galiciaunica Un recorrido semanal por la comunidad autónoma de Galicia, España.

VIVA EL VERANO

Este es el litoral de los dos mares y de las quince bahías bonitas: el Atlántico, que deposita suavemente su azul sobre los azules de la playa. El Cantábrico, escultor de la roca marina que crece en medio de la arena. Y las Rías: las Baixas, las Altas y las de A Mariña, hermosas y diferentes.

Confluyen en medio de esta perspectiva espléndida, bellos puertos a los que llegan marineros de la vieja estirpe gallega con los más sabrosos frutos de estas aguas.

Así que, goza de los manjares del mar, no te prives; y al mismo tiempo contempla esa luz mágica que compite con el sol, en los atardeceres de olas de fuego, mientras se prepara para la fiesta que persigue la alborada…

Esa es la hora en la que despierta la Galicia tradicional, donde la gente no sabe muy bien donde comienza la fe y en qué lugar se oculta el pecado. Porque aquí tenemos horas meigas y horas para curar el meigallo…

Hoy te invito a disfrutar de todo esto: del sol, la arena caliente, el yodo, los surfistas, los bañistas, el top less, las olas, los barcos, el nordés… ¡Empápate con la atmósfera salada del verano!

LA PLAYA

Al otro lado del lugar donde los dos mares se unen, se encuentra el paisaje infinito del horizonte cantábrico que se alcanza desde la playa, a donde llegan los jóvenes jugando con las olas. Cantan los vientos empujando el mar hacia el acantilado mágico y hacia la arena amarilla, donde confluyen la esplendorosa hermosura de una marina y un torbellino de colores que invade el agua y deja al descubierto los secretos del mar. Todo esto lo hallarás poco más allá de la villa de Ortigueira, entre la playa de Esteiro y un paraíso de roca y arena llamado Loiba.

Entre la gran roca y la arena de la playa de Esteiro se abrazan la magia y la energía.  Y también un mar de fulgurante perspectiva que nos invita a deslizarnos sobre su lomo. A la vuelta, buscaremos el bar del puerto en donde dicen que sus percebes son los mejores del mundo.

EL PUERTO

De su puerto van y vienen sobre sus embarcaciones los marinos de la estirpe de O Grove, que procuran cada día o cada noche, el horizonte inmenso del Atlántico, más allá de Sálvora, en busca de riqueza bajo el agua. Ellos son los propietarios de este lugar de selvas sumergidas y de almacenes de corales.

También navegan por una Ría de oro, porque en ella enciende el sol todo tras los requiebros de la tarde, convirtiendo en fulgurantes los pequeños lugares habitados.

Para mí O Grove es fascinante porque es obra del mar. Indican muy antiguos mapas de Galicia que no era una península sino una isla y una crónica medieval dice que “se unió al Salnés no por humana obra si no por la ingeniería del mar, por el ir y venir de las mareas ayudadas por los vientos del sudoeste”.

Así se creó, poco a poco, el istmo de A Lanzada, a lo largo de cuatro kilómetros y con otros dos de ancho entre el mar y la ensenada actual, que se conoce como la Marisma do Vao. El tiempo y la naturaleza han creado uno de los más interesantes complejos dunares de Europa, rico en fondos de arena, vegetación marina, humedales, bancos marisqueros y hasta algas que suponen el mejor fertilizante para las tierras en las que se cultiva el albariño.

O Grove es su puerto, su marisco,  sus 23 playas y sus paisajes. Es decir, la pesca y el turismo.

EL MARISCO

Entre el Portugal amigo y nuestra hermana Asturias, dos mares bañan la costa gallega: uno esculpe estatuas de piedra y otro se mece en la calma de la bahía. Entre A Guarda y Ribadeo hallarás la esplendorosa hermosura del paisaje y la sal elemental de la vida marinera que te ofrece sabor a marisco. 

En las rías, la luz rompe el agua en busca de sus misterios ocultos. La batea es la gran fábrica del mejillón que emerge del agua entre las estrellas de plata del mediodía. La pequeña gamela navega cercana procurando entre sumergidas rocas la nécora y la centolla, que son las reinas del mar de los atardeceres de oro.

Un torbellino de color rompe también la mañana cuando confluyen a flor de agua manos de mujer y mariscos bivalvos; el marisqueo es el gran espectáculo de la ría mansa, de arenoso fondo e irisada superficie.

Y en el mágico mar de la muerte, allá donde las estatuas de salitre llenan el espacio, el hombre se empapa de sal atlántica en busca del percebe, el genuino sabor a mar.

Marisco y paisaje te devuelven el gusto y la resplandeciente belleza de los paraísos perfectos, en los que siempre hallamos asilo ecológico.   

LOS  RÍOS

Son mil, dicen, las venas fluviales que remueven el paisaje admirado de la Galicia interior. Fluyen sobre la tierra, provocando paisajes diferentes, en su mágico descenso. Bajan desde la fuente de la montaña hasta el valle frondoso, donde se asienta el alma de la villa nacida para recomponer la perspectiva de agua y piedra de la aldea vieja.

Vienen rápidos por las laderas, creando a su paso el espacio natural y cantándole al verano su canción de agua, hasta llegar a ese lugar fulgurante donde, precisamente, se tranquilizan. Y crean la “playa-parque”, el lugar hermoso donde el río se posa sobre el “verdehierba”, para recibir el mimo de la humana sensibilidad.

Cerca, siempre hay una villa que se mira en su espejo, coqueta; y en la proximidad, el paraíso que nos invita a disfrutar de la cultura popular.

EL PUEBLO

Te invito a conocer un trozo de mundo vibrante, lleno de prados y de regatos de aguas limpias, que el sol suave llena de caricias. Posee hermosas devesas y soutos de centenarios castaños. Es un trozo de tierra silenciosa que, curiosamente, preside un pico al que llaman Pía Paxaro. Unas pocas aldeas aparecen enraizadas en las laderas, donde los gallos cantan una nueva alborada.

Hubo un tiempo en que algunos de estos lugares se quedaron sin gente pero algunos volvieron para devolverles la vida, por eso te invito a conocerlos. Por ejemplo Parada, la aldea de Uxío Novoneyra, el poeta del Courel, que dejó escrito:

A casa é de pedra  e cal vella

–solaina e ventana para serra—

feita fai cen anos…

¡A miña maneira¡«

Froxán y Seceda son las dos aldeas recuperadas más conocidas, auténticos paraísos para los amantes del turismo rural y de la montaña. Ambas de aspecto medieval y máximo exponente de la riqueza etnográfica de la montaña lucense. Y tiene mucho mérito por ser obra de un solo hombre la recuperación de la Aldea da Seara, que Antonio Carrete enseña hoy con el orgullo de quien vive muy feliz.

Para que conozcas mejor el alma de estos sitios de O Courel, te invito a leer “Os Eidos”, el libro que le dedicó Uxío Novoneyra. Se acrecenterán tus ganas por interpetrar el lenguaje de la sierra, al contemplar la paz de la vida en la gran montaña.

LA SIERRA

En el año e 2006, fue la comarca de Os Ancares quien mereció la distinción como Reserva de la Biosfera, premiándose el esfuerzo de sus habitantes, a quienes se debe no solo la conservación de la biodiversidad natural, sino de toda una cultura y formas de vida que estaban a punto de morir. 

Ancares es tierra con sabor a aldea vieja, de casas de ladera; de lugares distantes del núcleo parroquial. Un territorio quebrado y pueblos pintados al pié de montañas que fueron fracturadas por los cataclismos geológicos.          

Son hogares de techo de pizarra que escalan pendientes de vértigo siempre cerca del árbol sagrado nacido en el souto que desafía precipicios.  Pequeñas haciendas que conservan, al menos, una de las cien pallozas que en tal lugar ocuparon los campesinos «zoelas» o los ganaderos «albiones», las galaicas tribus de la prerromana época.

Si para recomponer el Edén buscásemos un modelo, Ancares sería el que más se asemeja. Aquí, donde el tiempo parece no existir y las aldeas parecen brotar de la tierra como pequeños cúmulos de setas, la naturaleza encierra un universo de fauna y flora único y unas formas tradicionales de vida que se han mantenido casi inalteradas desde hace siglos.

En este lugar de fuerza telúrica  las cumbres casi tocan el cielo y los bosques presumen de verde sobre el otro verde,  invitándonos a penetrar en ellos para descubrir sus secretos y las pequeñas maravillas naturales que esconden.

Xerardo Rodriguez