LAS ÚLTIMAS SENTENCIAS DE FRANCO

Uno de los días más tristes de la historia de aquella España que me tocó vivir y contar fue aquel 27 de septiembre de 1975. Han pasado cuarenta y dos años y aún me parece que fue ayer…

Franco agonizaba sedado por su yerno para apuntalar al Régimen… pero con cada exhalación del viejo dictador se desmoronaba cualquier atisbo de continuidad. A pesar de la agonía, tanto del que llamaron “el generalísimo” como de su “obra”, aquellos militares fascistas, apoyados por ministros que no lo eran menos, llevaron a cabo los últimos fusilamientos del franquismo: asesinaron a cinco jóvenes amparándose en el Decreto Ley antiterrorista que firmó un Franco decrépito ese mismo año, el 10/75.

El dictador ordenó la redacción de aquel texto y lo firmó pocas semanas antes de la ejecución. A los jueces para nada les importó aplicar esa ley a dos miembros de ETA y a otros tres del FRAP, a pesar de que se hallaban en la cárcel desde antes de entrar en vigor el decreto.

Y los condenaron a muerte.

El Papa pidió tres veces el indulto. Los primeros ministros de treinta países hicieron lo propio. Intelectuales, actores, actrices, músicos y personajes relevantes de medio mundo se dirigieron a aquel tirano. Franco no mostró “debilidad” y no indultó, a pesar de que miles de españoles se lo pidieron manifestándose en las calles de las ciudades más importantes.     

Los etarras eran Juan Paredes “Txiki” y Ángel Otaegui Echevarría. A ninguno de los dos los mataron a garrote vil, como ordenaba la sentencia; los fusilaron miembros de la Policía Nacional. A “Txiki” a las 8’30 de la mañana junto al cementerio barcelonés de Sardanyola del Vallés y a la misma hora las balas de un pelotón de los “grises” ponían fin a la vida de Otaegui en el penal de Burgos.  

Los miembros del Frente Revolucionario Antifascista y Patriota, FRAP, fueron fusilados en una finca militar de Hoyo de Manzanares. Allí cayeron Ramón García Sanz, José Luís Sánchez Bravo y el vigués José Humberto Baena Alonso.

Así lo cuenta José Antonio Nováis, entonces corresponsal de Le Monde en España:

—- Los trajeron sobre las nueve de la mañana en un furgón custodiado por una caravana de diez o quince coches de la Guardia Civil y los fusilaron a las diez. Desde la entrada, junto a la valla, oímos la descarga como si fuera un trallazo y, poco después, dos tiros más.

Ninguno de los cinco fusilados había cometido delitos de sangre.

En Vigo, recuerdo, todos lloramos a Baena y Pío Moa, con el que había pasado la noche anterior, le dedicó un poema; fue lo último sensato que leí de él. El lugar donde fueron fusilados aún hoy es tenebroso a pesar de que construyeron allí una alberca. En el monte solo crecen arbustos y matorrales y en la cima aparecen las ruinas del pabellón de caza que el dictador ordenó construir para no alejarse de El Pardo y poder practicar su deporte favorito… matar.

El rechazo internacional al régimen franquista fue total y en la ONU pidieron la expulsión de España numerosos países. La gente se manifestó en medio mundo pidiendo democracia… mientras en todo el Estado se escucharon las primeras voces cantando a la libertad. Luís Eduardo Aute les dedicó “Al alba”.

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