “fin de la Tierra”: supera al cabo Fisterra en un minuto de longitud. 

Touriñán, faro y cabo, nos cuenta porqué esta es la Costa da Morte: enfrenta una línea de puntiagudas rocas sobre la que bate un mar bravo, que pocas veces se calma. Aquí solo se atreven a navegar los marinos de la vieja estirpe marinera de Muxía.

Conviven en la punta del cabo el viejo edificio del faro de 1898 y la torre cilíndrica de 1981. A lo largo de este tiempo, fue testigo de cómo el barco alemán “Madeleine Reig” partía en dos, en 1935, al pesquero vilagarciano “Ocho Hermanos”. Y de cómo 22 años más tarde el “Madeleine Reig” naufragaba en el mismo lugar donde había hundido al pesquero gallego, ahogándose toda la tripulación.

En esta franja costera se catalogaron hasta 21 hábitats cuya conservación es prioritaria para la Unión Europea: dunas móviles con vegetación, dunas fijas, matorrales de trasduna, acantilados, esteiros, islas y lagunas litorales. En las dunas está representada buena parte de la flora litoral atlántica: cardos marinos, carrascas de San Xoán, euforbias, pero también especies raras o exclusivas de estas costas. Tras el cordón dunar se extienden pinares, prados húmedos y tierras de cultivo. Estos hábitats acogen especies botánicas de gran interés.

Tras Touriñán llegamos a uno de mis lugares preferidos, la desembocadura del río Castro en Nemiña, que origina la más pequeña de las rías, la de Lires… La concha de esta ensenada es en realidad una playa de dos kilómetros de longitud que trepa hasta alcanzar la cota de cien metros, ayudada por los fuertes vientos de cada invierno. Es un espacio natural único, un lugar espléndido para disfrutar del sol de primavera caminando descalzos por la arena mojada.

Desde Nemiña ya ves las puntas Besugueira y de A Lagoa que confundieron a mas de cien náufragos… Al doblarlas, aparece ante nosotros la Playa do Rostro, la más grande y también la más batida por las olas, generadoras de fuertes resacas que la hacen peligrosa pese a ser una de las favoritas de los surfistas.  

Estamos llegando al final. A partir de la playa do Rostro, los acantilados labrados sobre granitos vuelven a ganar altura hasta el Cabo da Nave donde alcanzan entre 150 y 200 metros de altitud. Este cabo cuya longitud geográfica es similar a la del Touriñán, es accesible por una pista: desde aquí se obtiene una magnifica vista panorámica del litoral.

Cuando por fin admiramos la grandiosidad del Cabo Fisterra, considerado el occidente de Europa y el inicio del Atlántico,  nos encontramos ya en el fin del mundo que conocieron los romanos. 

Fisterra tiene muchos simbolismos y leyendas, casi todas relacionadas con la romanización y el cristianismo, por eso es meta final del peregrino a Compostela, que cree ver aquí como el sol hace el amor con la Luna, tumbados sobre la Vía Láctea…

El Faro del Cabo es el fin del paisaje mágico que se encuentra entre lo mítico y lo terrenal, próximo todo ello a la antigua ciudad de Dugium. Será indispensable sentarse junto a la bota del peregrino para contemplar la inmensidad de este nuestro océano…