galiciaunica Un recorrido semanal por la comunidad autónoma de Galicia, España.

UNA BREVE HISTORIA Y UN EXPERIMENTO

Por Alberto Barciela

Les invito a un ensayo. Contiene una historia algo tramposa, muchas verdades contrastadas, un hallazgo y una conclusión evidente que, aun así, intentaré que les sorprenda.

Les sitúo:

Al comenzar los indicios de un Vesubio despierto, enervado, un ciudadano de Herculano depositó unas flores sobre el altar del Templo de los Lares Públicos. Había trabajado en la Villa de los Papiros, a medio trayecto de la ladera del volcán, al noroeste de la ciudad, era culto, bondadoso y solidario. Ofrecía a la credulidad sagrada plegarias por el reposo del “dragón”, suplicando la salvación de su familia y amigos, de su pueblo, de su ambiente. Entre tanto realizaba su culto pagano, en un caluroso día mediterráneo, su esposa y su hija le esperan en la calle para tomar un refresco. Mas al terminar sus últimos rezos todo se estremeció aturdido por un rugido ensordecedor. Cual contrincantes míticos de sus dioses, las piedras, el fuego y la ceniza impusieron su criterio asolador. Nunca sabremos los sentimientos finales de nuestro protagonista ni de las víctimas de aquel 24 de agosto del año 79 d. C., siquiera si el oferente pudo esbozar reproches a sus utópicos dioses salvadores. La lava superó al barro. 1.758 rollos de papiros carbonizados en Villa dei Papiri no contendrían experiencias más duras.

El conocimiento del drama se consuela, casi dos mil años después, con los hallazgos intactos que realizan los arqueólogos en Pompeya y su entorno, el último ha sido el de un “termopolio”, establecimiento comercial en el que se servía comida y bebidas a las clases bajas. Apareció intacto, decorado y con restos de alimentos. El mostrador muestra en el frente la imagen de una ninfa a caballo en un entorno marino y, en su lateral, un letrero comercial. En el lugar se encontraron materiales de despensa y de transporte: nueve ánforas, un utensilio en bronce, dos frascos y una olla de cerámica. El suelo de toda la sala está formado por el llamado “cocciopesto”, un revestimiento impermeable formado por fragmentos de terracota en el que se han insertado fragmentos de mármol policromado.

Las pinturas del mostrador representan, al menos en parte, lo que se vendía, por ejemplo, dos ánades reales. Se ha encontrado un fragmento de hueso de pato dentro de uno de los recipientes, junto con cerdo, cabras, pescados y caracoles de tierra, que atestiguan la gran variedad de productos de origen animal utilizados para la elaboración de los platos. En el fondo de un “dolio”, identificado como un frasco de vino, se identificó la presencia de habas molidas, que se utilizaron para modificar el sabor y el color del vino, blanqueándolo. Es un método que se explica en el “Apicius”, el libro de cocina más antiguo de Occidente, escrito en el año 803 en un monasterio de Fulda, una ciudad en el centro de la actual Alemania. Ese maravilloso texto, uno de los primeros en imprimirse, recoge una compilación de pócimas médicas y recetas de cocina escritas a mano, que rastrean hasta los siglos IV y V a. C. El original mejor conservado de esta joya bibliográfica está en la Ciudad del Vaticano, en donde se ha cocinado, con profundo misterio y poder real, buena parte de la historia y los anhelos de humanidad.

Perdonen mi atrevimiento. Acabo de realizar un pequeño experimento, en el que ustedes colaboran: partiendo de una escena recreada en un escenario real y dramático como el de la italiana Campania, les he hecho transitar sutilmente hasta un museo romano, tras pasar brevemente por Alemania. En unas líneas hemos abordado con sencillez ámbitos de la vulcanología, la imprenta, las bibliotecas, la gastronomía, la cerámica, la mítica, la religión, la arqueología, la artesanía, la decoración, la publicidad, el comercio y la lingüística, tras utilizar tres términos latinos, e incluso no he olvidado la botánica, representada en un ramo de flores, la ofrenda humilde, el gesto de esperanza de un individuo. Hemos viajado por geografías distantes y atravesado casi dos mil años. Mucho para unas pocas líneas y en realidad nada más que un cuento para el que bastaría su primer párrafo.

Con cada uno de los hilos de este artículo puede componerse un relato distinto. Un simple indicio, una palabra, puede sustentar el manubrio que abra el laberinto de toda una civilización, real o creada. En esta oportunidad, el drama inicial propuesto se ha distraído y disuelto intencionalmente con algunos simples datos anecdóticos, superficiales. En el breve, compuesto de ínfimas piezas, se han fundido, como por efecto de la lava de un volcán, el drama inicial de una urbe y de un ciudadano que no fue escuchado por sus dioses y que no alcanzó a disfrutar aquella veraniega mañana un apetecible refresco con sus amadas esposa e hija, que acostumbradas a la amenaza natural y reiterada del Vesubio le esperarían en un “termopolio” similar al ahora destapado entre cenizas.

La palabra es tan poderosa que puede construir historias, distraer y aportar esperanzas aparentes con finales inciertos. Quienes nos gobiernan lo saben.