CIUDAD ROMÁNTICA
Esta historia que te cuento, para mí podría empezar en el año 1961 y seguir ayer, noveno día de un Junio casi de invierno. Al sesenta y uno le debo las dos cosas más importantes de mi vida; y ayer… tuvimos un feliz reencuentro de compañeros y sin embargo amigos, que te contará Gerardo González Martín en este mismo número de “Galicia Única”.
Una vez titulé un programa de televisión “Pontevedra, La Ciudad Romántica” precisamente por aquel hecho; y este gris domingo de junio nos permitió volver al mismo lugar de entonces, al Café Bar Carabela, para recordarlo.
Era yo un pipiolo y ella casi adolescente. Cruzó sus ojos con los míos sin pronunciar palabra y sucedió el instante eterno, ese momento en que el brillo de los cristalinos enfrentados creó millones de estrellas en la fuente que refresca la terraza de verano.
Mediamos pocas palabras pero a los pocos días nos decíamos simplemente…
—- Te quiero…
—- Yo también…
Desde entonces, Gloria y yo hemos gozado de cincuenta años de felicidad ininterrumpida, aumentada por el nacimiento de nuestros tres hijos que nos hicieron abuelos de cuatro nietos…
¿Sabes? Me permito contártelo a ti, mi amigo, para convencerte de que, a pesar de todo, la vida es bella…
—- ¿Y la otra cosa importante?
Verás. Entonces no teníamos la suerte que tú tienes. Poder estudiar periodismo en una universidad gallega. No; las “escuelas” –que dependían del Ministerio de Información y Turismo y no del de Educación- estaban distantes para un joven cuyos padres no eran de aquella podrida “jet society” franquista.
Pero la mejor escuela era, como se demostró, un maestro al lado; y yo tuve el mejor, Ángel Huete… Con él aprendí a ser honesto para ejercer el periodismo independiente. En aquel “Diario de Pontevedra” crecí como reportero y nunca olvidaré aquellos mis primeros trabajos, que celosamente guardó mi compañera tras los años de los años.
Comprenderás que para mí, Pontevedra, es mucho más que la Boa Vila…
CON FILGUEIRA VALVERDE
Hubo un tiempo en que me tocó hacer información municipal y me veía, todos los días, a las tres de la tarde, con aquel alcalde maestro, intelectual sabio, del que Pontevedra presume como uno de sus hijos más ilustres, José Fernando Filgueira Valverde; también profesor de Instituto, fundador del Museo de Pontevedra, investigador y autor de más de quinientas publicaciones.
Por él supe que “Pontevedra é boa vila y da de beber a quien pasa”; y también que esta es una ciudad para recorrer a pié…
—- Te invito a pasear al mismo tiempo que te cuento…
Y allá me descubrió cada uno de los rincones interesantes de esta ciudad de piedra, nacida como puerto importante, con bellos jardines y plazas que rompen la monotonía de los edificios; y un río, el Lérez, creador de los más bellos espacios fluviales.
Con Filgueira aprendí que la capital solo era un puerto en la Edad Media, cuando de A Moureira salían para Flandes e Inglaterra vinos y demás frutos agrarios de Galicia; un comercio promovido por los Mareantes de la villa, que aún hoy siguen representados en las tradiciones urbanas.
Pontevedra crecería más desde el estuario de su río, el Lérez, que llega a la urbe lento y amplio, para formar la Ría. Dicen las crónicas de Plumbio que por la romana Póntis Véteris pasaban todos los caminos trazados por la costa de las Rías Baixas. Por eso es la gran capital provincial y al mismo tiempo la ciudad del Lérez.
Para mí sigue siendo encantadora, sobre todo tras recuperar su vocación peatonal. Tuvo siete puertas y, tras su decadencia marinera, creció de piedra.
La piedra es belleza escrita en los templos construidos por los anónimos maestros canteros pontevedreses… también autores de los nobles pazos de urbano señorío… de las fuentes que dan de beber a quien pasa… y de las calles que paseamos buscando la vida saludable.
Además, a pié de cada casa, Pontevedra tiene… o plaza o jardín o alameda, que permiten al caminante huir del bosque de hormigón de la ciudad nueva y esconderse entre las flores.
Que también resulta delicioso ver como el hombre pasea su ancianidad entre las viejas palmeras mientras el niño grita su niñez espléndida.
CON CUÑA NOVÁS
En mi larga vida solo he conocido a un hombre capaz de hacer compatible su vocación de poeta con la de funcionario y periodista. Manuel Cuñas Novás fue un icono de la Literatura pontevedresa con el que compartí mis años del “Diario” y muchos versos suyos en mis noches de soledad.

A veces salíamos juntos del periódico, de madrugada, cuando la ciudad ya dormía y te podías entretener en recorrer las calles empedradas admirando su arquitectura más antigua…
La Basílica de Santa María es uno de los mejores ejemplos de la arquitectura gallega renacentista.
La Casa del Barón cercana a la Basílica. Un edificio romántico del siglo XIX convertido en Parador de Turismo.
La Plaza del Teucro donde se ubican los Pazos de Montenegro, San Román, Aranda y Guimarei.
La Plaza de Mugartegui, presidida por el Pazo del mismo nombre recuperado para la Cultura.
La iglesia de San Bartolomé, otra bella muestra de la arquitectura religiosa románica.
Cerca de San Bartolomé está la emblemática Plaza de la Leña, así llamada porque en ella se vendía la leña para cocinar… En esta plaza se ubican los pazos de García Flórez y el de Castro de Monteagudo.
Justo al lado, la Plaza del Museo y en él hemos de entrar porque es uno de los grandes de España y un gran clásico. De él emana una de las más importantes fuentes de la investigación cultural de Galicia desde hace más de 75 años. Hoy sus fondos bibliográficos son documentación al alcance de gran número de investigadores.
Entre ellos destacan los archivos y las bibliotecas de Antonio Odriozola, del Conde Bugallal, de Osorio Tafall y del propio Filgueira Valverde. Pero en total el Museo cuenta con 150.000 volúmenes que reúnen lo esencial de la cultura gallega.
Aunque será en la Plaza da Ferreiría –así llamada porque era donde trabajaban los herreros antiguamente-, en donde encontremos el más singular conjunto arquitectónico del casco histórico pontevedrés:
Entre los edificios que la rodean destaca el del Regidor, del 1.536. El templo del convento de San Francisco, del siglo XIV, gótico. Junto a ambas edificaciones, en los Jardines, la romántica fuente “da de beber a quen pasa”.
Y justo al lado de la Plaza de la Herrería aparece el santuario de la patrona de la ciudad, la Virgen Peregrina, construido en el siglo XVIII, con acusados estilos barroco y neoclásico, y planta circular en forma de vieira.
A partir de ahí y hacia la Estación del Ferrocarril, nacieron nuevos espacios urbanos, también peatonales, en los que brillan especialmente las fuentes y que son muy apropiados para disfrutar del buen clima pontevedrés, paseándolos de noche.
En este territorio humanizado no hay prisas porque este es un espacio también para caminantes.
Sobre todo en ese momento en el que se encienden las luces, que es cuando el Lérez vuelve a servir de espejo a la ciudad.
CON ALVARO CUNQUEIRO
Solía venir poco, el maestro, pero cuando lo hacía desde su viguesa ciudad adoptiva, era fácil verle sentado en la terraza del Carabela donde me lo presentó Pepe Conde Corbal, una tarde fresca de agosto.
Terminamos los tres más allá de Monteporreiro, a orillas del Lérez, en un antiguo balneario, paisaje que aún pervive abandonado, como entonces.
Recuerdo una frase del gran fabulador mindoniense…
—- Este Lérez, aún puro, trae vientos amigos… Tanto por Bora como cuando se calma bajo los puentes.
El río te invita a conocer la Pontevedra verde. No olvides que estamos en una de las romanas vías antoninas, al pié del medieval Camino de Santiago y cerca de paraísos aún poco conocidos incluso para quienes habitan en la capital.
El Lérez busca su ciudad desde Cerdedo, atravesando fragas espléndidas, bajo puentes que fueron romanos y contemplando desde el valle la colina de Pedre, que es piedra de hórreo.
Cobra el río un especial valor natural en Bora, donde es coto truchero y salmonero. Desde aquí, el camino verde sigue el curso del río hasta llegar a Monteporreiro, reciente parque de la nueva Pontevedra, frente al que se ubica la Isla del Arte.
Antón Castro la definió como “un poema de la identidad gallega elaborado por los artistas más importantes del mundo”.
Porque el arte reflexiona aquí sobre la relación del hombre con su entorno.
CON MARIANO RAJOY
He paseado algunas veces, allá por los ochenta, con el hoy presidente Rajoy, entonces también presidente pero de la Diputación de Pontevedra. Era una persona muy estimada por mí. De esas que consideras amigo aunque él, como buen político, no correspondiese, creo yo, a tal amistad. Te digo con el corazón en la mano…
—- Nunca supuse que aquel joven político fuese a arruinar con sus recortes a la clase media, a los trabajadores e incluso a los pensionistas, como dicen esos puñeteros expertos que va a ocurrir próximamente en España.
A Mariano le gusta respirar el aire de la ría y por eso los paseos se iniciaban en las Ruinas de Santo Domingo. Las huellas del pasado nos recuerdan que todo este espacio era la antigua huerta del convento.
Un Instituto, el Valle Inclán; y tres instituciones públicas, Diputación, Ayuntamiento y Subdelegación del Gobierno, ocupan preciosos edificios rodeados de jardines: la vieja Alameda, los jardines de Vicenti y el pequeño jardín del Dr. Marescot frente a la Facultad de Bellas Artes.
El arquitecto Sesmeros transformó el más antiguo de los campos de la feria en una Alameda para pasear y enfrentar la ría desde su balconada, poseedora de unos interesantes mosaicos en su fachada.
Justo al lado, la avenida de Montero Ríos es otro estupendo bulevard para el paseo.
En los Jardines de Colón, situados entre los edificios de la Diputación y el Instituto Valle Inclán, sigue creciendo uno de los más antiguos magnolios de Galicia, rodeado de camelios y de rosales.
Y por la parte de atrás de la Diputación que presidió Rajoy, los Jardines de Vicenti, los más tropicales por sus altas palmeras en el paseo central, sus magnolios antiguos y especies singulares como varios cedros, tejos y acebos.
Pájaros y aves acuáticas en un artístico estanque completan este jardín, que por céntrico resulta ser el más concurrido de una Pontevedra en la que crece el verde en cada nueva calle peatonal…
UNA PROVINCIA ÚNICA
Pontevedra provincia es única por diferentes perspectivas que siempre nos emocionarán: la sierra, el bosque, el valle, el río, las rías o el mar.
En ella, lo natural despierta el sentir poético de la Tierra y hace renacer el sentimiento que nos invita a vivir la perfección del paisaje.
Me he permitido invitarte a beber la belleza siguiendo caminos, indestructibles a través del tiempo, que procuran el paraíso escondido. Abriré la ventana para vosotros, mi amigo, mi amiga. ¡Disfrutad del romántico sosiego en el reino de la placidez!
La Sierra
El perfil de los montes del Candán es el que marca la línea del cielo y su territorio aún conserva el mismo interés natural y etnográfico de hace al menos cinco cientos de años.
Te invito a despertar el sentir poético de estas montañas, donde nacen tres ríos mayores: el Umia y el Lérez que buscan por si mismos el Atlántico; y el Deza, que termina su vida alimentando al Ulla.
El bosque
Pisemos ahora el tapiz de hojas caídas en el interior del bosque, habitado por árboles de extrañas formas a los que abrazan líquenes misteriosos. Este es el escenario de la leyenda imaginada con hadas madrinas bailando sobre verdes, mientras escuchas canciones de pájaros y murmullos rumorosos de agua de fervenza.
La fantasía envuelve toda esta hermosa geografía vegetal que esconde la Cascada del Toxa.
El valle
Dicen que el mejor vino nace de una postal de valle y río, territorio amado que enamora. El Umia es quien remueve esta perspectiva y el Valle del Salnés bebe en él, sorbo a sorbo, para fertilizar sus cepas centenarias.
Aquí están los vinos más apreciados, el blanco Albariño y el tinto Barrantes.
El río
Este es el paisaje del Miño en su esplendidez final. Aquí, el gran río, parece el creador de todas las cosas bellas que alcanzamos. Te explotan torbellinos de colores en los ojos, mientras el sol juega con las nubes, momentos antes de retirarse a su atlántica casa de cristal, un poco más allá del Tecla, el monte sagrado de los oestrimnios galaicos.
Las rías
Vente ahora conmigo hasta el paisaje único del verano en las Rías Baixas de Pontevedra, que son de placentero navegar, entre bateas e islas atlánticas, y playas refulgentes en la costa.
Entre el Faro de Baredo y el Monte do Facho se extiende la grandiosa Bahía de Vigo, de la que emergen islas protectoras y en cuyas ribeiras crecen puertos.
Es un mar de poetas cantado por Martín Codax, el inventor de la poesía; y también por aquel Rey Sabio que, en sus cantigas, describió la costa como “un paraíso a donde ir a bañarse con la amada… en la dulzura de sus aguas”.
La Ría de Vigo tiene casi cien playas bajo el techo azul de los cielos claros de verano… Un puerto crucero y muchos puertos veleros… Y un tesoro oculto bajo el puente de la modernidad.
Entre Punta Couso y Punta Faxilda es ya otra ría, por la que Teucro llegó para fundar Pontevedra.
Este espacio atlántico, bordea cinco municipios y tres distritos marítimos, y su costa es una inmensa playa, en donde se refugia la luz del verano.
Sobre la gran ensenada crece el cielo limpio y se extiende hasta el edén de las islas para crear espirales de azul sobre la arena de la gran playa.
Entre Sálvora y San Vicente, se inicia el mar de Arousa, que es la Ría del Sol y espejo de agua sobre el que navega el velero al compás de la música del viento, cuya espumosa estela alcanzamos desde el cielo bajo que cae tras las montañas.
Allá donde el sol enciende todo, tras los requiebros de la tarde, convirtiendo las villas y las islas habitadas en el paisaje fulgurante donde se acuestan las estrellas.
La Ría de Arousa es la fascinante serenidad marina.
El mar
Finalmente, buscaremos el mar de Pontevedra en A Lanzada, también playa y uno de los mayores alicientes de esta costa luminosa que persiguen surfistas, bañistas y amantes de la naturaleza más viva, para perderse en la cresta de una rumorosa ola, para sumergirse en las aguas atlánticas de intensos verdes y azules, o para simplemente respirar el viento nordés, viento del verano en Galicia.
Y presidiéndolo todo, Nosa Señora, salvando náufragos y curando meigallos desde su ermita, la que mandó construir el Obispo Sisnando en el año 952.






















