LOS CIBERREDILES

Por J.J. García Pena

El alma humana sigue siendo, hoy, la  misma desde Altamira  e incluso desde un poco  más atrás. Su evolución tiene el tranco cansino  y paciente de los planetas, hijos de la eternidad.  No importa cuán avanzados e ingeniosos sean los artilugios de que se valga para facilitarse la vida, el hombre arrastra el peso  de su alma rezagada, que tiene otro ritmo de andadura que su cuerpo.

Se diría que  su intelecto -que no su alma remolona-,  ágil, superior e inconformista, necesita y merece un vehículo  no deteriorable  ni con fecha de caducidad estimada, de fábrica, en menos de cien volátiles años.

Todos estamos maravillados con los logros de la ciberciencia.  Yo, el primero.

No obstante,  quien crea que las nuevas redes comunicacionales  sociales son, por sí mismas, aulas de transmisión y amplificación del saber, se llama a engaño.

Tal como y para qué están concebidas, no son sino novedosos  reemplazos de los viejos templos en los cuales se perpetúan y acentúan las fobias y demás boberías humanas.

Rediles monstruosos en los cuales los modernos acólitos se sienten más cómodos que nunca, sin necesidad de trasladarse al templo físico y sin el trauma de exhibir, sin filtros ni escudos, sus carencias físicas y mentales, antes bien retocándolas hasta hacerlas irreconocibles.

Los modernos medios de comunicación masiva reemplazan, con muchas ventajas, a los ancestrales corrillos de vecinas, en los cuales el mentirse mutuamente, cara a cara, no era una opción, dado que, por lo general, todo el mundo sabía vida y milagros de cada uno de los involucrados en aquellas limitadas y limitantes “redes directas”, incluidas las enriquecedoras tertulias de cualquier tipo y jaez.

“Feisbuq” es de verdad maravilloso;  tanto, que jamás me animaré a sumarme a tanta maravilla incontrolable por mí y que supera, en mucho,  mi humana malicia.

Es la nueva forma, el escaparate de convencer a los demás de cuán buenos, exitosos y hermosos somos, esperando la aprobación más o menos tácita y forzada de nuestros semejantes de cara plana.

Un horror.

En dichas redes no existen los maltratadores, los vanos, los envidiosos, los pobres, los cobardes ni los pusilánimes, y si somos rengos, estevados o corcovados, pareceremos  atletas  de primera.

De a poco, espero, la gente sensata irá dejando de frecuentar esos espejos malignos, aburridos de no encontrarse nunca con personas de carne y hueso, a las que les suceden cosas silvestres y corrientes y llevan vidas rutinarias.

(La rutina, ya lo sabés, tiene mala prensa entre un porcentaje muy elevado de la población mundial.

Un día, sus detractores comprenderán que la rutina puede ser un bien deseable. Solo depende de que sea una rutina que produzca felicidad y reconforte  al rutinario por elección.

Otra cosa es arrastrar la pesada bola de una rutina indeseada, síntoma de estar haciendo lo que nos disgusta.  Equivale a una condena, en ese triste caso, la rutina.

Aunque está en nuestras manos el cambiarla… si no somos demasiado  vagos como para intentarlo  y sobre todo, dejar de apoyarnos en la voluntad ajena para esconder nuestra incapacidad de responsabilizarnos de nosotros mismos.)

En las redes puedo esconder mis bajezas e inventarme valores que nunca tuve. Y mi ego se elevará a la cuarta potencia con solo lograr que mis seguidores pulsen el botón de aprobación mendigada.

En suma: bienvenidas todas las nuevas formas de comunicación a nuestras vidas, pero no dejemos que ninguna de ellas condicione nuestra auténtica forma de ser. Sepamos decir no, si, no sé, tal vez, o me gusta mucho, poquito y nada,  tal como si tuviésemos enfrente a nuestros interlocutores humanos.

No  generemos en los demás ni aceptemos de ellos, a tontas y a locas, ideas de superioridad o virtudes inexistentes, fácilmente simulables en las relaciones virtuales.

De no, el siguiente paso ineludible será que los datos recogidos en Facebook han de ser usados como un colosal centro de reclutamiento y adoctrinamiento para manejar voluntades ayuntadas.

Nunca mejor puesto un nombre: redes.

Que de rediles y corderos se han nutrido las principales religiones, pastoreadas por infames careadores de ovejas.

Cada cincuenta millones de corderos sale uno, tan obtuso como los corraleros, que, fugazmente lúcido, cree que la solución a tanto aborregamiento está en la boca de una ametralladora y, enloquecido, dispara contra la majada.

Tan ignorante él como los corraleros adocenados.

Ahora, asesino encima,  morirá sin comprender que las balas solo matan personas, no ideas. A las ideas se les combate con educación.

Pero, ya se sabe, educar es una  lenta aunque eficaz forma de combatir la ignorancia, que supera, largamente, la corta vida humana.

Los nuevos Abrahamnes y Jim Jones, expectantes cual buitres atisbando carroña, se frotan las manos.  Cada minuto nace un incauto.

El sabio proverbio nos enseña: Dime de qué presumes y sabré de qué careces. Se enunció siglos antes de soñar con Facebook, pero le calza como párpado al ojo. Podría enarbolarse como emblema de dicha página.

Y ellos, los astutos pastores,  al analizar  y clasificar los pensamientos escritos  de los escuadrones de ingenuos que de buena fe  se los facilitan vía Feísbuq, saben que “el tiempo de recoger la mies” está bien lejos de terminarse.

Goebbels se retuerce de rabia impotente en su tumba.

Maldice no haber nacido cien años más tarde y poder valerse  del alineante Libro de caras.  Otros Goebbels, dantescos y sórdidos Maquiavelos, ya  poseen las llaves  del mayor redil jamás antes imaginado.

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