¡SÍRVASE, QUE SON PASTELES!

Por J.J. García Pena

Por mayo o junio de 1963 yo todavía tenía doce años y cursaba el último año de escuela primaria, retrasada mi enseñanza por una  inmigración inoportuna.

Anhelante de conocer a fondo el nuevo medio en que, sin duda, habría de desarrollarse al menos mi adolescencia, me valía, como principal herramienta de sondeo y conocimiento (amén de libros)  de una flamante radio Geloso, compañera y maestra en todas las tardes y noches a la vuelta de colegio. 

El dial uruguayo, al igual que hoy, era de una oferta cultural y musical asombrosa. Sin embargo, por alguna razón, luego de recorrerlo en búsqueda y aprendizaje de datos reveladores,  solía recalar en CX20 Radio Montecarlo, cuya programación incluía, sí o sí, informativos generales cada treinta minutos.

Mediante ellos, tanto me enteraba de que a Kennedy le volaran la cabeza o se incendiaba, trágicamente, el Vapor de la Carrera, como me asombraba  la irrupción de cuatro escandalosos de flequillo que se desgañitaban en inglés o me enteraba, más tarde, que Cukurs, un nazi criminal de guerra, creyéndose a resguardo de sus propios pecados carniceros, había sido hallado trozado dentro de un baúl en un chalet del balneario Shangrilá, aquí cerquita, no más.  

Entre informativo e informativo, las reiteradas llamadas de los oyentes a la emisora, hacían mis delicias en las tardes que yo alargaba gustoso, mientras hacía los abundantes deberes escolares.

Aquí está su disco, teléfono por medio, complacía todos los gustos populares. Ante la telefónica carencia, yo me avenía a la selección musical de los privilegiados que podían solicitar sus pedidos, previamente grabados.

La voz aterciopelada  de Petula Clark, entre otra luminarias, me embobaba con  Oigo el silbato del tren o El niño duerme.

El tango platense, envejecido, perdía terreno en su propia cuna  frente al avance arrollador de los nuevos ritmos y cantantes sajones, cuando aquella tarde otoñal el “speaker” anunció que “ya está a disposición de los amables oyentes Bronca, un tango a estrenarse en la voz de Edmundo Rivero, “el feo que canta lindo”.

Si bien ya conocía otros tangos de amargo desengaño de los años treinta, al estilo de Yira-yira  o Cambalache, nunca olvidaré el sacundón que me produjo el escuchar por  primera vez ese tango nuevito del trinque, en la  gran interpretación del educado vozarrón  de Edmundo Rivero.

Era un fenomenal retrato de época, genial carbonilla, producto de Battistella con música del propio Rivero, que pintaba a ambas orillas. Su ejecución radial, en esos años,  estuvo prohibida en Argentina. No así en su hermano Uruguay

Hoy, tantísimos años después, me sigue admirando la vigente clarividencia de su autor. Desgraciadamente aplicable a una realidad global que parece no detenerse. Júzguenlo ustedes mismos, si no.

 BRONCA (1962)

(Mario Battistela y Edmundo Romero) 

Por seguir a mi conciencia

estoy bien en la palmera,

sin un mango en la cartera

y con fama de chabón.

Esta es la época moderna

donde triunfa el delincuente,

y el que quiere ser decente

es del tiempo de Colón.

Lo cortés pasó de moda

no hay modales con las damas,

ya no se respetan canas

ni las leyes, ni el poder.

 La decencia la tiraron

en el tacho ´e la basura

y el amor a la cultura

todo es grupo, puro blef.

¿Qué pasa en este país?  ¿Qué pasa, mi Dios, que nos vinimos tan abajo?.

Que tapa que nos metió el año sesenta y dos, ¿qué pasa?

¿Qué signo infernal lo arrastra al dolor

que ni entre hermanos se entienden en esta cruel confusión…?

 Que si falta la guita… Que si no hay más lealtad…

¿Y nuestra conciencia?  ¿No vale eso más?

¡Pucha, que bronca me da ver tanta injusticia de la humanidad!

 Refundir a quien se pueda

es la última consigna,

y ninguno se resigna

a quedarse sin chapar.

 Se trafica con las drogas,

la vivienda, el contrabando,

todos ladran por el mando,

nadie quiere laburar.

 Los ladrones van en coche

Satanás está de farra,

y detrás de la fanfarra

salta y baila el arlequín.

 Es la hora del asalto:

!Sírvanse que son pasteles!

Y, así queman los laureles

que supimos conseguir”.

Las letras, nacidas del pueblo y para el pueblo, han sido y serán, siempre, su más fiel espejo para bien o para mal. Mi homenaje, entonces, a esos magníficos cronistas populares.

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